Hace unas semanas, Tim Cook, consejero delegado de Apple, admitió que le preocupa el «uso excesivo de la tecnología» y que deseaba que sus productos fuesen utilizados «para hacer cosas» no para ver contenido en las redes sociales como zombies. Su preocupación, referida al posible impacto negativo de las redes sociales en nuestra sociedad democrática, me hizo pensar en lo primordial que ha sido siempre para Apple atender a las personas que emplean la tecnología para crear. Está en el ADN de la empresa. Desde su software hasta sus acertadas campañas publicitarias desde el regreso de Steve Jobs a Apple; el foco siempre ha estado en llegar a los programadores, a los músicos, a los fotógrafos, a los escritores… a aquellos que «piensan diferente» y que aspiran a crear algo único. Y la mejor herramienta para ello, era el Mac.

Eso ha vendido siempre Apple, y con bastante buen acierto. Pero a decir verdad, y pese a las palabras de Cook arriba citadas, lo único que he podido percibir durante los últimos cinco o seis años ha sido un constante ninguneo a todos aquellos fans de la marca que no quieren trabajar con otra cosa que no sea un Mac. Sí, a los usuarios profesionales que no quieren trabajar con un iPad y tampoco usar Windows, sino con un Mac. A todos éstos les han caído palos por todos los lados: les han quitado puertos que habitualmente necesitaban, les cambiaron el teclado por uno mucho peor y, para más inri, la mayor «innovación» que se les ofreció fue una cuestionable pantalla para poner emojis. La famosa TouchBar. ¡Justo lo que necesita un profesional que va a invertir 3.000 euros en un nuevo equipo para trabajar!

Un chip que lo cambia todo en el Mac

Para ser justos, poco más podía hacer Apple si todos los componentes internos dependían de una compañía, Intel, que presentaba mejoras de rendimiento y eficiencia difícilmente apreciables. La arquitectura x86 era un lastre en equipos portátiles. En los sobremesa, al menos, el poder ya recaía en las potentes y descomunales tarjetas gráficas dedicadas al sector profesional y los entusiastas de videojuegos. Pero los portátiles necesitaban algo más. Y eso era el chip propio de Apple: el M1.

Desde la presentación del MacBook Air, hasta su culminación con los MacBook Pro retina, Apple no había ofrecido un cambio sustancial en su gama Mac. Parecía que todo iba destinado al gran público con los iPhone y los iPad, y que la compañía ya no estaba interesada en los profesionales, aquellos que amortiguaron su caída hace décadas. Hoy no sólo se brinda a los fans de la marca lo que pedían, sino que me atrevo a decir que han superado todas sus expectativas: se les devuelve el conector de carga MagSafe, se vuelve a incorporar un teclado de verdad, con recorrido y robustez en el tacto, se elimina la inútil TouchBar y la compañía hace gala de un poder en su chip que supera a lo mejor de la competencia realizando un consumo energético mucho menor.

No sólo se contenta a los profesionales, sino que el Mac parece ser ahora un producto bandera de la compañía a años de ventaja de lo que se puede encontrar en ordenadores de otros fabricantes. Apple, además, ha tenido la suerte de poner a la venta estos portátiles tras el resurgimiento del mercado del PC debido a la crisis sanitaria provocada por el COVID-19. A la hora de trabajar y de hacer cosas, la gente sigue queriendo utilizar el ordenador.

Foto por Przemyslaw Marczynski en Unsplash

El fin del ordenador que nunca llega

Este clima de entusiasmo que se percibe entre los fans de la marca y la prensa especializada por un portátil en pleno 2021 es desconcertante. Hace una década, éstos pensaban que estaríamos trabajando con una tablet, unas gafas de realidad aumentada y que, al salir de la oficina nos vendría a buscar un coche autónomo. Pero el futuro todavía no es así. Y la gente que crea, los profesionales que tanto dice Apple amar, todavía quieren usar portátiles Mac con puertos, con teclados físicos y con mucha potencia.

Que Apple lance exitosamente sus propios chips para ordenadores es una buena noticia. Incluso para los consumidores que prefieren o necesitan utilizar una máquina con Windows. Intel sabe que necesita cambiar el rumbo y que llevan años arrastrando malas decisiones. Tienen que lograr volver a crear chips más potentes y eficientes; y esto va a requerir cambios profundos. Ya no basta mejoras iterativas ante tal competencia. Nvidia ya está inmersa en el desarrollo de sus propios chips ARM y Google presenta este martes el primer smartphone con su propio chip.

Queda cada vez más claro que lo de diseñar teléfonos y portátiles cogiendo el sistema operativo de uno y el chip de otro ya no sirve. También me hace desear que Microsoft logre incluir pronto su propio chip en las Surface, puesto que son equipos fantásticos, para que se revitalice aún más el mercado de los ordenadores que algunos nos resistimos a abandonar.