Chucky, que se estrena el 27 de octubre en Star+, tiene un curioso compromiso. Por un lado, debe recuperar lo mejor de una franquicia desordenada, errática y cuyo último reboot fue un fracaso de taquilla. Por el otro, brindar un soplo de aire fresco a una historia generacional y ya tradicional en el canon del cine de terror. Entre ambas cosas, el programa debe encontrar su propia identidad y narrar una historia novedosa. Todo mientras debe competir con docenas de series de terror y remakes semejantes. Además, claro, de la percepción sobre lo necesario — o no — de un eventual regreso de Chucky a la televisión.

El programa logra combinar todo lo anterior y aunque el resultado no es del todo brillante, sí es lo suficientemente interesante como para resultar atractivo. O al menos, una correcta, macabra y a menudo divertida adaptación de la franquicia original en algo más condensado y sofisticado. Es curioso que una serie sin pretensiones y no siendo verdaderamente ambiciosa, tenga mucho más solidez que otras reinvenciones de franquicias más fastuosas. 

Los ejemplos sobran. Sé lo que hicisteis el último verano de Amazon Prime Video falla en emular su versión cinematográfica. Y lo hace por su incapacidad de reformular una premisa exitosa en una mirada contemporánea e ingeniosa. Algo semejante podría decirse de la irregular trilogía de la saga Halloween. La versión de David Gordon Green sobre el clásico slasher se sostiene con dificultad; con un guion exagerado y sin verdadero sentido de su potencial.

Al contrario, Chucky es todo lo sólida que puede ser un producto derivado de un universo mayor. Sin duda, el hecho de que el creador de la serie sea Don Mancini, escritor de la película original, es una ventaja. En especial, al momento de tomar toda una serie de decisiones estéticas y argumentales que convierten a la serie en un experimento peculiar. Para comenzar, Mancini trae de vuelta a la voz original de Chucky, Brad Dourif; el trabajo vocal del actor permite recrear la sensación de amenaza engañosa de Muñeco Diabólico, quizás uno de los puntos más altos de la serie. Con una precisión vocal que asombra, Dourif logra lo que siempre fue uno de los giros más tenebrosos del film del ’88. La vitalidad siniestra, retorcida y burlona de Chucky. 

Pero además, Mancini toma la inteligente, aunque por momentos cuestionable decisión, de reformular los elementos clásicos de la historia y convertirla en algo más. El programa evita la reinvención total — como ocurrió con la criticada versión del 2019 dirigida por Lars Klevberg — y asume su carácter de curiosidad. Mancini asume la percepción de Chuchy con todo el peso de su importancia en el mundo del terror. A la vez, permite a la historia discurrir por nuevos elementos que añaden interés a la ya conocida premisa del muñeco poseído.

Pero como en toda historia de objetos malditos que se precie, Chucky también es una revisión a su pasado y a lo que le conecta con el misterio. Y es entonces cuando Mancini encuentra una arista novedosa para narrar una franquicia conocida por buena parte de los fanáticos del género. Chucky no intenta sorprender o innovar. Pero lo hace. Más refrescante aún: tiene el evidente objetivo de subvertir el género del slasher a una versión más pequeña y retorcida. No siempre lo logra, pero aun así tiene toda la capacidad para crear un recorrido sorprendente por los mejores clichés de la larga franquicia. Para bien o para mal, Chucky ha regresado. Y lo hace con una salvaje ferocidad que va desde el gore al cuento sobrenatural con una facilidad de pesadilla. 

Un muñeco con un pasado siniestro 

La serie toma la decisión de ser autoconsciente, por lo que Mancini supone que su audiencia tiene algunos datos sobre la historia. De modo que dedica una buena cantidad de tiempo a narrar el contexto. Jake Wheeler (Zackary Arthur) es un adolescente con aspiraciones artísticas que atraviesa el duelo por la muerte de su madre y que debe enfrentar a su padre (Devon Sawa). En medio de una tensión emocional semejante, Jake intenta crear una especie de mundo alternativo a través de un proyecto artístico curioso. Tal y como si se tratara de un Danny adolescente lleno de frustraciones y traumas, el Jake de Arthur parece predestinado a encontrar a Chucky. Tanto como para que la siniestra figura del muñeco emerja como una metáfora del caos interior del personaje. 

Pero supuesto, Chucky es algo más que un objeto de colección o una metáfora. Y Mancini se asegura que el argumento lo deje claro desde el primer episodio. Esta es la serie de un personaje icónico, de modo que la serie tendrá dos historias paralelas que contar. Por un lado, está la de los crímenes en apariencia misteriosos que comenzarán a ocurrir alrededor de Jake. Y por el otro, una revisión a la mitología de la franquicia a través de interesantes y bien construidos flashbacks. 

A medida que los capítulos avanzan — y Jake descubre que tiene un enemigo en casa — la narración se hace más ambigua. Por un lado, hay una revisión sobre la vida del joven Charles Lee Ray (interpretado por David Kohlsmith) que parece creada exclusivamente para fanáticos. Por el otro, el recorrido a través de un slasher que quizás pierde fuelle cuando se hace más introspectivo o intenta serlo. Quizás, el error de Mancini sea el de intentar contar varias cosas a la vez sin detenerse en ninguna el tiempo suficiente.

Pero con todo, la premisa funciona. Lo hace porque Chucky es una serie que ordena las piezas de un mundo más amplio. De hecho, una de las ideas más refrescantes del argumento, es la forma en que el guion asume su identidad de reboot. La narración sabe a dónde se dirige porque reafirma su centro motor. Chucky es una improbabilidad, una versión temible del instinto asesino. Y esta vez, Mancini lleva esa idea a un terreno más espeluznante y consecuente. 

'Chucky', un viejo conocido en un nuevo entorno 

Uno de los puntos más divertidos y retorcidos de la saga Chucky ha sido su capacidad para sostenerse sobre un chiste cruel. Su versión claustrofóbica sobre la infancia y sobre los secretos del terror la convirtió en un clásico. La serie intenta seguir esa dirección y lo logra. En especial cuando los capítulos añaden información a la idea general sobre lo que Chucky puede ser. ¿Se trata del epítome del mal? ¿Una burlona concepción sobre lo siniestro?

La serie Chucky no tiene la intención de responder a las preguntas. Pero sí plantea algunas nuevas. Esta saga que crea un mundo referencial a partir de sus momentos más brillantes, es más insidiosa de lo que parece. Y mientras Chucky muestra a Jake cómo matar, el trayecto hacia el terror y el absurdo se hace más extravagante. Nadie pidió una serie que pudiera profundizar en un universo del género del terror especialmente absurdo. Pero quizás era necesaria para refrescar la mirada del terror actual. Una misión que la serie Chucky logra a cabalidad. 

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