En Venom: habrá matanza, Eddie Brock (Tom Hardy) no es el único con dos rostros. Y no se trata solo de que el simbionte deba compartir escenario con el Carnagede Woody Harrelson. En un intento de crear una historia con varios niveles de duplicidad, el director Andy Serkis opta por convertir la película en dos visiones de lo mismo. 

Por un lado, la vida de Brock como periodista y anfitrión de un ente alienígena con el que comparte cuerpo y mente. Por el otro lado, la violencia en estado puro de un asesino en serie. Kasady (Harrelson) es despiadado y cruel, pero tiene una debilidad. Una que Serkis aprovecha para abrir otra línea argumental hacia un lugar distinto. 

Con semejante combinación, para el final de la primera media hora de Venom: habrá matanza algo quedó claro: es una mezcla frenética y poco inspirada de varios fragmentos de historias. Una que no termina de funcionar porque en realidad no relata nada nuevo.

Mientras la cámara sigue las piruetas imposibles de Venom y muestra el nacimiento de un Carnage doblemente aterrador, el guion se hunde en la incongruencia. Escenas que no llevan a ninguna parte, largos diálogos sin sentido que terminan por entrecruzarse con escenas de acción que rozan lo ridículo. Si el director de la primera entrega Ruben Fleischer intentó por todos los medios mostrar el poder aterrador de Venom sin lograrlo, Serkis comete y exagera sus errores. 

Con una torpeza que asombra, Venom intenta dar continuidad y personalidad a un guion que va de un lado sin la menor lógica. El resultado termina por ser un despliegue de efectos especiales en medio de una historia que intenta demostrar dos extremos de la misma cosa. Venom es más que un alienígena parásito, mientras que Carnage es mucho menos que una criatura sin control. 

La esperadísima batalla entre ambos termina por convertirse en una sacudida extravagante entre dos fuerzas en teoría opuestas. Pero en realidad, ambos son la misma cosa. Si la intención de Serkis era jugar con la dualidad, no consigue otra cosa que amalgamar ambas criaturas. 

Y hacerlo, sin que la historia de sus anfitriones sean algo más que un contexto aburrido para justificar la acción central. Venom: habrá matanza termina por ser una historia de amor mezclada con humor blando y acción digital. Nada predomina, nada destaca y lo que es un peor, nada resulta atractivo por sí mismo. Serkis falla y lo hace por olvidar que Venom es la suma de su imposibilidad para algo le pueda definir. 

Al tratar de hacerlo no solo devora el centro de todo lo misterioso de un alienígena de poderes ilimitados que debe habitar un cuerpo humano. Lo convierte en una especie de triste historia de pendencieros en medio de un drama innecesario e incluso sentimental que llega a desconcertar. 

El humor que no es humor y el asesino en busca del amor

El guion de Kelly Marcel intenta cubrir todos los espacios y puntos blancos que tanto se criticaron de la primera película. En primer lugar, establece que la relación entre Brock y Venom se encuentra en un precario equilibrio. 

El alienígena acepta no devorar seres vivos “más grandes que una gallina” y el periodista debe convivir con su sempiterna presencia. Ahora bien, lo que podría ser una vuelta de tuerca siniestra — Venom no siempre es bueno ni Brock paciente — es una comedia de situaciones. Y si en la película de Fleischer la relación entre Venom y Brock era risible, eb Venom: habrá matanza roza lo ridículo. 

Eso a pesar que Hardy se esfuerza en crear una nueva dinámica y Serkis en mostrar las posibilidades de un monstruo invisible. Pero al final, ni el actor ni el director brindan un tono real a la dinámica entre simbionte y periodista. En realidad todo termina con una colección de tics de Hardy y su propia voz en off en debates sin sentido y sin sustancia. 

Pero la decepción más considerable de Venom: habrá matanza es lo endeble de Carnage y Cletus Kasady, el villano de ocasión y uno de los personajes más violentos de Marvel. En su versión live action, el simbionte rojo llega convertido en una criatura trágica, tétrica y llena de dolores. La esperada conjunción entre el asesino en serie y el alienígena resulta ser una historia de amor malograda. 

De hecho, hay un ingrediente emocional que va y viene en Kasady interpretado con soltura pero con límites evidentes por Harrelson. Por supuesto, el actor es lo suficientemente competente para crear una criatura siniestra y fatídica. Pero Serkis, en un intento de sustentar un discurso en apariencia más profundo, desaprovecha la oportunidad de mostrar a Carnage en toda su crueldad. 

'Venom: habrá matanza': Marvel une sus piezas

Quizás lo más rescatable de Venom: habrá matanza es el hecho de que la película es el escenario que Marvel y Sony escogieron para unificar sus piezas. Después de años de batallas legales, acuerdos y desacuerdos, ambos estudios encontraron la manera de unir sus universos. Venom: habrá matanza es consciente de su cualidad unificadora y, de hecho, toda la película se enfoca en ese punto.

Para su escena final, y la ya famosa post créditos, es evidente que el simbionte preparó el camino para lo que sea aguarda por los personajes a futuro. Lo que es sí es evidente es que la película cumple su cometido: abrir puertas hacia otras regiones de Marvel.