No hay nada como el humor para intentar sobrellevar las desgracias. Por eso se han hecho muchas bromas sobre la serie de catastróficas desdichas que han supuesto 2020, 2021 y 2022. Una pandemia, huracanes, volcanes, tsunamis, incendios… No ha faltado prácticamente ni uno de los ejemplos típicos de catástrofes y desastres naturales. Podríamos pensar que al estar pasando por unos años malos le damos más importancia a todo, pero que realmente no es una época tan diferente a otras anteriores. Sin embargo, según un informe recién publicado por las Naciones Unidas, sí que se están dando muchas catástrofes en los últimos años. Además, para sorpresa de nadie, la mayoría son culpa del ser humano.

Precisamente por ese motivo, si no cambiamos nuestra forma de actuar la situación será cada vez peor. Se habla mucho de la contaminación, el cambio climático o el calentamiento global y a veces tendemos a ver las catástrofes que conlleva como algo lejano, pero ya están aquí y todavía tienen muchos más mazazos que darnos.

Lógicamente, hay catástrofes que no se pueden evitar y que no tienen mucha relación con la actividad humana. Es, por ejemplo, el caso de los terremotos. Por eso, siempre ha habido desastres. Sin embargo, si a los que sucederían de modo normal les sumamos los que sí que hemos desencadenado nosotros las cifras son demoledoras. Según el informe, entre 1970 y el año 2000 se dieron de media entre 90 y 100 catástrofes al año. Sin embargo, entre 2001 y 2020 ese promedio anual ha ascendido hasta las 350-500. Y eso que no se han tenido en cuenta 2021 y 2022. 

¿Qué catástrofes se contemplan en el informe?

A la hora de hablar de catástrofes podemos referirnos desde una gran inundación hasta una guerra. Sin embargo, no todo se ha tenido en cuenta para la elaboración de este informe.

Concretamente, Naciones Unidas ha contemplado como catástrofes los desastres de origen biológico, geofísico y climático. Esto incluye desde pandemias y plagas hasta huracanes, pasando por terremotos, volcanes y tsunamis. Solo se tuvieron en cuenta los que requirieron ayuda nacional o internacional, de modo que, por ejemplo, no se contemplaron pequeñas inundaciones locales. 

Para la elaboración del informe se han tenido en cuenta desastres de origen biológico, geofísico o climático

Algunas de estas catástrofes tienen relación directa con la actividad humana. Por ejemplo, el calentamiento global, derivado entre otras causas de la emisión de gases de efecto invernadero, puede desencadenar fenómenos climáticos más extremos. También está detrás del drástico aumento en el número de incendios forestales. 

Sin embargo, otras están relacionadas con la actividad humana de una forma más bien indirecta. Por ejemplo, estas catástrofes se consideran más graves cuando suponen víctimas humanas o importantes pérdidas materiales, y esto ocurre cada vez con más frecuencia, porque hay más zonas de peligro habitadas. Tanto por este motivo como por el nivel extremo al que han llegado algunos desastres, el informe señala que se han dado más muertes por catástrofes en los últimos cinco años que en el lustro anterior.

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¿Qué podemos hacer?

Ya vemos los efectos de este aumento en el número de catástrofes, pero no ha hecho más que empezar. Según Naciones Unidas, si no se toman medidas adecuadas en 2030 la situación podría ser muchísimo más grave. Por ejemplo, los desastres relacionados con temperaturas muy elevadas, como las olas de calor o los incendios, podrían triplicarse en comparación con 2001. Por todo esto, los autores del informe proponen una llamada a la acción de las autoridades pertinentes a través de varias medidas. 

En primer lugar, deberíamos “medir lo que valoramos”. Es decir, es necesario llevar a cabo acciones como reelaborar los sistemas financieros para tener en cuenta los costos reales del riesgo y adaptar la planificación fiscal nacional y la financiación para tener en cuenta el riesgo y la incertidumbre. 

A las medidas para combatir el cambio climático se deben unir acciones de percepción y prevención de riesgos

Por otro lado, es aconsejable “diseñar sistemas para tener en cuenta cómo las mentes humanas toman decisiones sobre el riesgo”. Esto incluye reconocer que las personas tienen distintas percepciones y sesgos sobre el riesgo que pueden influir en las medidas que se toman. Y también reconocer que las analíticas de riesgos son una buena herramienta, pero no una panacea. Es algo que hemos aprendido con la pandemia de COVID-19, ya que los modelos que se realizaron sobre la posible evolución de la enfermedad fueron muy desiguales.

Finalmente, se debe “reconfigurar la gobernanza y los sistemas financieros”, a través de medidas cómo valorar el riesgo desde diferentes disciplinas, intensificar la participación, la transparencia y el diálogo ciudadano en la toma de decisiones de riesgo y mejorar la gestión de riesgos multiescala.

Todo esto está dirigido a analizar los riesgos de posibles catástrofes y tomar medidas antes de que sea tarde. Pero, por supuesto, son medidas que deben unirse a las que ya conocemos para evitar que el cambio climático y el calentamiento global sigan abriéndose paso. Porque si eso ocurre, por mucho que nos anticipemos a los riesgos, la situación seguirá siendo cada vez más grave y esa trilogía de 2020, 2021 y 2022 podría convertirse en una saga que, sin duda, nadie querrá vivir.