En abril de 1942, el químico suizo Albert Hoffman descubrió las propiedades psicodélicas del LSD en un curioso accidente conocido hoy como el día de la bicicleta. Quince años más tarde, un matrimonio adinerado y aficionado a los hongos, R. Gordon y Valentina Wasson, se pusieron en contacto con él para enviarle algunas muestras que habían recogido de unos hongos mágicos que solían formar parte de los rituales de los indígenas mexicanos. Esos fueron los primeros pasos que llevaron al descubrimiento de la psilocibina. Y tres décadas después, en 1983, un hombre llamado Ken Nelson publicó un curioso folleto en el que explicaba cómo exprimir una especie de sapo y fumar su contenido. Fue así como se descubrieron tres de las drogas psicodélicas más famosas de la actualidad. Unas drogas a las que, a día de hoy, también se les conocen fines terapéuticos. 

De hecho, en la actualidad son cada vez más los estudios científicos que exploran su potencial, especialmente para tratar la depresión resistente a otros fármacos. ¿Pero qué sabemos de estas tres drogas? Y, sobre todo, ¿cuál es la historia completa de sus descubrimientos? Desde luego, ninguna de ellas tiene desperdicio.

El LSD y el día de la bicicleta

Albert Hoffman tenía un gran interés en estudiar compuestos procedentes de fuentes naturales y sintetizarlos en el laboratorio. Fue así como, en 1938, llegó al LSD a partir del ácido lisérgico, procedente de un hongo, el cornezuelo del centeno.

Primero Albert Hoffman experimentó los efectos del LSD al ser absorbido por su piel, pero luego lo probó a propósito

Inicialmente no tenía mucha idea de cuáles podrían ser las propiedades de esta sustancia, por lo que dedicó los años siguientes de su investigación a estudiarlas. Eso era lo que estaba haciendo el 16 de abril de 1943, cuando comenzó a sentirse aturdido y mareado. Era una sensación rara, diferente a otra que pudiese haber experimentado antes, por lo que terminó por concluir que podría ser un efecto del LSD, que podría haber pasado a su organismo a través de la piel de los dedos. Pero, como buen científico, quiso experimentar para estar seguro. Por eso, tres días después volvió al laboratorio y esta vez no manipuló la sustancia con las manos desnudas, sino que directamente la ingirió. Informó de ello a su asistente, por lo que pudiera pasar. Y menos mal que lo hizo.

Poco después volvieron los mareos y la confusión, pero mucho peores que el primer día. Veía las imágenes distorsionadas y le costaba caminar con normalidad. Le pidió a su asistente que le acompañara a casa, por temor a tener un accidente si lo hacía él solo. Se cuenta que fueron en bicicleta, de ahí que el 19 de abril se conozca desde entonces como el día de la bicicleta.

Y la historia no acabó ahí. Al llegar allí, se desplomó en el sofá, incapaz de mantenerse de pie. Tenía la sensación de que los muebles giraban y todo a su alrededor se movía. Llegó incluso a temer por su vida, por lo que llamó a su médico, que no fue capaz de diagnosticar nada, más allá de que sus pupilas estaban dilatadas. Por suerte, con el tiempo esa sensación que quienes han consumido alguna de estas drogas conoce bien se fue diluyendo y dejó paso a una gran tranquilidad y agradecimiento por seguir vivo. Supo que había descubierto algo importante y que quizás, bien controlado, podría tener algún fin terapéutico. Sin embargo, no tardó en caer en las manos menos preocupadas por la medicina, que quisieron aprovecharse de aquellos efectos psicodélicos únicos que Hoffman había vivido. La fiebre de las drogas psicodélicas había empezado.

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Llega el turno de los hongos mágicos y la psilocibina

En 1957 el matrimonio Wasson escribió un artículo llamado En busca del hongo mágico. en el que se hablaba del uso de algunos tipos de hongos en las prácticas religiosas de determinados grupos de indígenas mexicanos. Sabían que se usaba por sus propiedades alucinógenas, por lo que tenían interés en saber más sobre el tema.

Le enviaron las muestras a Hoffman porque conocían su fama con el LSD

Por eso, se pusieron en contacto con el micólogo Roger Heim, quien les ayudó a recolectar algunas muestras, especialmente de un hongo llamado Psilocybe mexicana. La fama de Hoffman en el estudio de sustancias psicodélicas era más que conocida, por lo que decidieron hacerle llegar estas muestras.

El químico no dudó en investigarlas como él mejor sabía hacer: buscando los compuestos responsables de los efectos psicodélicos y, por supuesto, probándolos. Así, dio con dos sustancias, a las que bautizó como psilocibina y psilocina. Además, consiguió sintetizarlas artificialmente, como hizo en su día con el LSD. 

Desde entonces, los hongos mágicos se encuentran entre las drogas de uso recreativo más conocidas. No necesariamente P. mexicana. De hecho, es bastante más común P. cubensis. Este no se considera tan tóxico y por lo general su consumo, más allá de los efectos típicos de la psicodelia, no es especialmente peligroso. El problema es que si, por ejemplo, se consume antes de realizar tareas como nadar en el mar o conducir, sí que puede ocasionar la muerte por accidente. Además, se ha visto que en personas con problemas mentales puede empeorarlos. Eso sí, a las dosis inadecuadas, pues también tiene efectos beneficiosas para algunas de ellas. Pero eso lo veremos más adelante.

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¿Cómo exprimir un sapo?

En 1983, Ken Nelson publicó un folleto sobre cómo extraer y fumar una sustancia procedente de la piel del sapo del desierto de Sonora (Bufo alvarius). Parecía una majadería, pero quienes decidieron seguir los pasos recomendados vieron que, efectivamente, de unas glándulas presentes en el cuerpo del anfibio se podía extraer una droga psicodélica muy intensa. Los efectos eran más potentes que con el LSD o la psilocibina y, además, se generaban muy deprisa, terminando en solo 10-30 minutos. 

A día de hoy se sabe cómo sintetizar el compuesto sin necesidad de recurrir a los sapos

Tal fue la aceptación que comenzó a generarse una captura indiscriminada de estos animales. Así, con los años, su población ha sufrido un gran deterioro. Es cierto que ha sido especialmente por la pérdida de parte de su hábitat, pero que los cacen para fumarse su sudor no ayuda. 

Por eso, recientemente el investigador Robert Villa y el periodista y científico Hamilton Morris han puesto en marcha una curiosa campaña destinada a su conservación. Esta consiste en la venta de varios productos, entre los que se encuentra un nuevo folleto, que emula el de Nelson; pero que, en vez de extraer la droga del sapo, explica cómo sintetizarla. Y es que, a día de hoy, la sustancia en cuestión, llamada 5-MeO-DMT, es ya bien conocida por los científicos.  De hecho, recientemente se publicó en ACS Omega un estudio en el que se describe su estructura química y la forma de obtenerla artificialmente, con un 99,86% de pureza. 

Y no solo se conoce su estructura. También sus propiedades, que van mucho más allá de las drogas recreativas, como puede verse en el ensayo clínico iniciado en 2019 en la Universidad Johns Hopkins con el objetivo de estudiar su potencial como tratamiento para la depresión. 

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El presente de las drogas psicodélicas

Tanto el LSD, como la psilocibina de los hongos mágicos y esa curiosa droga extraída del sapo de Sonora pueden ser peligrosos si se consumen sin control. Pero también grandes aliados si son manejados por científicos.

Su potencial para tratar enfermedades mentales, como la depresión, está cada vez más claro. De hecho, se han comprobado datos muy curiosos, como que la experiencia psicodélica aguda predice la eficacia terapéutica de la psilocibina para la depresión resistente a tratamiento. Es decir, según cómo de grande sea esa experiencia sensorial que generan las drogas psicodélicas, serán más o menos efectivas en medicina.

Eso, desde luego, plantea un camino interesante para la droga del sapo de Sonora. Sobre todo ahora que sabemos cómo usarla sin perturbar al pobre animalito, que bastante tiene con que le estén poniendo su desierto manga por hombro.