Una serie de Apple TV+ que tiene como intro un tema con la voz de Mick Jagger, a Gary Oldman como protagonista y a Jonathan Pryce dentro del elenco no corre el riesgo de ser mala, sino de que los deseos en relación con ella resulten inalcanzables. Por hacer un paralelismo: era imposible que el final de Juego de Tronos satisficiera a todos los espectadores. La producción de Oldman, titulada Slow Horses, está en las antípodas del relato mencionado. Aquella referencia es solo un ejemplo. Tampoco es tan ambiciosa, pero construye una atmósfera atractiva, interesante, lo suficiente como para querer avanzar a través de los capítulos. 

Slow Horses es una adaptación de seis capítulos de la novela homónima escrita por Mick Herron, con Will Smith dentro del equipo de producción. Se trata de un relato en el que uno de los protagonistas falla durante una misión de MI5 (el servicio de inteligencia británico) y va a parar a un área administrativa, que lleva el nombre de la serie. Parte de la historia consiste en comprender las relaciones de poder, mientras este integrante, interpretado por Jack Lowden bajo el nombre River Cartwright, intenta esclarecer los hechos y salvar a otro involucrado.

En esta narración predominan las sospechas, la intriga, el temor y, a ratos, la acción, dentro de un contexto de drama policial. Un error pone en conflicto a distintos grupos de poder. Esa disputa deja momentos explícitos en cuanto a la violencia, mientras va desarrollando las historias de los distintos personajes y el pulso de poder se intensifica. 

Slow Horses y otra actuación impresionante de Gary Oldman

Con series como Mindhunter (David Fincher) posicionada como una suerte de paradigma, cuando se trata de relatos policiales, o True Detective, Slow Horses se queda por debajo en cuanto a aspiraciones. El detalle es que esta producción bebe algunas cosas de ellas, sin olvidar que es un serie sobre espionaje y que no desea suplantarlas en cuanto a realización. Por eso conviene recordar que se trata de una adaptación, no de una narrativa en la que producción y dirección tiene completa libertad creativa.

Aún así, no desentona. En buena medida, porque Gary Oldman brilla (otra vez). En el papel de Jackson Lamp, el responsable de Slow Horses, el actor llena la pantalla aparición tras aparición. En un principio emerge como una suerte de Dios, ajeno a los distintos conflictos, manejando hilos desde su escritorio, hasta que los acontecimientos lo llevan a involucrarse. El actor ofrece ratos de una seriedad intimidante y otros en los que parece imposible no reír.

Su relación con River Cartwright atraviesa buena parte de la serie. Un vínculo jefe-empleado que luego se muta hacia alguien más cercano. El relato plantea al espectador la disputa entre dos grupos. En ese proceso, Oldman lleva la voz cantante y dispone de varias de las mejores líneas, tanto por el humor negro, clave en la construcción de su personaje, como en la toma de decisiones. Un acierto narrativo el peso que tiene en el relato, teniendo en cuenta su registro y trayectoria. 

El balance de la serie

Esta relación entre los actores tiene su contraparte en otro grupo, con visibles problemas internos y una tendencia natural hacia la violencia. Mientras unos resuelven las cuestiones con palabras, otros cortan cabezas y las vacían a balazos. Ambas referencias son literales. Mientras Slow Horses desarrolla su trama, se mueve en esas escalas de violencia. No hay tanta sangre como podría imaginarse; solo la necesaria para que el sentido dialógico del relato no sature la experiencia del espectador. 

No es una serie memorable, pero cumple sus objetivos narrativos y estéticos a través de los capítulos. Ese valor, junto con la actuación del Oldman, hacen de esta serie de Apple TV+ un relato bien construido. Como la mayoría de las producciones, hay relaciones entre personas que quizá pudieron crecer un poco o aspectos en los que se podría mejorar, como el ritmo en algunos tramos. Sin embargo, esas cuestiones no son suficientes como para abandonar Slow Horses