Hace unos días fui a comer a casa de mi abuela. Se unió mi padre, y juntos charlamos, como toda familia española sentada en la mesa, sobre lo mal que va España. Pronto el tema cambió, y se centró en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Mi abuela dijo que la guerra se acabó sin empezar, porque Rusia ya estaba retirando las tropas. "Eso dicen", puntualizó acertadamente mi padre.

Para mi abuela, cuya única fuente de información es Telecinco, no cabía duda alguna de que la guerra no iba a estallar. ¡Lo han dicho en la tele! Sin embargo, para mi padre, más escéptico y que consulta Internet a diario, la cuestión no estaba tan clara.

Este inciso me hizo cuestionar los flujos de información con los que nos podemos formar una opinión sobre lo que está pasando en el mundo. Para millones de personas mayores, la única ventana que permite ver lo que está pasando fuera de sus casas es la televisión; para la mayoría de los jóvenes, ésta es sólo Twitch o YouTube; y para un cada vez más numeroso grupo de adultos lo que realmente pasa en el mundo es sólo lo que ellos quieren que pase. Es decir, información que refuerce sus preconcebidas ideas.

Los derechos y deberes se difuminan en Internet

Las libertades de expresión y de prensa son baluartes de la libertad, y por ende de la democracia. Cuando una persona o medio de comunicación es molestado a causa de sus opiniones, de investigar y recibir informaciones o de difundirlas por cualquier medio de expresión, la democracia es atacada frontalmente.

Por supuesto, ejercer este derecho conlleva responsabilidades, y está sujeto a ciertas restricciones cuando sea necesario para respetar los derechos, reputación e integridad de los demás o para proteger la seguridad nacional, el orden público o la salud pública. Un canal de televisión, por lo tanto, está regulado en España para que las libertades de expresión y prensa puedan ejercerse sin vulnerar el derecho de todo ciudadano a ser informado «de los acontecimientos de interés general y a recibir de forma claramente diferenciada la información de la opinión» como así lo estipula el artículo 4.6 de la Ley General de la Comunicación Audiovisual.

La irrupción de las redes sociales ha hecho que estos límites tan claros entre derechos y responsabilidades se difuminen y constituyan un importante dilema para las democracias. Lo que llaman desinformación ahora ya no son las teorías de cuatro chalados con las que mofarnos el resto, sino el pan de cada día. Cada vez es más difícil obtener información veraz dentro de las redes sociales entre tanto bulo o medias verdades vertidas con el objetivo de atacar a un partido político, gobierno o colectivo.

YouTube es consciente de ello. La compañía no es un canal de televisión, sino una plataforma. Por lo tanto, no está obligada a responder por lo que dice cada uno de sus usuarios mientras éstos no incurran en un delito; pero la responsabilidad es rentable. Ni los usuarios ni los publicistas confiarían en una compañía que no modera en absoluto el contenido que puede verse en su plataforma.

¿Censurar más y más rápido en YouTube?

Cabe pensar que borrar más contenido y más rápido pueda ser la solución para que la desinformación no prolifere tan fácilmente. Sin embargo, esta estrategia plantea serios problemas.

El primero, YouTube ha de delegar la moderación a algoritmos de aprendizaje automático y un equipo humano en última instancia, ya que se suben millones de vídeos al día. Pretender que no se escape ni un solo vídeo que contenga alguna falsedad o afirmación discutible es irrealista, por muchos recursos de los que disponga la empresa. Además, en la mayoría de los casos, definir qué es veraz y qué no es complicado o imposible: la información evoluciona constantemente y no parte siempre de una única fuente que se pueda considerar fiable e infalible. ¿En los minutos inmediatamente posteriores a un atentado o en medio de un terremoto o huracán quién sabe qué es verdad y qué no? ¿Acaso un estudio científico que contradiga algo que se daba como cierto erróneamente es una falsedad que censurar?

«Ante la ausencia de una clara certeza, ¿deberían las empresas tecnológicas decidir cuándo y dónde establecer los límites entre lo que es o no desinformación? Mi convicción es un rotundo no», dijo Neal Mohan, jefe de producto de YouTube.

Si sólo se permite la divulgación de hechos corroborados dentro de YouTube, la libertad de expresión se vería seriamente dañada. Los usuarios dejarían de divulgar opiniones controvertidas, de rebatir ideas establecidas o de iniciar investigaciones paralelas en pos de la verdad. Y, paulatinamente, la llama de la libertad, del pensamiento crítico y de la democracia se irían apagando. Por eso, dentro de la legislación española no se exige que toda comunicación se ciña única y exclusivamente a información incontrovertible, porque constreñiría el cauce comunicativo únicamente a los hechos que hayan sido plena y exactamente demostrados, y la única garantía de seguridad jurídica sería el silencio. Sólo se requiere que el que informa no actúe en menosprecio de la verdad de manera negligente e irresponsable al transmitir como hechos verdaderos simples rumores carentes de toda constatación o meras invenciones o insinuaciones.

Para la mayoría de personas mayores, la única ventana informativa es la TV; para los jóvenes, es YouTube. Foto por Georg Arthur Pflueger en Unsplash

¿O promocionar sólo a los grandes medios de comunicación?

YouTube apuesta por promocionar el contenido bueno y veraz y minimizar la exposición de los bulos y la manipulación. «Cuando un usuario busca informarse sobre un tema catalogado como noticia, sus resultados están optimizados mediante una jerarquía de calidad, no por la probabilidad de que le guste o no ese contenido», dijo Mohan. Con esta medida, se evita que a un usuario que acude a la plataforma en busca de información relativa a la COVID-19 se le recomiende en primera instancia un vídeo que niegue la eficacia de las vacunas en detrimento de información contrastada y veraz.

Aplicar esta estrategia no siempre es posible: ciertos temas carecen de contenido fiable dentro la plataforma. YouTube denomina a estos casos «vacíos informativos». Los periodistas necesitan un tiempo para trabajar que los que se dedican a mentir y manipular aprovechan sistemáticamente. Para atajar el problema que presentan esta carencia de información contrastada en los minutos posteriores a numerosos sucesos, la compañía muestra artículos de los grandes periódicos con información relacionada. Para los temas nicho que no son tratados por los grandes medios de comunicación, YouTube muestra —cuando se ha dado cuenta de ello— una pequeña caja informativa con los hechos y falsedades comprobados hasta el momento. En paralelo, Mohan plantea incluir en ciertos vídeos una etiqueta que advierta al espectador de que, sobre ese tema en concreto, todavía no existe información fiable con la que poder contrastar el contenido que va a visualizar.

Estas medidas que a priori parecen beneficiosas no están exentas de presentar inconvenientes. «Etiquetar ciertos vídeos podría poner involuntariamente el foco de atención en un tema que de otro modo no se popularizaría», reconoce el jefe de producto de YouTube. Además, confiar sólo en según qué medios de comunicación es delicado. Lo veraz en un país son las calumnias del enemigo en el otro. Medios que dependen del estado como la BBC en Reino Unido pueden ser considerados como veraces. Sin embargo, un medio ruso o chino debe tratarse, al menos desde la perspectiva occidental, con más cautela. Pero, bajo ningún pretexto, censurado. Incluso en España, podríamos cuestionar si todo lo divulgado por un medio público como RTVE o Telemadrid siempre se ha hecho con el único propósito de informar verazmente al espectador.

La desinformación en YouTube y resto de redes sociales ha comenzado a tener un impacto real en la sociedad.

Una peligrosa guerra cultural dentro y fuera de YouTube

Plataformas como YouTube han facilitado a los ciudadanos una fuente de información más rápida, plural y libre. Pero también se han convertido en el caldo de cultivo perfecto para la propagación de desinformación que atenta contra el bienestar general. La opinión se polariza peligrosamente, y cada vez son más los ciudadanos que acuden a informarse mediante medios y comunicadores que refuercen sus ideas o pensamiento político. No les interesa la verdad, sino hallar nuevos pretextos con los que atacar a su rival.

Que un conservador acuda a medios conservadores y que un progresista acuda a a los progresistas para informarse no es extraño. Ha ocurrido siempre desde la invención de la prensa. Buscamos lo afín. El problema que se presenta es que la información ya no proviene solamente de medios responsables legalmente de lo que publican, sino que también lo hace a través de individuos o colectivos que están ejerciendo su derecho a la libertad de expresión a través de una plataforma abierta.

Pero no podemos, como así lo piden —sorprendentemente— numerosos periodistas y políticos, acudir a la censura para solventarlo. Bajo ningún pretexto el estado debe coartar las libertades del individuo si éste no está cometiendo un delito que atente contra el honor o la integridad de otros o ponga en riesgo la seguridad nacional o la salud pública. Por lo tanto, un vídeo que recomiende beber lejía para aliviar los síntomas de la COVID-19 debe ser retirado, pero no uno en el que se cuestione si hay que vacunar o no a los menores de 12 años.

Calificar toda opinión contraria a la nuestra como desinformación vulnera el derecho a la libertad de expresión. Como sociedad, debemos proteger que cualquier opinión, por muy contraria a nuestro juicio que ésta sea, pueda ser divulgada sin miedo. Por otro lado, confiar sólo en la información gubernamental o de los grandes medios de comunicación, transformaría artificialmente y mediante algoritmos, las plataformas como YouTube en canales de televisión.

Cada vez hay menos puntos de acceso al contenido en Internet debido al poder de las grandes tecnológicas. Si un vídeo no está subido a YouTube para el internauta es como si no existiera. ¿Queremos de verdad filtrar más aún el acceso a contenido diferente hasta que éste sea una replica del que vemos en televisión?

Las redes sociales y las nuevas plataformas nacidas en Internet abren un serio debate en el seno de nuestra sociedad. Su uso malintencionado demuestra lo voluble que es nuestra posición como individuos y cómo la desinformación puede traer serias y peligrosas consecuencias para el correcto funcionamiento de la democracia. Sin embargo, jamás el miedo o el abuso de ciertos individuos debería ser pretexto para coartarlos. El arma de algunos son los bulos, pero la de los tiranos es el miedo.

La desinformación se expande tan rápido porque las redes sociales han estado recomendando a sus usuarios durante años, y mediante algoritmos de inteligencia artificial que maximicen sus ganancias económicas, el contenido más polarizante posible sin atender a su calidad. Remediarlo nos va a llevar años, pero no podemos hacerlo tapando las bocas de quienes opinan diferente o depositar en las empresas la responsabilidad a la hora de discernir entre lo que es veraz y lo que no. Para eso ya están los jueces.

Por último, dirigir al usuario a que consuma sólo el contenido que YouTube estima como de calidad y veraz, constreñiría el caudal informativo y dificultaría que personas como mi padre pudiesen decir eso del «Eso dicen». Y necesitamos más tipos como mi padre en las sobremesas.