La película Los otros, de Alejandro Amenábar, cumple 20 años desde su estreno y todavía es una obra de arte del cine de terror. Lo es, por su capacidad para mezclar los mejores giros del género, con algo más sustancial y profundo. Pero en especial, también es un recorrido por el dolor, el luto y el miedo, que se aleja de los caminos tradicionales para crear algo más duro de asimilar. 

El film logra que tópicos como la muerte, la incertidumbre y la fugacidad de la existencia humana se unen a un poderoso discurso sobre el horror. Entre ambas cosas, el director español logró crear una mirada profunda sobre lo temible que se esconde a las sombras. 

Pero también sobre el sufrimiento de la pérdida y el luto. Con una Nicole Kidman que logró crear un personaje memorable en su combinación de fragilidad y fuerza, Los otros es una alegoría sobre la finitud. Basada de manera tangencial en el clásico tropo de las casas embrujadas con un secreto retorcido, Amenábar aspiró a algo más emocional. 

Desde la primera escena, que muestra el rostro de la actriz en primer plano retorcido por la angustia, hasta su final asombroso. La película es un recorrido cuidadoso y bien construido acerca de lo que el miedo puede ser en realidad y también, las heridas espirituales y mentales. 

Todo, bajo una lujosísima puesta en escena y un tributo visual a grandes clásicos en los que el contexto lo es todo. Con todo su aire gótico, pero en especial, su atención a la cualidad del cine del terror para explorar lo humano, Los otros es un triunfo argumental.

El clásico que llegó a deshora en el gran mundo del cine

Se ha dicho que Los Otros habría sido un mayor éxito, de no estar precedido por The Sixth Sense, del director M. Night Shyamalan. Una casualidad desafortunada que restó impacto a su cuidado guión. 

Sin la referencia inmediata de la película de Shyamalan, su giro central habría causado una verdadera sorpresa. Y aunque su estreno fue retrasado para no coincidir con el del éxito de Hollywood, fue evidente que Los otros no soportó bien la comparación. La prensa especializada comparó de inmediato ambos argumentos y la versión de Shyamalan fue alabada por su cuidado al detalle. 

Al otro extremo, se acusó a Amenábar de hacer uso del giro argumental, sin la habilidad suficiente como para crear verdadero temor o dolor. Se habló de su insistencia en usar el escenario en favor de los personajes y sobre todo, su falta de sutileza al momento de narrar. No obstante, Los otros tenía una mirada mucho más profunda sobre la muerte y la pérdida que la obra de Shyamalan. Y en ello basa su fortaleza. 

Los Otros y los secretos que guardan las puertas cerradas 

Amenábar logró crear un universo inquietante que se sostiene por sí solo y una nueva visión del miedo. Para la ocasión, construida desde la percepción esencial del espacio humanizado. La casa que se asimila no sólo como parte de la historia que se cuenta. Además es un fragmento imprescindible de información del entramado dramático de lo que se insinúa.

Tal vez debido a eso, pesar de todo, se considera a Los otros como una pequeña joya del subgénero. O al menos, entre los amantes del cine de terror basado más en la sutileza que en los sobresaltos por mera concesiones del guión. Como la cuidada producción que es, la película basa el mayor peso de la trama en un correcto e inteligente desarrollo de los personajes. Además, construye un ambiente único. La mirada objetiva —la cámara que siempre observa, desde una distancia considerable que llega a resultar chocante— crea una sutil sensación de amenaza. 

También, es un film lleno de emoción. La casa tiene un papel protagónico. Amenábar muestra con cuidado las puertas abiertas y cerradas, pasillos estrechos, habitaciones medio abandonadas. La luz —un enemigo tenaz— marca el límite entre la realidad y lo que se oculta en las sombras, con una precisión asombrosa. 

Más allá, la historia profundiza en una serie de opiniones y reflexiones sobre la muerte, la naturaleza de la vida y lo que ocurre al morir. Un terrorífico elemento desconocido que abarca no sólo la imaginación sino los temores del espectador.

El director logra crear una atmósfera que hace de la película un largo trayecto hacia la oscuridad. Lo hace, con un pulso preciso que permite a la historia abarcar todos sus temas con una paciencia que se echa de menos en producciones parecidas. 

Para cuando el secreto central se revela — y Amenábar se toma su tiempo en hacerlo — ya el escenario del miedo cedió al dolor. Y lo hizo con una extrañísima belleza que conmueve antes de aterrorizar. Quizás el mayor logro de una película que todavía es capaz de sorprender después de dos décadas.