El sector de los microprocesadores nunca había estado tan revuelto. La omnipresencia de ARM en dispositivos móviles. La entrada de Apple con sus propios chips. O el papel cada vez más relevante de las GPUs, dentro y fuera del gaming. Son solo algunos de los inconvenientes o retos a los que tiene que hacer frente Intel. Con todo, sigue siendo líder del mercado y consigue superarse a sí misma con cada nueva generación de procesadores Intel Core. En esta ocasión, con la familia Intel Core Rocket Lake-S.

Enfocada a uno de los mercados más exigentes, el del PC para gaming, la familia de procesadores de escritorio Intel Core Rocket Lake-S se enfrenta a su rival AMD mejorando lo que ya estaba bien en generaciones anteriores: potencia, velocidad y optimización de recursos. Pero también introduce mejoras en su arquitectura. El resultado son unos procesadores que encabezan los benchmarks de gaming gracias a su optimización enfocada a ofrecer un buen rendimiento en algunas de las tareas más exigentes para una computadora de sobremesa.

Si necesitas conocer todos los entresijos de los Rocket Lake-S puedes consultar este artículo. Pero, en resumen, entre lo más destacado de esta undécima generación se encuentra la mejora del rendimiento monohilo en hasta un 19%, manteniendo la misma cantidad de núcleos y sin incrementar la frecuencia de trabajo. A esto hay que sumar la facilidad para hacer overclocking. Eso y la integración de inteligencia artificial mediante deep learning o gráficos integrados que prometen una mejora del 50% con su tecnología Intel Xe. Pero la pregunta importante es, ¿en qué se traducen estas mejoras en la práctica?

Una buena CPU necesita una buena compañía

Para probar de primera mano cómo se desenvuelven los procesadores Intel Rocket Lake-S hemos contado con la colaboración de la propia Intel y de Binary Systems, que ha montado una computadora de gaming para la ocasión. Precisamente, Binary lleva años ofreciendo componentes y ordenadores de gaming ya preparados para funcionar.

Para empezar, un chasis iCUE 5000X RGB de Corsair. Ideal para ver el interior y todos sus componentes en funcionamiento. Dentro, un procesador Intel Core i9 11900K montado en una placa base Asus ROG Strix Z590-F Gaming WiFi. Como acompañamiento gráfico, una tarjeta Gigabyte GeForce RTX 3090 VISION OC de 24 GB. De memoria, 64 GB DRAM DDR4 de Corsair, modelo Vengeance RGB Pro. De almacenamiento, 2 TB repartidos en dos discos Intel SSD 665p Series. Y, para evitar problemas de temperatura, un refrigerador líquido de CPU iCUE H150i ELITE CAPELLIX. En cuanto al software, el ya habitual Windows 10 en su versión Pro.

En conjunto, un equipo de gaming todoterreno con lo mejor de cada casa para lidiar con títulos recientes, y con los que puedan aparecer en los próximos meses, sin apenas despeinarse. Y lo mejor de todo: con un buen comportamiento en uso de recursos, rendimiento y consumo de energía. Eso y todo un espectáculo en funcionamiento tanto por lo que puedas ver en pantalla como en el propio chasis.

Cifras, datos y sensaciones

Aunque los procesadores Intel Rocket Lake-S ofrecen un buen rendimiento en prácticamente todas las tareas diarias, su razón de ser principal es el gaming, la edición de vídeo y tareas relacionadas con el procesamiento de datos y la inteligencia artificial. Y para ser prácticos, nos hemos centrado en el gaming, uno de los sectores con mayor crecimiento en los últimos años pese a que contar con un buen PC de gaming requiere de un buen desembolso económico.

El modelo de procesador que he podido probar ha sido el Core i9 11900K de 8 núcleos. Con una frecuencia de reloj de 3,5 GHz de base, en las pruebas realizadas he alcanzado sin problemas los 5,2 GHz. Y es que este procesador puede dar mucho de sí en el momento necesario gracias a sus mejoras y posibilidades de overclocking.

Si nos atenemos a las cifras y nos centramos en los resultados de las muchas pruebas que se pueden realizar a una CPU como la de la familia Rocket Lake-S, el Intel Core i9 11900K obtiene muy buenos números frente a la competencia o incluso superando a procesadores Intel de generaciones anteriores. Algo que por otra parte se da por sentado pero que conviene comprobar.

Frente a procesadores con el mismo número de núcleos, el Core i9 Rocket Lake-S sale ganando y ocupa las primeras plazas en rendimiento de CPU. Los únicos chips que logran superarlo emplean procesadores de 16, 20 y 32 núcleos. Con todo, la frecuencia de reloj alcanzada es única en cada una de las pruebas gracias a sus tecnologías Intel Turbo Boost e Intel Thermal Velocity Boost para las que el usuario no tiene que hacer nada.

¿Y qué cifras ofrece la propia Intel sobre esta familia de procesadores Intel Core? Los dos datos principales con los que deberíamos quedarnos son el IPC (Instrucciones por ciclo), que mejora un 19% con respecto a las generaciones anteriores. Y para los gamers, el rendimiento de los gráficos integrados es hasta un 50% mejor que en procesadores anteriores. La razón la mencioné con anterioridad: su tecnología Intel Xe de doceava generación. Aunque ya estaba disponible en los procesadores Tiger Lake de la generación para ordenadores portátiles, con los procesadores Rocket Lake-S logra dar lo mejor de sí.

Para obtener estos resultados, Intel testeó sus chips con juegos como Gears 5, Total War Three Kingdoms: Dynasty, GRID (2019), Far Cry New Dawn, Total War: Warhammer 2 y Microsoft Flight Simulator. En concreto, compararon el rendimiento de gaming tanto en los procesadores Intel Core i9 11900K de esta generación, los Rocket Lake, como en los anteriores, apodados Comet Lake. Y los resultados, como mencioné antes, no defraudan.

Mejorar potenciando lo que ya tienes

Poco se le puede reprochar a los Intel Rocket Lake-S basándonos en lo que tenemos delante. Buen rendimiento en condiciones mínimas y un rendimiento excelente en las mejores condiciones si lo rodeamos de componentes a la altura como una buena gráfica, RAM, almacenamiento y una buena refrigeración. Vamos, que no puede faltar en un buen PC de gaming que quiera competir con los títulos más recientes del mercado.

Para su enésima generación de procesadores, Intel ha decidido reconvertir su arquitectura Sunny Cove, de 10 nanómetros. Así, bajo el nombre de Cypress Cove ahora funciona en nodos de 14 nanómetros. En vez de optar por la simple proliferación de núcleos con los que dar más potencia al procesador, han decidido mejorar lo que ya estaba bien. Pero dándole más capacidad. El mejor ejemplo, aumentar el rendimiento monohilo pasando de los ocho hilos a los 16 hilos de Rocket Lake. Y, por qué no, doblando el número de núcleos a su vez.

A ello hay que añadir la mejora gráfica. Sin importar que incorpores una tarjeta externa, con su GPU integrada por defecto ya ofrece un buen rendimiento para juegos actuales. O para realizar tareas como la edición de vídeo, la retransmisión por streaming de lo que estés jugando u otras tareas que exijan un alto rendimiento gráfico.

La pregunta del millón. Si estás a punto de montar tu propio PC de gaming o actualizar el que ya tienes, ¿merece la pena dar el salto a esta nueva generación de Intel Core? La respuesta es sí. Si buscamos obtener el mejor rendimiento y exprimir al máximo ese juego que acaba de salir al mercado, en tu equipo de gaming no puede faltar un Intel Rocket Lake-S.

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