Si algo sorprende de la serie animada Blade Runner: Black Lotus (2021) es su capacidad para englobar y resumir un universo mayor. Basada directamente en la película Blade Runner (1982) de Ridley Scott, la serie muestra desde sus primeras escenas su ambición. Y lo hace a través de recursos sencillos de referencia que abarcan no solo uno de los films fundacionales de la ciencia ficción; también la célebre narración ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. Desde esa perspectiva, la serie comienza su recorrido por la versión de un mundo distópico que encuentra su punto más profundo en la producción. 

La Blade Runner de Scott mostró una perspectiva inquietante sobre un futuro en que la inteligencia artificial es un elemento ambiguo de la arquitectura social. Lo hizo a través de la codificación del sentido de la vida, la existencia y la corrupción de la idea de la creación mecánica. La película, concebida en medio de una época de cambios de discurso y una radiante concepción de lo distópico, todavía sorprende. El guion de un jovencísimo Hampton Fancher logró dotar al universo de Philip K. Dick de un amargo sentido de la trascendencia. Sus personajes se mueven entre la confusión de su propia naturaleza y la concepción sobre la incertidumbre. A mitad de camino entre máquinas y criaturas creadas para el placer y la explotación, los replicantes de Blade Runner encarnaron un tipo de desarraigo total. 

Lo mismo ocurrió con Blade Runner 2049, la secuela tardía del clásico que llegó al cine de la mano del director Denis Villeneuve. La película cuestionó el desgarro espiritual de la tecnología en favor de de la identidad del hombre. Como su predecesora, está llena de una simbología oculta, envuelta en todo tipo de interpretaciones; pero sobre todo, de una una percepción sobre el futuro a mitad de camino de la melancolía y la distopía en estado puro. Con su nueva visión sobre los replicantes — más obedientes, más inquietantes — , la premisa cambió hacia cierta oscuridad temible. Con un villano cuya maldad se esconde bajo cierta displicencia, la trama resumió la filosofía sobre la individualidad y un fatalismo casi sufriente.

Blade Runner: Black Lotus recoge el testigo y con una ambición asombrosa va más allá. Ambientada diecisiete años antes de la película de Ridley Scott, la serie dirigida por Shin’ichirō Watanabe, Shinji Aramaki y Kenji Kamiyama es un homenaje. Pero también una producción independiente que se plantea preguntas propias. De nuevo, hay una oscuridad latente en el universo de Blade Runner. También un recorrido doloroso y formal a través de la concepción del tiempo y las capas de significado sobre su mera existencia. La serie es una brillante pieza de animación que recrea la ambiciosa condición del dolor por la vida y la identidad. También avanza con sencillez hacia planteamientos que ya se hicieron las películas y que esta vez se sostienen con cuidado en un hilo conductor único.

Para bien o para mal, Blade Runner: Black Lotus es hija de una premisa mucho más elaborada y compleja que su argumento. Y eso puede hacer que parezca sencillo, aunque no lo sea. En realidad, Blade Runner es una expresión profunda sobre la humanidad, la ruptura de la fe y la esperanza. Una idea que la duología ya analizó y que la serie analiza desde una de sus aristas. 

'Blade Runner: Black Lotus', un recorrido hacia el silencio

Como narración, Blade Runner: Black Lotus deja algunas preguntas que parecen formar parte de la nueva mitología. También remiten a las pequeñas piezas de información de la película de Scott, que se desplaza a la periferia sin llegar a ser un homenaje. Para Shin’ichirō Watanabe, la noción sobre el bien y el mal se entrelaza con algo más sutil; crear estratos consecuentes que sostienen a la serie como una pequeña estructura. De nuevo, la premisa de Blade Runner se analiza desde varios cuestionamientos a la vez. ¿Qué somos? ¿Cómo nos comprendemos y en que forma, la línea de la memoria colectiva nos hace ser ideales de lo humano como idea conjunta? 

Para la ocasión, Shin’ichirō Watanabe crea un trasfondo lento y comedido que abarca a sus personajes de forma misteriosa. Una chica sin nombre, una búsqueda entre las sombras de una ciudad despiadada. Más elocuente y menos filosófica que la versión de Villeneuve, Blade Runner: Black Lotus mira a la obra de Scott como esencial. Y lo hace desde un anacronismo resignado y casi cercano al tedio existencial que conmueve por sus matices. 

Elle, protagonista y personaje central de la serie, despierta sin recuerdos. Desde la primera secuencia, el guion deja claro que ese vacío tiene un peso y también un significado. Y no se trata de nada tan simple como encontrar la memoria o su pasado en una travesía a través de un mundo hostil. Blade Runner: Black Lotus, tiene un profundo sentido del vacío y del miedo. También, una concepción rápida y estructurada sobre lo que Blade Runner insinuó en el cine. ¿Cómo es la vida en medio de un futuro despiadado y que finalmente, abarca la crueldad como un requisito cultural? 

De nuevo, la paradoja de Blade Runner está allí y se manifiesta a través de la especulación futurista a través de un reborde ético y moral. La insistencia en la capacidad de los replicantes para “sentir” reelabora la comprensión sobre su naturaleza. Y Blade Runner: Black Lotus se lo cuestiona de manera que podría ser simple, a no ser por la evolución de la trama. Lo que en el primer capítulo parece una búsqueda desesperada, en el segundo tiene un aire desesperado y pesimista. Entre ambas cosas, la ficción va en busca de la emoción. Y aunque no lo logra siempre, si alcanza una sensación de pura desesperanza que es quizás, el centro de la historia.

Algunas piezas sueltas

Shin’ichirō Watanabe logró crear con Cowboy Bebop una concepción sobre el absurdo, la desesperanza y la búsqueda de identidad que aún resulta actual. Es evidente que esa visión tiene cierto paralelismo con los primeros capítulos de Blade Runner: Black Lotus. No obstante, quizás la serie decae cuando depende por completo de su animación — rígida y en ocasiones, plana — y mo de su propuesta. 

De hecho, uno de los puntos más bajos de la serie es justamente esa incapacidad del apartado visual de alcanzar las ambiciones argumentales. Una desigualdad que se hace cada vez más evidente y termina por lastrar, los momentos más espectaculares y significativos de la narración. Con todo, Blade Runner: Black Lotus es una constante reinvención de un universo mayor. Una que deja claro que esa cualidad angustiosa y tan humana del ser y el existir planteada por la duología cinematográfica tiene mucho que dar. Y que probablemente veremos más del tema en el futuro.