La discusión sobre el valor de los NFT no es nueva. Cuando la fotografía comenzó a popularizarse, a Salvador Dalí le preguntaron cuál era la diferencia entre una muy buena fotografía y un cuadro pintado por Velázquez del mismo sujeto visto desde el mismo ángulo. Respondió que la única diferencia son los siete millones de dólares por los que se había comprado por aquel entonces su retrato de Juan de Pareja para recalcar que la fotografía no mató la pintura, sino que la resucitó.

«Las cosas que vemos están en nuestra alma, no en las cosas», dijo Dalí. «Si Velazquez copia una fotografía, le sale un Velázquez. Si un tonto copia una fotografía, le sale una tontería. Si Dalí copia una fotografía le sale un Dalí. La personalidad es imposible de evitar». 

Esta misma cuestión resuena en el mundo digital, donde todo es replicable al instante y con exactitud matemática. Un cuadro de Velázquez es único: una representación física de la visión y trabajo de un artista que perdura hasta ahora. Se puede copiar y fotografiar, pero ninguna copia sustentará jamás valor alguno al no encerrar en sí misma de forma genuina el alma del artista que plasma en óleo sobre lienzo lo que percibió su alma a través de sus ojos.

Pero el arte no entiende de medios, porque siempre los ha transgredido. Un ordenador es igual de válido que un lienzo en blanco. ¿Pero cómo crear algo único y genuino cuando su principal virtud es la réplica exacta? Es una necesidad, tal vez no tanto para el artista, sino para el aficionado o coleccionista. ¿Quién pagaría un millón de dólares por un archivo jpg replicable por cualquiera? ¿Pagarías millones de dólares por una fotografía de «Las meninas» de Velázquez? 

¿Son los NFT la clave para resucitar el arte digital?

Everydays: The First 5,000 Days, la obra de Beeple

Bajo esta premisa, tan occidental, de sentirnos especiales como individuos, de sobresalir entre la masa al poseer algo único, ya sea un cuadro, unas zapatillas o una carta de Pokémon, nacen en parte los NFT (non fungible token) de los que tanto se ha hablado últimamente en los medios de comunicación por las altas cifras que han alcanzado en subasta la adquisición ciertos trabajos, momentos o, incluso, tuits. Un NFT es un fichero digital de cualquier tipo encapsulado en algo único y coleccionable que se verifica dentro de la tecnología blockchain o cadena de bloques. 

Al comprar un NFT no recibes algo físico. A lo sumo, puedes mostrarlo en la pantalla de tu ordenador o móvil. Ni tan siquiera la obra pasa a pertenecerte. Estás comprando un certificado que autentica la obra y la hace única.

Resulta inevitable cuestionar las desorbitadas cifras por las que se han comprado ciertos NFT, y pensar que todo esto no es más que una burbuja, desligada totalmente del arte o de su mercado y del que cuyo único objetivo es el de enriquecerse de forma rápida. Puede ser. Pero los artistas digitales han sido maltratados constantemente, sus trabajos aparecen en las grandes plataformas como Instagram o Twitter sin recibir compensación económica. Viven de encargos personalizados, pero no pueden vender lo que pintan. «Un pintor es el hombre que pinta lo que vende. Un artista, en cambio, es un hombre que vende lo que pinta», dijo Pablo Picasso. La concepción del NFT puede permitir que existan artistas, y no solo pintores. 

«Yo diferencio entre quién es artista y quién no lo es», dice el galerista Juan González Riancho. «Bajo esta premisa, todo lo que genere un artista tiene mi consideración como obra de arte. Otras muchas cosas pueden ser interesantes pero si no han sido realizadas por alguien que disfrute de ese reconocimiento no son obras de arte». Porque el valor no sólo depende de lo tangible. ¿Por qué un Picasso tiene un valor incalculable? Porque lleva su firma. Y el problema que existía hasta ahora es que ningún trabajo artístico digital llevaba la firma de verdad, tan solo, en el mejor de los casos, la autoría del trabajo original que ha sido copiado innumerables veces hasta que lo han visto tus ojos dibujado en la pantalla. 

El valor de la fé

Hanson Robotics

Muchas de las críticas al concepto ignoran el hecho de que se venden fotografías e impresiones desde hace décadas. Cualquiera puede copiar un JPG, pero también puede escanear una fotografía o una lámina limitada. Las mismas objeciones aplican al mercado del arte actual. Pagar por algo que no es tangible no es un concepto nuevo, ni propio de los NFT o la cadena de bloques, ni siquiera del mundo contemporáneo y digital en el que vivimos. Todo tiene el valor que le queramos dar.

El problema es la todavía ausencia de convencionalismos asentados que nos hagan ver qué valor ha de tener algo digital. Nadie cuestiona el valor de un fajo de dólares, pero sí hemos cuestionado el de un bitcoin. Es lógico que cuestionemos el valor de certificar una creación digital, tan fácilmente replicable e intangible. Pero, si el dólar tiene valor, es porque creemos en él. Lo mismo ocurre con las criptomonedas o los NFT. Si creemos en ellos tienen valor. Si perdemos la fé en ellos, se desploman.

No sólo podemos cuestionar el concepto, sino la burbuja que probablemente estalle o esté a punto de estallar. Se venden NFT de todo tipo: GIFs, tuits o incluso jugadas de la NBA. ¿Por qué no sacar partido de ello? Jack Dorsey, el fundador de Twitter, subastó el primer tuit de la plataforma, que se vendió por 2,9 millones de dólares. Vendió su autógrafo sobre su propio tuit, se podría decir. ¿Es un simple tuit o implica algo más? Depende de a quién preguntes. Al ser un mercado relativamente nuevo, es muy probable que muchos compradores estén pagando precios desorbitados por la novedad y la exclusividad de esta nueva forma de vender algo limitado y autentificado. 

Lo que está ocurriendo a través de la tecnología de cadena de bloques no es nuevo, únicamente trasladamos la confianza que depositamos en quien nos ofrece el respaldo. Antes las operaciones eran respaldadas por una institución o un valor aceptado por convención social, ahora se respalda por el resto de integrantes que participa en la cadena de bloques.

Y si la cadena de bloques ha transformado cómo realizamos transacciones económicas y nos planteamos reformar los sistemas de voto o de salud de nuestras sociedades, ¿por qué no se podría aplicar al arte? La cuestión no es si es inteligente o no comprar algo digital certificado cuando es facilmente replicable o es intangible o si tiene sentido hacerlo dentro de una cadena de bloques, sino preguntarnos si los NFT que compramos son unos Velázquez de Velázquez o las tonterías de un tonto.

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