"¿Te han vacunado bien?", dice un anuncio en el metro de Madrid. La publicidad quiere vendernos una prueba de anticuerpos de tipo ELISA tras ponernos la vacuna contra la COVID-19; pero ¿es realmente necesario hacernos este tipo de prueba? ¿Cómo funciona el sistema inmunitario cuando nos vacunamos del coronavirus? ¿Pueden vacunarnos mal?

Para saber si tenemos que hacernos estas pruebas hay que distinguir varios supuestos. Si presentamos síntomas entre medias de las dos dosis o los quince primeros días después de la segunda inyección; sí, tenemos que hacernos una prueba de diagnóstico para el coronavirus. Esta puede ser una PCR, un test de antígenos (proteínas del virus) e, incluso, una prueba de anticuerpos, aunque cada prueba se hace en un momento distinto de la infección. Pero de eso ya hemos hablado anteriormente en Hipertextual.

También podríamos querer saber entre las dos dosis si hemos empezado a generar anticuerpos. Pero hay que tener en cuenta que tras la primera dosis cada persona reacciona de una manera distinta. Habrá quien tenga pocos, suficientes o muchos. Pero hay que tener en cuenta que no nos han vacunado de la COVID-19 mal si nos salen pocos. Para eso está la segunda dosis. Y aún así, puede haber gente que tras esta también tenga pocos anticuerpos, ¿a qué podría deberse? Hablemos de cómo funcionan las vacunas del coronavirus.

Así funciona el sistema inmunitario tras una vacuna

De forma muy resumida, luego lo veremos un poco más en profundidad, lo que hacen las vacunas, por ejemplo la del coronavirus, es enseñarle al sistema inmunitario el antígeno o parte de él para que pueda reconocerlo en el futuro; pero, además, se generan los primeros anticuerpos. El uso de las vacunas es clave porque generamos anticuerpos de manera segura, es decir, sin desarrollar la enfermedad. En las vacunas contra la COVID-19 se está usando la espícula del virus como antígeno y están siendo muy importantes porque evitan muchas muertes.

Se puede decir que el sistema inmunitario es como un ejército: se moviliza a los soldados cuando son necesarios para librarse del enemigo

Pasado un tiempo, el número de anticuerpos en sangre disminuye, en ocasiones muy drásticamente. Pero si nuestro sistema inmunitario vuelve a entrar en contacto con el patógeno, en seguida volvemos a generar los anticuerpos porque el cuerpo, como decíamos, puede reconocer que ya ha luchado anteriormente contra ese enemigo y que unos determinados anticuerpos son los que terminaron con él. Por tanto, se puede decir que el sistema inmunitario es como un ejército: se moviliza a los soldados cuando son necesarios para librarse del enemigo.

Todo esto que acabamos de explicar también se aplica para cuando hemos pasado una infección. El problema es que con las infecciones en ocasiones no generamos células de memoria y sí puede haber una reinfección; pero de esto hablaremos un poco más adelante. Aunque antes de seguir hay que dejar claro que en el caso de la COVID-19 la inmunidad parece robusta, incluso para los pacientes que se han puesto ya la vacuna contra este coronavirus.

Los glóbulos blancos, fundamentales en el sistema inmunitario

Foto por Cassi Josh en Unsplash

Seamos un poco más técnicos ahora y hablemos de células específicas. Antes de generar anticuerpos, el sistema inmunitario primero tiene que hacerse con el patógeno. De esto se encargan los linfocitos B, que son un tipo de glóbulos blancos que se dedican a detectar a los invasores e inmovilizarlos, tal y como indican en Kids Health. Sus compañeros en esta lucha, los linfocitos T, son los encargados de destruir a los invasores. En ocasiones cuentan también con otras células como los fagocitos, que devoran a los organismos invasores. Un ejemplo de estos son los neutrófilos, que son las células especializadas en la lucha contra las bacterias que puedan entrar en nuestro cuerpo.

Además de todos estos glóbulos blancos, que como hemos visto son células muy especializadas, también están los linfocitos T memoria. Y son, básicamente, las células más importantes de cara a una posible reinfección. Para tener una inmunidad activa de larga duración, la mejor respuesta que podría generar nuestro cuerpo frente a una infección es usar los linfocitos T para crear anticuerpos. Imaginémonos al virus como una llave y a estos linfocitos T como la cerradura que impide que continúe la infección, ya que evitan que el patógeno siga entrando en las células a replicarse.

Las células presentadoras de antígenos los captan y se los llevan a los linfocitos T para que ellos encuentren una forma de impedir la replicación del patógeno

Cuando las células presentadoras de antígenos captan uno de estos, se los llevan a los linfocitos T para que ellos busquen la cerradura que encaje, para evitar así que el patógeno pueda replicación en caso de infección real. Pero con las vacunas sucede de la misma forma, solo que el cuerpo no sabe que no pueden replicarse: es un ejercicio de preparación para nuestro ejército.

"Las respuestas inmunitarias mediadas por los linfocitos T frente a un antígeno dan lugar habitualmente a la generación de linfocitos T memoria específicos frente a ese antígeno, que pueden persistir durante años, e incluso toda la vida", explican desde Elsevier. "Las células memoria proporcionan una defensa eficaz contra microorganismos patógenos frecuentes en el ambiente con los que pueden encontrarse de manera repetida. El éxito de la vacunación se atribuye en gran parte a la capacidad de generar células memoria tras la exposición inicial al antígeno".

La manera más segura de producir anticuerpos para una enfermedad grave sin morir, a día de hoy, es a través de las vacunas

Las inmunoglobulinas son el resultado de encontrar una cerradura específica para cada patógeno. Es decir, son lo que comúnmente llamamos como anticuerpos. Hay inmunoglobulinas de varios tipos: A, G, M, E y D. Estos se producen de manera específica para cada virus, bacteria o alérgeno. Por tanto, los anticuerpos para la varicela nunca serán los mismos que los del coronavirus. Y para tenerlos es esencial haber sido expuesto, en estos casos, al patógeno que desencadena la respuesta inmunitaria. Por ejemplo, mediante las vacunas contra la COVID-19.

La manera más segura de producir anticuerpos para una enfermedad grave sin morir, a día de hoy, es a través de las vacunas.

El sistema inmunitario va más allá de los anticuerpos

Es más, el sistema inmunitario va más allá de los anticuerpos. También forman parte la piel, las mucosas y los órganos y tejidos del sistema linfático (timo, bazo, ganglios y vasos linfáticos, médula ósea), ya que también nos ayudan, de una u otra forma, a protegernos de los patógenos.

La piel y las mucosas, en muchas ocasiones, evitan la infección ya que actúan a modo de barrera. Mientras que los órganos y tejidos del sistema linfático son los que se encargan de generar o madurar todas o casi todas las células del sistema inmunitario. En resumen, producen, almacenan y transportan glóbulos blancos.

Las enfermedades del sistema inmunitario que pueden impedir que la vacuna 'funcione'

Si quisiéramos hacernos un test para saber el nivel de anticuerpos el mejor es el ELISA, pero si no tenemos trastornos del sistema inmunitario es 'tirar' el dinero

Ahora, recapitulemos. ¿Nos sirven realmente los test de anticuerpos para saber si la vacuna nos ha hecho efecto? Los test rápidos miden la Inmunoglobulina G (IgG) y la Inmunoglobulina M (IgM) y lo que necesitaríamos ver es la respuesta de los linfocitos T memoria al SARS-CoV-2; ya que son las que duran más tiempo y los que nos darán más protección. Por tanto, los test rápidos no servirían, pero los test ELISA, que son los del anuncio, sí podrían sernos útiles. Sin embargo, si no tienes una enfermedad en el sistema inmunitario, lo normal es que los anticuerpos generados por la vacuna sean efectivos; aunque desciendan en las analíticas. Por tanto, salvo excepciones, hacerse un test de anticuerpos ELISA se consideraría tirar el dinero, como bien dice Enfermera Saturada en su tuit.

Pero como decíamos, hay algunas enfermedades que nos impiden generar bien los anticuerpos o una respuesta con linfocitos T que pueda ser más duradera. Los trastornos que pueden hacer que no generemos una buena respuesta suelen ser los de inmunodeficiencia. Muchos son genéticos; aunque en ciertos casos pueden ser adquiridos, como es el VIH sin tratar; ya que causa el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (más conocido como sida). Entre los trastornos de este tipo de origen genético están las deficiencias del complemento, la agammaglobulinemia o el síndrome de Job, entre otras. Quizás si nos encontramos ante esta situación sí sería interesante realizarnos una prueba de anticuerpos tras ponernos la vacuna del coronavirus.

En definitiva, si no tenemos un trastorno de inmunodeficiencia, el sistema inmunitario sería como nuestro ejército y moviliza a los soldados cuando los necesitase. Por tanto, nuestra sangre queda limpia de anticuerpos de las diferentes enfermedades que hemos pasado el resto del tiempo, porque esos soldados no son necesarios. Pero si un día volvemos a coincidir con el virus, el sistema inmunitario volverá a movilizar a las tropas de anticuerpos que sean específicas para ese patógeno, en este caso sería la COVID-19. Además, hay muchas otras enfermedades para las que ya hemos demostrado que las vacunas funcionan y no nos hemos hecho un test para comprobarlo. ¿Por qué para estas vacunas del coronavirus sí?