Cuando La matanza de Texas de Tobe Hooper se estrenó en el 74, se convirtió en un clásico de terror por sus carencias y exageraciones. Con un presupuesto mínimo, invertido casi en su totalidad en crear una mirada sobre el gore realista, el film impacto. Ahora, La matanza de Texas de David Blue Garcia para Netflix intenta recuperar el ritmo salvaje y excéntrico de la original. Lo logra a medias, pero también reinventa la fórmula — otra vez — para asegurarse — otra vez — una franquicia. El resultado es un film con toda las virtudes de lo que parece ser un prólogo hacia algo mayor. También, un recorrido por la mitología principal, sin llegar a profundizar en ninguno de sus puntos. Como no sea, claro, el regreso de Leatherface. 

De la misma forma de la nueva trilogía Halloween de David Gordon Green, La matanza de Texas tiene la intención de emparentarse con la original. Hacerlo por el método nada disimulado de ignorar todas las secuelas anteriores y situarse como una continuación depurada de la historia. Pero si a Green le resultó ese contexto limpio y bien construido, Blue García tiene reales problemas para ensamblar un argumento. 

Ya sea porque Halloween admite la percepción de una sobreviviente que enfrentará al monstruo. O porque La matanza de Texas en realidad una rara versión sobre los terrores al acecho desde un punto de vista cruel. El caso es que La matanza de Texas no tiene demasiados puntos desde los cuales avanzar y termina por cometer un error incómodo. El de sobredimensionar pequeños hechos en busca de ensamblar una historia sólida. Eso, mientras litros de sangre se derraman y el asesino titular se convierte en quizás, su versión más brutal. Si en algo triunfa Blue García es en la capacidad de vincular la sensación de peligro de Leatherface con lo desconocido. En especial, cuando la película decide basar su efectividad en la cualidad del asesino para resultar un peligro inclasificable al acecho.

De hecho, si la película se hubiese mantenido bajo esos términos, lo más probable es que habría tenido más éxito en celebrar a la original. Pero Blue Garcia parece determinado a mostrar como puede que hay un hilo conductor entre el antes y el después. El director olvida con facilidad que el legado de Hooper se distinguió por su brutalidad insana y violenta. Por su poder para aterrorizar, nacido de un primitiva necesidad de destrucción. Si Michael Myers es una criatura a mitad de camino entre lo sobrenatural y lo violento, Leatherface es todo impulso destructor. Pero la película lo olvida para mostrar un contexto que nadie necesita ni tampoco aporta alguna otra cosa a la acción que un ritmo irregular.

La matanza de Texas, de un fanático para fanáticos 

Es evidente que el director David Blue García es un fanático del trabajo de Hooper. Lo es, tanto en la medida que recrea la atmósfera terrorífica de un asesino incontrolable, como su atención al detalle del escenario original. Si La matanza de Texas hubiese sido versión libre del clásico, lo más probable es que habría tenido más libertad para narrar. Pero en realidad, Blue García quiere demostrar que su película es parte de algo más elaborado, siniestro e inquietante. Algo que enlaza y se vincula con una idea esencial acerca del mal absoluto que la película no admite del todo. 

La matanza de Texas transcurre de la misma manera que la icónica película original

Pero sin duda, la versión de Netflix de La matanza de Texas es un homenaje. Uno que usa la voz de John Larroquette para narrar las primeras partes de la historia. Es el primer vínculo y no el único con el original. De hecho, la atmósfera contenida, la sensación de tragedia brutal inminente, se construye con una evidente sensación de anuncio. La película parece ser consciente de que no hay mucho que ocultar en un argumento familiar para los amantes del terror. De hecho, cuando el grupo protagonista aparece, es notorio que se trata de un hilo conductor inmediato y referencial al film de Hooper. Uno que abarca la idea de lo terrorífico y de la amenaza que llegará a no tardar. Melody (Sarah Yarkin) y hermana Lila (Elsie Fisher) son evidentes piezas en un escenario violento mayor. Lo mismo que sus amigos Dante (Jacob Latimore) y Ruth (Neil Hudson). 

La matanza de Texas transcurre de la misma manera que la icónica película original. Tanto como para que la gran pregunta sea que tanto es homenaje y que tanto, la prometida reinvención. De hecho, se trata de la combinación de ambas cosas sin mayores ambiciones que dejar claro que el asesino icónico regresó. Y lo hace, con una de las escenas de asesinatos más escabrosas e inquietantes de los últimos años. Aun así, todo parece en exceso estructurado para recordar el origen sin mostrar el futuro. 

El homenaje a un clásico que intenta sostenerse del horror

Netflix parece muy interesada en dejar claro que su nueva versión de un clásico generacional de género tiene un objetivo. Y ese es sin duda abrir las puertas para una franquicia o quizás una serie de películas en que se recupere lo mejor del terror de los 70. Hacerlo desde una versión novedosa en que el personaje central pudiera no estar presente. Pero sí su universo aterrador. 

Pero a pesar de sus buenas intenciones, La matanza de Texas no solo no lo logra, sino que parece un espectáculo efectista sin mayor trascendencia. Cuando la sangre empieza a correr y Leatherface muestra el horror de la motosierra en todo su poder, la película sorprende. Pero no lo suficiente — ni en la manera correcta — para crear una impresión perdurable. 

¿Un momento emblemático? El regreso de Sally Hardesty (Olwen Fouere en la versión Netflix) única sobreviviente de la matanza original. De nuevo, la película deja claro que es más homenaje que un argumento independiente. Quizás, su punto más bajo.