The Boy Behind the Door se presenta dentro del Festival de Cine de Sitges como una película de terror, pero su desarrollo expande un poco ese encuadre dentro de los géneros narrativos. A diferencia de relatos en los que el miedo parte de cuestiones sobrenaturales, en esta película dirigida por David Charbonier y Justin Powell se basa en tensiones humanas para generar esa sensación de angustia en el espectador. Aunque pueda parecer extraño, el film resulta agradable a la vista por su realización visual. La sensación no deja de chocar con cuanto ocurre en el relato, trepidante desde el comienzo. 

The Boy Behind the Door cuenta la historia de dos niños que son secuestrados y llevado a una casa fuera de sectores más urbanos. La trama se desencadena cuando uno de ellos, Bobby (Lonnie Chavis), logra escapar y, en el trayecto, descubre que su amigo, Kevin (Ezra Dewey) sigue cautivo. La película fue estrenada el 27 de septiembre del año pasado y, en líneas generales, desde entonces viene sumando buenos comentarios. Quizá esas valoraciones puedan explicarse desde la dualidad narrativa elegida por los directores. 

La película comienza con una serie de escenas que invita a pensar en relatos mucho más suaves. Luego de los primeros minutos, guion y estética se oscurecen. Las frases de los protagonistas pierden de forma progresiva la ilusión con la que comenzaron y las atmósferas se oscurecen, sin dejar de resultar agradables a la vista. Sin ser una experiencia visual al estilo Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015), The Boy Behind the Door resulta grata a la vista. En eso influyen tanto por la paleta de colores, su manejo, como por los distintos encuadres seleccionados. 

The Boy Behind the Door y el drama humano

El terror a través de esta película no se produce a través del silencio y de cuestiones cayéndose de forma sospechosa sino a través del sufrimiento y la angustia que atraviesan sus protagonistas. Solidarizarse con un par de niños perseguidos por adultos es el puente para acercarse a múltiples circunstancias que espantan. Ese planteamiento, por parte de los directores, resulta acertado. Aunque en el trayecto hay una serie de conveniencias de guion que pueden resultar incómodas. Sin embargo, al menos para quien escribe, no resultan tan significativos como las sensaciones generadas a través de The Boy Behind the Door.

La influencia más evidente durante la película es la de El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Sí, hay un hacha que se usa para abrir un boquete en una puerta, entre otras escenas que evocan a ese clásico del cine. En esa relación aparece otra de las pegas que pueden ponerse sobre el film, ya que quizá abusa de la referencialidad, hasta el punto de parecer un tributo antes que una influencia. Con este aspecto ocurre lo mismo que con las conveniencias de guion, se pueden omitir en favor de lo que ocurre con Bobby y Kevin. A medida que avanza la producción, esa escena inicial entre ellos cobra un valor aún más valioso porque se vuelve el argumento que da sentido a que uno intente, a riesgo propio, salvar al otro. 

The Boy Behind the Door da tanto peso a los protagonistas que el relato se debilita cuando no se comparten las razones de los antagonistas ni se profundiza en sus perfiles. Quizá, tratándose de mentes criminales, sea necesario el formato de la serie televisiva para eso. Sin embargo, habrían bastado poco más para completar el contexto, sin que eso implicara perder el foco de la historia: dos amigos que intentan sobrevivir a la maldad de la adultez. 

Puede que en esa última lectura se encuadre la esencia del film y su resolución. La meta de la vida no es el éxito o la felicidad, sino evitar que la adultez devore el candor de la infancia.