En varias de las escenas de Noche de fuego, estreno de las películas de Netflix, las sombras son un enemigo. La mayoría de los grandes terrores ocurren en la oscuridad, a mitad de la noche, en medio de gritos. En medio de un México azotado por desapariciones, asesinatos y brutalidad, el film de Tatiana Huezo es un observador distante. También es una rarísima percepción sobre el miedo convertido en un personaje a la periferia. Pero Noche de fuego es mucho más que sus perturbadoras escenas sobre la violencia. Es también una reflexión brillante y bien construida sobre cómo la incertidumbre afecta a la cultura y a la sociedad. La vida en medio de la posibilidad de morir y matar. 

Noche de fuego es también un análisis frío y casi quirúrgico de las consecuencias invisibles de la violencia sistemática. La supervivencia se convierte en un acto casi desesperado y también en parte de lo cotidiano. Uno de los puntos más altos de Noche de fuego es su capacidad para narrar una vivencia abstracta y confusa. ¿Cómo es crecer en un país en el que con toda probabilidad debas enfrentar la muerte temprana? Más allá de eso, se concentra en las mujeres, víctimas inmediatas de una circunstancias que abarca desde el marco legal hasta la idiosincrasia mexicana. Y esa visión, por momentos espeluznante y de sufrimiento puro, es lo que sostiene lo más denso del argumento. 

Desde el punto de vista de tres niñas que enfrentan un país despiadado y hostil, Noche de fuego es inquietante en su poder metafórico. Es de especial importancia trasladar esa cualidad persistente de la inocencia a un terreno más amplio. También convertirlo en una forma de dialogar con los tramos más oscuros, deprimentes y sangrientos de la producción.

Noche de fuego contempla lo que ocurre en un pequeño pueblo de las montañas de Guerrero como un espacio insular. Uno que además evade una explicación sencilla. ¿Cómo contar el miedo arraigado, que se lleva de generación en generación? Tatiana Huezo lo intenta desde la compasión. Pero a la vez deja claro que la situación de la violencia en México es un desgarro profundo al tejido de la historia. 

La necesidad de escapar, la búsqueda del sentido del individuo

Si algo se agradece de Noche de fuego es que su diálogo sobre un tema tan duro esté ajeno al cliché. De hecho, durante sus primeras escenas hay una percepción casi ingenua sobre la vida en el extrarradio de las grandes ciudades. Esa visión impulsada desde la inocencia. A la manera de un prólogo gentil, la película sigue a sus tres protagonistas en medio de un recorrido por las tupidas montañas. Al principio, todo tiene el aire amable de un cuento de hadas diminuto, vinculado a esa idea de lo rural como ajeno al terror. Pero pronto, SE encuentra la forma de dejar claro que Noche de fuego es un recorrido por el miedo. Y uno real con el que se debe lidiar desde una prematura madurez. 

La directora de la película ha dedicado la mayor parte de su trabajo a la exploración documental de violencia. De modo que su primera ficción tiene un peso consistente sobre el hecho de las condiciones que sostienen el horror cotidiano. El México que muestra Noche de fuego es tan realista como colorido y vibrante. También, peligroso, duro o enrarecido por la posibilidad de la muerte. Todo unido a los ojos curiosos de tres personajes que comprenden desde la dureza de la experiencia. La noción de la vida como un riesgo inimaginable y doloroso que transita de un lado a otro de su vida.

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En Noche de fuego todo está sostenido sobre un precario equilibrio. Ana (interpretada por la debutante Ana Cristina Ordóñez González) es el testigo central. La niña que asume el papel de madre, amiga, el centro de la identidad femenina afligida que Tatiana Huezo quiere mostrar. El guion (también firmado por la directora) muestra el hecho de vivir y seguir adelante, en medio de un entorno enrarecido.

Pero no lo hace desde la condescendencia, la lástima o el inevitable tópico de un mártir de sus principios. El personaje y quienes le rodean, también son astutos y comprenden cada peligro desde lo esencial. Vivir en un país en medio de la constante posibilidad de cometer un error mortal, transforma la perspectiva de los personajes. Y Huezo lo capta con una precisión inteligente, vital y realista. 

Todos somos víctimas en 'Noche de fuego'

Rita (Mayra Batalla), la madre de Ana, es la voz de lo que ya ha sucedido. Es la experiencia, tenebrosa y perenne sobre los estragos del horror. Sus consejos escalofriantes de cómo esconderse de policías corruptos o cárteles, la sonrisa valiente, la admisión de lo inevitable. El personaje está construido sobre la concepción de la madurez en medio de una atmósfera enrarecida. Su sentido de lo inevitable está en todas partes. Y a la vez, el de la pérdida, la urgencia de proteger a Ana de los horrores que acaecen a su alrededor. Pero la vida transcurre, sigue su curso. 

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La película de Tatiana Huezo encuentra sus mejores momentos al narrar la vida como un conjunto de sucesos diminutos. Su cámara experta, contempla a Ana y Rita como parte de un mundo en que el miedo real es parte de todo lo que les rodean. Pero a la vez son criaturas falibles, modeladas a partir de los terrores de noches en blanco. El sonido de las balas a la distancia y al final, la noche llena de gritos, de secretos y del agotamiento del peso de lo fatídico que nunca se acaba.

'Noche de fuego', una puerta abierta al miedo cotidiano 

Para su tramo final, la película se vuelve abrumadora en su realismo crudo y brutal. Por supuesto, Noche de fuego ha dedicado una considerable cantidad de tiempo a mostrarnos la vida de los personajes. A insistir que a pesar de los asesinatos, las desapariciones y la desdicha, Ana y sus amigas quieren vivir. A mostrar su madurez adolescente, su plenitud como mujeres en el punto más primaveral de su vida. Pero también desliza la oscuridad. Los cortes de cabello que las hacen ver masculinas como una manera de protección.

Las noches de escucha al silencio, la mirada a las sombras en busca de indicios de la tragedia. Rita aspira a que su hija pueda escapar en la medida de las posibilidades de lo que probablemente ocurrirá. Pero Noche de fuego no es una película para la esperanza o las lecciones morales. Es un cuento de hadas dramático que se tuerce sobre la vitalidad de su hilo principal y de su búsqueda de sentido a lo espantoso. 

En Noche de fuego, la oscuridad y la sangre lo son todo. También, la delicadeza, profunda sensibilidad y belleza triste de sus personajes. Las mujeres de Tatiana Huezo miran al horizonte en busca de esperanza. No la encuentran, pero la supervivencia (la posibilidad) es el núcleo de una película dura, elegante y profunda. Para su última y dolorosa escena, la gran pregunta sobre la vida y la muerte en un territorio incierto se responde. Y la forma en que Noche de fuego lo hace deja claro que la historia que deseaba contar era de un sufrimiento ancestral.