Damian McCarthy debutó como director de cine con Caveat. Partir de esta premisa es clave para entender su producción, estrenada durante 2020 en el IndieCork Film Festival de Irlanda e incluida en la cartelera del Festival de Cine de Sitges. Este último encuentro comienza desde este 7 de octubre y se extiende durante diez días más. Caveat podrá verse durante el primer día del último festival mencionado y durante el segundo. Antes de ir a verla, se sugiere tener en cuenta algunos de los siguientes aspectos.

A diferencia de otros géneros, puede que ninguno otro reclame tanto como el terror la atmósfera que se genera en la sala de cine. Esa caja oscura, la potencia sonora, libre de ruidos externos y una pantalla enorme sobre la que es difícil quitar la mirada, son parte de los elementos que enriquecen el género. La oscuridad es más evidente y el silencio alcanza otra dimensión. En ese sentido, Caveat ofrece varios momentos para disfrutar de la experiencia cinematográfica.

De forma progresiva, la película encierra al espectador en un pequeño espacio. De los impresionantes y toscos paisajes irlandeses se va hasta una casa, ubicada en un islote. En ella, Isaac, interpretado por Jonathan French, deberá gestionar distintas situaciones. La primera de ellas, esa que deriva en tantas más, es el cuidado de Olga (Leila Sykes), la sobrina de Barret (Ben Caplan), un amigo de Isaac. El giro de tuerca en la narrativa estriba en que Isaac sufre pérdidas de memoria. 

'Caveat' y la importancia de cuidar los recuerdos

La falta de recuerdos de Isaac es usada por Damian McCarthy para guiar el tempo de la película, aunque sobre este aspecto hay que hacer un reparo más adelante. Desde el comienzo y casi hasta el final, el director va planteando una serie de preguntas en relación con los protagonistas. Esas cuestiones sostienen el relato, aportan tensión a la historia y le permiten a los actores brillar; en especial a Jonathan French, sometido a diversas cuestiones físicas.

En el desenvolvimiento de French también hay mérito de McCarthy, al tener en cuenta expresiones y detalles, como la potencia de la mirada del actor, para transmitir parte de su trance. Su actuación encuentra en la de Caplan y Sykes un equilibrio útil a la narración, hasta el punto de que el choque de personalidades transforma Caveat en un relato psicológico en el que no queda claro quién intenta atrapar a quien en la mente del otro. 

Caveat está atravesada por una dinámica, el encadenamiento de sus protagonistas, que invitan a pensar en referencias del género como Saw (2004), sin recrearla de forma concreta. Cuando ocurre en Caveat no responde al placer de otro sino a los temores de uno de los protagonistas. Pero al estar escenificada en un espacio cerrado, el recuerdo surge casi de forma automática. 

Este proyecto debut de Damian McCarthy quizá sólo pueda cuestionarse desde el abuso de los problemas de memoria que tiene Issac hasta convertir Caveat en un nudo de saltos y referencias que pueden complicar la experiencia de quien observa. Hay una diferencia entre plantear preguntas y exigir la atención de quien mira y otra exprimir recursos para desubicar al espectador. La película corre ese riesgo, uno que podría entenderse como una libertad propia del debut.