En varios de los capítulos de la serie La mujer del viajero del tiempo de HBO Max, el dolor lo es todo. El emocional, el intelectual e incluso el físico. Henry DeTamble avanza a través de la historia en medio de saltos temporales que desdibujan su presente. Tanto como para que, en algún punto, lo inexplicable de su condición se convierta en sufrimiento puro. Porque Henry no solo viaja a través del tiempo debido a una rarísima condición genética. 

También, lo hace sin control, sin forma de predecir o comprender hacia dónde le lleva el viaje a través de todo tipo de momentos y en especial, de sucesos. El matiz entre ambas cosas, convierte a La mujer del viajero del tiempo de Steven Moffat (Sherlock) en una travesía sobre la permanencia. También, en un juego a través de las piezas de la memoria. 

En esta ocasión, la historia del libro de Audrey Niffenegger llega en toda su profunda noción del poder de la emoción. La novela, alabada por mezclar la ciencia ficción, drama y el romance sin caer en excesos, llega al streaming de HBO Max en toda su profundidad. La idea central del amor que prevalece a pesar de obstáculos inimaginables sigue siendo central, pero en esta ocasión, también explota otras perspectivas. 

Desde la cualidad del amor como puente y vínculo esencial, hasta las transformaciones entre el dolor y la necesidad de amar. La mujer del viajero del tiempo cuestiona con firmeza la conexión entre el tiempo y la identidad. También, reconstruye varias ideas a la vez sobre la realidad y pondera sobre el viaje en el tiempo no como una rareza, sino como una consecuencia. Henry es una excepción, un punto de disturbio en el universo de las cosas. También es un testigo, un rehén, una víctima. 

El amor y todos los tiempos 

Pero por supuesto, La mujer del viajero del tiempo es una historia de amor. Una profunda, llena de esperanza y una desesperada lealtad que convierte a la premisa en una gran pregunta. ¿Cuánto del amor se sustenta sobre la historia que se comparte? Si la película de 2009 de Robert Schwentke mostraba un sentimiento capaz de consolar la ausencia, La mujer del viajero del tiempo plantea una idea ligeramente distinta. 

Más parecido al original literario, el programa narra la vida de Henry a través de los confines de Clare Abshire (Rose Leslie) y la forma en que comprende al amor de su vida. Pero en la versión cinematográfica, el amor se convertía en la respuesta necesaria y evidente al recorrido de Henry, en La mujer del viajero del tiempo es un núcleo. El amor persiste, se enfrenta, batalla, es voluntad pura. Y al final, también es el motivo por el cual los espacios de dolor y silencio en la serie son tan profundos como bien construidos. 

Moffat traslada la historia de amor original a un rompecabezas argumental bien planteado. En simultáneo, logra que el amor entre las nuevas versiones de Henry y Rose sea creíble y conmovedor. La pareja, sostiene una relación que comienza en momentos inauditos y de una forma inaudita. A la vez, que se construye con la cuidadosa ternura de los momentos pequeños que contrastan con el don inexplicable de Henry. Si en la versión cinematográfica, el viaje en el tiempo era una distorsión para la cual se necesitaba explicación, en el programa, es solo contexto.

La mujer del viajero del tiempo parece mucho más interesado en narrar que une a dos personas que pocas veces pueden estar juntas. Que cuando lo hacen, comparten una relación basada en fragmentos perdidos en una larga historia confusa. Pero el amor es el amor, en medio de la ausencia y las grandes preguntas existenciales que La mujer del viajero del tiempo responde poco a poco. 

Una travesía alrededor de todas las épocas de la vida en La mujer del viajero del tiempo

Una de la cosas que se agradece de la versión de Moffat, es su ambición. A diferencia de la adaptación de Robert Schwentke, la cualidad de Henry para atravesar el tiempo y el espacio se explota al máximo. Y se hace de una manera natural y orgánica, que rompe por completo con cualquier otra versión sobre el tema actual. En una época con el cine, la televisión y el streaming llena de viajeros multiversales, la historia de Niffenegger puede parecer simple. Pero Moffat logra que sea en realidad, un diálogo con lo que en realidad significa la ruptura temporal en la vida de Henry.

El personaje, que va desde la niñez, a su vejez, que salta de un lado a otro del tiempo en momento de estrés y angustia, está encerrado en un ciclo. Y es Rose, su vínculo con la realidad. La historia se cuenta a dos voces — en formidables escenas testimoniales que sostienen la intimidad — y a la vez, se desgrana en direcciones distintas. Una y otra vez, La mujer del viajero del tiempo deja claro que el recorrido es asombroso, pero en realidad, no lleva a ninguna parte. Solo para después, volver al centro de todas las cosas. Una mirada que contiene décadas, la necesidad de comprender la vida a través de otro.

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La mujer del viajero del tiempo es un desafío argumental. Y su nueva adaptación, recuerda lo más valioso de su versión literaria. Recordar el motivo por el cual, todos somos humanos incluso en situaciones extraordinarias. Y en especial, en la búsqueda del espejo del otro, como final de un largo viaje accidentado. Una premisa que quizás, no resulte tan extraña después de todo.