Un cazarrecompensas con un pasado turbio. Un compañero severo y de buen corazón que exige no mentir. Un Pembroke Welsh Corgi que se convierte en una rareza. Una mujer sin memoria con un espíritu osado e impredecible. Un villano cruel y retorcido. Una cantante que desaparece entre las sombras. Una historia de amor trágica. La adaptación de Cowboy Bebop para Netflix tiene todo para ser un noir de factura considerable. Uno que podría asombrar, incluso, sin provenir de una obra querida por millones de fanáticos.

¿Qué se le exige a la adaptación de un fenómeno pop? ¿Una reinvención, una copia, nuevas historias? Son inevitable las comparaciones entre el material de origen y su derivado para bien o para mal. Cowboy Bebop de Netflix procede de uno de los animes más influyentes de la historia. Uno que logró alcanzar la condición de clásico por su formidable capacidad para crear un universo complejo, rico y adulto. De modo que su versión live action tiene el peso de llevar a cuestas una herencia de un icono cultural. Desde su estreno en 1998, el recorrido de Spike Spiegel, Jet y Faye Valentine, se convirtió en algo más que una gran historia. También, en una poderosa versión acerca del bien y el mal moral, las encrucijadas emocionales y la subversión del concepto del héroe. 

A 23 años de su estreno y una indiscutible influencia en la ciencia ficción actual, Cowboy Bebop narra más que una ficción simbólica. También es la demostración del punto más alto de un género que toma riesgos argumentales y de discurso. Con todo su poder para asombrar, el anime — con una película, videojuego y una versión mangas a cuestas — es un hito. Una elaborada mezcla entre estilo visual, un soundtrack para la historia del género y un ejemplo formidable de ejecución.

¿Puede un live action alcanzar un punto semejante? Uno de los elementos que más sorprende de la adaptación de Cowboy Bebop para Netflix es su burlón homenaje al anime original. Hay un esfuerzo evidente y meditado por traducir toda la fascinante y densa mitología del anime a la televisión. Y aunque no siempre lo logra, sí capta por completo la esencia del Cowboy Bebop de Shinichiro Watanabe. 

El vibrante apartado visual está ahí, también el despliegue de recursos de guion para narrar una historia compleja. La música que envuelve cada escena, puntualiza sus momentos más emocionantes y duros. La versión de Pinkner es un repaso a los capítulos clásicos y una síntesis afortunada de sus mejores momentos. El recorrido tiene la capacidad de mostrar hasta qué punto el mundo imaginado por Shinichiro Watanabe es capaz de desdoblarse en varios niveles distintos. Hacerlo, además, con una fluidez que abarca desde los detalles inolvidables del original, hasta nuevos elementos que amplían la propuesta en todas direcciones. Si algo se agradece al live action de Cowboy Bebop es su trayecto emocionado y emocionante a través del fenómeno. No se trata de una copia, una recreación, sino de un homenaje vigoroso con puntos extraordinarios y otros deslumbrantes. 

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Es evidente que Pinkner es fan y conocedor de la ya clásica historia. También que se tomó en serio la tarea de traducir, paso a paso, cómo Spike Spiegel trató de escapar de su pasado. Pero lo hace tomando decisiones audaces que podrían haber resultado mal de no ser por la precisión del lenguaje visual y argumental. Pinkner toma al anime Cowboy Bebop y lo transforma en un noir retrofuturista en el que la narración de fondo lo es todo. Eso a pesar que la producción se tomó todas las molestias para recrear los escenarios del anime. 

Pero mientras los personajes van de un lado a otro de las colonias y pilotan naves con una rarísima tecnología híbrida, el punto focal son sus vidas. Los secretos que esconden, la forma inteligente e intuitiva que el guion desgrana fragmentos de información. Cada capítulo es un añadido concreto a algo más amplio, aunque funciona también como narración independiente. El resultado es un recorrido por toda la historia de Cowboy Bebop haciendo énfasis en sus partes más importantes. Y aunque en el trayecto algunos personajes se quedan por fuera y algunas líneas argumentales se fusionan con otras, lo esencial está ahí. 

El live action de Cowboy Bebop evita cometer los errores de otras adaptaciones y toma con seguridad el camino de narrar a través de un universo. Lo compone, agrega visiones y aristas. Profundiza en algunos de los puntos oscuros del anime y se convierte en una criatura con vida propia. Con cierto aire a la franquicia John Wick, hay una noción sobre cajas de misterios sostenidas a través de tiroteo y lealtades rotas. No se trata de una historia solo para fans. También es una narración sustanciosa, bien construida y de interés para nuevos espectadores. Entre ambas cosas, Cowboy Bebop tiene un firme sentido de la identidad y la continuidad. A la vez explota y construye un diálogo con su propia esencia. 

Pinkner decidió brindar un homenaje ambicioso, minucioso y brillante a una de las obras más queridas de la cultura pop. Por supuesto, el creador corría un riesgo al tomar semejante atrevimiento. Uno que implicaba enfrentar la alargada sombra de Shinichiro Watanabe, la devoción de los fanáticos y una obra emblemática. ¿Logra hacerlo? ¿puede captar esa extraña percepción sobre la acción, simbolismo, revisiones de temas existencialistas con buen pulso? 

Lo hace en sus mejores momentos. En los más bajos de Cowboy Bebop es notorio que, con la transición del anime a un formato distinto, la historia tropieza en algunos puntos. Pero aún así, el resultado es de considerable calidad. Hay un respeto evidente al material original. Además, una ingeniosa forma de reconstruir una narración con sus propias pautas y ritmo. Si el original fue alabado por su capacidad para narrar las contradicciones de la naturaleza de la violencia, el live action toma con audacia el testigo. Y lo hace con una vitalidad deslumbrante, su mejor cualidad en medio de una serie de puntos fuertes que lo convierten en una obra inteligente. 

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Spike Spiegel (John Cho) es un cazarrecompensas con una serie de secretos a cuestas. Cho, logra brindar al personaje bondad, carisma y un retorcido sentido del humor. Quizás se extraña un poco, la dualidad del original; pero el actor encuentra una manera de dialogar con el impredecible mundo interior de Spike y darle un lustre nuevo. Varios de los mejores momentos de la serie corren a cargo de Cho, con el icónico traje de Spike y todo su amor por el jazz. 

Por otro lado, el Jet de Mustafa Shakir es mucho más denso, elocuente y profundo que su versión en el anime. Pinkner toma estupendas decisiones para crear un personaje entrañable que más allá de ser una versión del original, tiene un peso propio. Lo mismo podría decirse de la Faye Valentine de Daniella Pineda, tan cercana al anime que sorprende gratamente. En su caso, el guion toma caminos alternativos para relatar su historia, pero en especial para lograr una mayor relevancia. 

La química entre el equipo es obvia, bien construida y mejor elaborada. A cada capítulo, la compenetración del trío — por ahora, lo es — se hace más entrañable y fundamental. Para sus últimos capítulos, la serie logra balancear las personalidades, dolores y secretos hasta construir un tablero de información coherente. Por supuesto, hay cambios sutiles y otros más profundo, pero lo esencial es la forma como Cowboy Bebop se sostiene por sí mismo. Como producción derivada de un hito de la cultura pop, la serie sabe que se espera de ella. Y lo ofrece. Pero también, logra crear una personalidad propia de considerable interés. 

Parte del mérito de la efectividad del elenco, lo lleva a cuestas su villano. Alex Hassell es un Vicious con una presencia imponente y una venenosa concepción de su naturaleza cruel. A su lado, la frágil Julia de Elena Satine es una criatura taimada y sufriente. El argumento, le brinda mucho más espacio al misterio detrás de una desgracia historia de amor y favorece a Julia desde varios aspectos. Todo un acierto al momento de comprender el gran desenlace final y sus consecuencias. 

Y al final, Let’s Jam!

Por supuesto, el live action de Cowboy Bebop no puede competir con la fastuosa banda sonora de la original. Y no lo intenta: en realidad construye una versión alternativa que aunque hace extrañar la del anime, cumple con su propósito. La música está en todas partes, se enreda en las coloridas escenas e irradia dinamismo en todas sus formas de comprender su importancia. A la vez, la puesta en escena, se toma una buena cantidad y esfuerzo en recrear el cómic sin imitarlo. La combinación de ambas cosascrea una fundamental visión sobre Cowboy Bebop — como fenómeno — que se agradece y que, sin duda, es su punto más poderoso.

Para la escena final, con el equipo ya completo y lo que parece el anuncio de una continuación, Cowboy Bebop cumplió su cometido. Trajo a una nueva generación una historia extraordinario. También abrió la puerta para seguir relatando historias. Y con Shinichiro Watanabe con toda seguridad tendremos más aventuras de los cazarrecompensas en el futuro. Una promesa abierta a ritmo de buen jazz que queda en el aire en el fundido a negro.