Lo primero que sorprende de El callejón de las almas perdidas de Guillermo Del Toro es su uso de los silencios. De usar la música como elemento envolvente y los diálogos en off como un recorrido dinámico, esta vez su historia apuesta al mutismo. O al menos, es lo que ocurre con el personaje de Bradley Cooper. La nueva encarnación de Stan Carlisle no pronuncia palabra pero deja claro su condición inquietante. 

Se trata de un juego argumental al que Del Toro presta especial atención. La cámara sigue al personaje, lo vigila, lo contempla. Pero no parece hacer otra cosa que contemplar como arrastra un cadáver y después hace arder una casa. Apenas han transcurrido diez minutos de la película y ya hay algo claro: los monstruos del director han vuelto. Pero esta vez, tienen un rostro humano. 

Y no se trata de un rostro doloroso, humanizado, amable. Para El callejón de las almas perdidas, el realizador mexicano tomó decisiones concretas sobre cómo mostrar el bien y el mal. Por un lado, la preciosista puesta en escena de la película sublima la idea del mal latente. Por el otro, se empeña en dejar claro que no hay villanos ni héroes, nadie redimible en este carnaval de horrores morales. 

Carlisle es el primer paso hacia algo más elemental sobre la raíz de las pérdida, de la engañosa belleza de la manipulación. Poco a poco, El callejón de las almas perdidas construye su propio escenario. Del Toro se aleja de las soluciones simples y muestra un paisaje de sofisticada decadencia en la que cada historia se encuentra incompleta. Ya sea la de Molly (Rooney Mara) o la de la inquietante Lilith Ritter (Cate Blanchett), todo en El callejón de las almas perdidas sostiene un secreto. Uno a punto de revelarse, profundamente peligroso y muy cercano al horror espiritual. 

Un hermoso festival de pesadillas de El callejón de las almas perdidas

Guillermo Del Toro ha dado rostro y humanidad a criaturas inimaginables. Desde un demonio de piel roja con mal humor, hasta un monstruo marino capaz de amar. Para el director, la travesía de crear belleza desde las tinieblas ha sido larga y a menudo, experimental. También una prueba para su curioso punto de vista sobre lo temible. El callejón de las almas perdidas no es la excepción. Desde las primeras secuencias, el director se empeña en narrar el mundo de sus personajes en un esfuerzo alegórico que se agradece. No obstante, no es suficiente y a pesar de la energía del primer tramo (el más vistoso, bien construido y vivaz), la película decae pronto. Lo hace porque Del Toro decide tomar la clásica historia oscura sobre los pecados y la caída en desgracia para crear algo más emotivo.

Y sin duda, El callejón de las almas perdidas no es una historia que tienda a lo sensible. Adaptación por partida doble, el film lucha contra la tentación de homenajear en exceso y sobresaturar su discurso visual de guiños a un universo mayor. No obstante, es imposible no comparar los blancos y negros simbólicos de Edmund Goulding de 1947 con la paleta de colores ricos en contrastes que Del Toro. En especial, porque la nueva versión no tiene la profundidad suficiente para enaltecer o envilecer a sus personajes.

Poco a poco, Del Toro utiliza entorno envilecido de una humilde feria convertida en purgatorio personal para mostrar el mal. Pero falla al brindar una identidad plena a sus personajes, metáforas de algo más retorcido y sutil. En el argumento también hay mucho de la novela original de William Lindsay Gresham, publicada en el 1946. De la misma manera que en el libro, Del Toro dedica tiempo e interés en atravesar los lugares más sensibles y siniestros de sus personajes, desde los códigos del cine negro. Pero a la vez, de encontrar una manera de mostrar el descenso a los parajes más tétricos de la moral, tanto de la época como la universal.

Para su tercer tramo, El callejón de las almas perdidas perdió la capacidad para sorprender. O quizás, nunca la tuvo y basa buena parte de su efectividad en deslumbrar con lo extraño, lo singular y lo doloroso.

Cualquiera sea el caso, la película termina en una mirada a la oscuridad de los hombres de nuevo silenciosa. Pero esta vez no se trata de la ausencia de sonidos, sino de quizás de una falla en redimensionar el origen de lo maligno que corrompe lo moral. ¿Quiénes son los monstruos en El callejón de las almas perdidas? Para Del Toro no parece estar del todo claro. Y sin duda, es la principal falla de su premisa.