El 6 y el 9 de agosto de 1945 cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki dos bombas atómicas. Los cálculos señalan que entre 105.000 y 120.000 personas murieron en el ataque a las dos ciudades; además de alrededor de 130.000 personas heridas. La atrocidad también dejó su huella sobre las aceras de las dos ciudades; aunque no es la única curiosidad relacionada con estos horrores. En este caso, las sombras de personas, pero también de otros objetos, como bicicletas, se pudieron ver sobre el suelo de ambas ciudades después de que las bombas atómicas arrasaran las zonas. Pero, ¿cómo sucedió esto?

Para saber cómo esas sombras aparecieron en el suelo tras la caída de las bombas nucleares hay que pensar en cómo estaba todo justo antes. Imaginemos a las personas paseando por las aceras o dando una vuelta en bicicleta cuando el horror de las bombas atómicas asoló sus ciudades. Hay que pensar también en una gran explosión, que se expandía e iba encontrando a personas y objetos "que se encontraban detrás absorbiendo la luz y la energía", indican desde Live Science. "La luz circundante blanqueaba el hormigón o la piedra alrededor de la sombra", según explica al medio el doctor Michael Hartshorne, administrador emérito del Museo Nacional de Ciencia e Historia Nuclear de Albuquerque (Nuevo México) y profesor emérito de radiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nuevo México.

En definitiva, esas sombras mostraban cómo era la acera (o el edificio) antes de la explosión de la bomba atómica en la ciudad; mientras que el resto de las superficies se blanquearon y solo mostraban el horror de lo sucedido.

La bomba atómica: así funciona

Universal History Archive

La bomba atómica (o nuclear) se basa en la fisión para liberar una gran cantidad de energía. Para ello se utiliza un neutrón que golpea el núcleo de un átomo pesado, como los isótopos uranio 235 o plutonio 239. La reacción no termina hasta que todo el material se ha agotado. Y como bien demostró lo sucedido en 1945, las bombas atómicas son brutales.

De hecho, las bombas atómicas que Estado Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki eran de uranio-235 y plutonio-239, respectivamente. Y liberaban una enorme cantidad de calor y radiación gamma de onda muy corta. La radiación gamma, además de ser muy dañina para los tejidos y el ADN, también viaja como energía térmica que podía alcanzar más de 5.500 grados centígrados. "Cuando la energía chocaba con un objeto, como una bicicleta o una persona, era absorbida; blindando los objetos en el camino y creando un efecto de blanqueamiento fuera de la sombra". Aún así, debido al calor y las ondas expansivas posteriores, desaparecieron muchas sombras en el suelo, según explica Hartshorne.

Por tanto, las sombras en el suelo o edificios fueron causadas por las propias bombas atómicas; un resquicio de lo que habían sido las ciudades antes del más absoluto de los horrores.