Las cifras son claras. El teletrabajo no ha venido para quedarse, al menos en España. Aunque es cierto que parecía que este era el país del nunca jamás a trabajar desde casa, los confinamientos obligados empujaron a una realidad que parecía que iba a quedarse para siempre. Pero era un espejismo. ¿Sería el empujón que necesitábamos para estar a la altura de nuestros vecinos europeos? Nada más lejos de la realidad. Y lo que aún no está claro es si esto viene de la mano de las empresas o de los propios empleados.

A finales de 2021, el Ontsi (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad) analizaba los datos de los teletrabajadores. En apenas unos meses, entre marzo y septiembre del pasado año, las cifras de empleados desde casa habían pasado del 11,85% al 8%. La tendencia para los próximos meses también puntúa a la baja. Se ha avanzado mucho, pero no lo suficiente. Siguiendo este ritmo, todo apunta a que para cuando se termine –oficialmente– la pandemia, pocos serán los que mantengan el teletrabajo al 100%. Y las estadísticas aún dudan de si se volverá a recuperar el 5,4% de teletrabajo que sostenía el país antes del virus.

Pese a que políticos y sindicatos pronto se subieron al carro de las bondades del teletrabajo, normativa ad hoc incluida, los ánimos no están tan boyantes en los términos de las empresas. Si bien es cierto que de los sectores económicos más numerosos en España pocos pueden acceder al teletrabajo, la negativa es una constante, independientemente del sector en el que nos encontremos. Así podemos encontrar a un Glovo, icono de la tecnología e innovación en España, con un modelo presencial. Como la gran tecnológica, otras muchas. Al final de la pandemia, la norma apunta a una vuelta a las oficinas. Si tenemos en cuenta que España es un país de Pymes, las menos proclives al teletrabajo y fieles al presentismo, ya tenemos claro el camino que habrá de venir.

La batalla está servida de un café que no es para todos

Parece que no hay termino medio en esta lucha. Al menos eso parecen demostrar las discursiones antológicas que se suceden en redes sociales. Y el problema parece estar en la cuestión del teletrabajo forzado. No a todos les sirve, no a todos les gusta. Pero las confrontaciones parecen inevitables. ¿Quién tiene la culpa del retorno a las oficinas? Si bien las empresas cubren parte de la culpa, parece ser que la balanza se está decantando por el lado de los empleados. De hecho, de aquí a un tiempo existe una velada acusación de que la culpa del fin del teletrabajo está en manos de aquellos que prefieren volver a la oficina. Aunque sea solo para unos días; el llamado modelo híbrido.

"Estaba teletrabajando en casa y me estaba volviendo loco", apunta Carlos Martínez de Enjoyers, empresa dedicada al sector del diseño, "me estaba afectando a la productividad y la creatividad". El caso de Carlos es común a muchos trabajadores que, aunque no niegan las ventajas del teletrabajo, no quieren ese modelo todos los días y de forma obligada. Especialmente para tareas que dependen, en gran parte, de la creatividad de un equipo. "Yo prefiero ir a la oficina, porque la comunicación fluye y la creatividad es mayor", añade Alfonso Muños de Enaia, empresa vinculada al sector de la inteligencia artificial.

Porque parece ser que todo apunta a la productividad que muchos trabajadores han visto menguar durante sus largos días en casa. Esa misma que tanto afecta, y preocupa, a los empresarios. "Tenemos muchas empresas que comenzaron a trabajar en el coworking porque sus empleados se habían vuelto totalmente improductivos", apunta Marta Campos desde Talent Garden, uno de los puntos de trabajo del centro de la capital. Y esa misma respuesta se replica en otros tantos.

Y no solo en lo que a nivel de trabajo y teletrabajo se refiere. Muchos trabajadores se acercan a algunos de los cowokings con la firme intención de tener una rutina fuera de casa, de establecer relaciones sociales y contacto humano. "Lo bueno de llegar a casa es querer estar en casa; además, la percepción del tiempo es totalmente diferente", añade Alfonso.

Los coworkings están en auge, también para el teletrabajo

"En verano estábamos en mínimos, pero desde septiembre esto ha sido un no parar", explica un empleado de uno de los coworkings más populares de la capital. "Y todos vienen bajo el mismo pretexto, no aguantan más en casa". Como este, el resto de grandes marcas de lugares de trabajo colectivo apuntan a un crecimiento durante los últimos meses. Si no hubiese sido por la cepa de ómicron que regresó a los trabajadores al teletrabajo, la mayor parte de ellos creen que estarían rozando el 100% de capacidad. De momento, todos apuntan a una ocupación que ronda el 70% y en algunos casos el 80%.

Y no son malas cifras si tenemos en cuenta los estragos que vivieron estos establecimientos durante el confinamiento. Al igual que las oficinas, los coworkings pasaron a formar parte de la lista de gastos innecesarios. WeWork pasó a la historia de la mano de su propio fundador. El resto se enfrentó a las bajas de gran parte de sus asociados y capeó el temporal como pudo. Las grandes sobrevivieron alimentadas por potentes brazos financieros, muchos de los pequeños coworkings echaron el cierre de forma definitiva.

Con el regreso a los lugares comunes, pese a todo, han tenido que volverse más competitivos.

"Nosotros tuvimos que reinventar nuestro espacio, porque sí que es cierto que éramos un coworking puro. Ahora estamos creando un ecosistema en el que las empresas puedan nutrirse entre sí y arrancar proyectos".

Marta Campos, Talent Garden

En el caso de Talent Garden, ocupado por pequeñas empresas y autónomos antes de la pandemia, ahora ha virado a empresas mucho más grandes que prescinden de las oficinas a fin de ahorrarse costes y hacer que sus empleados roten a lo largo de la semana. De esta manera, cuentan en sus filas una empresa con 62 empleados que tienen que asistir cada día. Otra con 100 que rota con teletrabajo en los 26 escritorios que tienen contratados. A unos 250 euros por empleado (y este es un precio comedido) las cuentas salen solo bajo el sistema de incertidumbre que se mantiene ahora mismo. Y también para mantener esos lazos sociales dentro de las oficinas. Porque el precio es un "todo incluido".

Que en un momento en el que los costes de explotación de las oficinas están en alza, y parte de la culpa la tiene el precio de la luz, no está del todo claro si sale más barato. Todos los coworkings apuntan a que sí, la realidad es que depende. Si solo tenemos en cuenta la oficina, posiblemente no. Si le añadimos el valor añadido de externalizar la gestión de la oficina, como explican Marta Gràcia de Cloudworks, la cosa cambia. Con actividades sociales, cursos o ecosistema, lo que buscan es el valor añadido y no tener que pagar más por ello.

Aun así, las oficinas –las de toda la vida– no se han descartado. OnTruck, la conocida empresa de camiones, intentó el modelo coworking para el trabajo híbrido, pero no salió bien. A cierto tamaño de empresa, modelo de trabajo o costumbres, lo mejor es tener un espacio propio.

Y con un modelo en el que elegir es una opción, cabría pensar que la afluencia no es del todo elevada. No es así para Impact Hub, al lado de la Torre Picasso. "La asistencia es alta, pero también por los perfiles que tenemos aquí", apunta María Calvo de desarrollo de negocio del centro, "con empresas puramente tecnológicas quizá hay más necesidad de venir al espacio de trabajo". Un café que no vale para todos, ni todos los trabajos.