Hace más de 30 años, concretamente en 1988, aparecía en España el primer fármaco inhibidor de la bomba de protones (IBP): el famoso omeprazol. Un producto que, a diferencia de otros medicamentos anteriores, poseía una gran eficacia y seguridad en el tratamiento de las úlceras de estómago y duodeno y del reflujo gastroesofágico.

Fue el principio de una revolución farmacológica en este campo a la que fueron sumándose con el tiempo más medicamentos de la misma familia (lansoprazol, pantoprazol, esomeprazol…). Hoy en día, los IBP se encuentran entre los medicamentos más consumidos en España y en otros países occidentales.

Su popularidad es tal que están totalmente integrados en nuestra cultura, bajo el nombre de «protectores gástricos». Sin embargo, ¿cuál es la realidad tras el apodo de estos medicamentos?

«Protectores gástricos»: un calificativo erróneo

Foto por Christina Victoria Craft en Unsplash

Como su propio nombre indica, los fármacos de esta familia actúan mediante el bloqueo de las bombas de protones presentes en el estómago.  Estas bombas son canales proteicos presentes en las membranas de las células que recubren la superficie de dicho órgano y que liberan protones (H+) para acidificar el jugo gástrico. Gracias a estas bombas, el interior del estómago puede llegar a ser muy ácido (pH entre 1.5 y 3.5), más incluso que el zumo de limón. Cuando los IBP inhiben de forma irreversible las citadas bombas, estas dejan de liberar protones a la cavidad del estómago y, por tanto, el pH aumenta (es decir, la acidez disminuye).

En resumidas cuentas, los IBP bloquean drásticamente la producción de ácido en el estómago y vuelven menos ácido el jugo gástrico. Esto resulta muy útil cuando la acidez se convierte en un problema como en los casos en los que pasa contenido del estómago al esófago (reflujo gastroesofágico) o cuando hay daños en la mucosa que normalmente protege al estómago o al duodeno de este jugo (úlceras gastroduodenales).

Los IBP no protegen, en realidad, al estómago, pues no ejercen ninguna función sobre la barrera protectora del estómago

Más allá de estas indicaciones, los IBP son esenciales en el tratamiento para erradicar la bacteria Helicobacter pylori en combinación con antibióticos y también para otros problemas de salud mucho menos frecuentes como el síndrome de Zollinger-Ellison en el que se produce un exceso de ácido inducido por tumores presentes en el estómago. Además, en circunstancias muy concretas, se recetan IBP para evitar lesiones en el estómago en personas que consumen ciertos medicamentos que tienen la capacidad de dañar la mucosa gástrica bajo ciertas condiciones (como algunos antiinflamatorios o anticoagulantes).

Pero… ¿qué hacen entonces?

Foto por Natracare en Unsplash

Los IBP no protegen, en realidad, al estómago, pues no ejercen ninguna función sobre la barrera protectora del estómago (la mucosa gástrica) ni tampoco recubren la superficie del estómago para defenderlo de diversos daños. Estos fármacos simplemente disminuyen la acidez gástrica. A pesar de este dato, el furor por los IBP en la vida cotidiana ha llevado a su consumo excesivo por parte de la población general, que los idealiza como «protectores gástricos».

Muchas personas creen que estos medicamentos son útiles para variados problemas de estómago, más allá de sus indicaciones originales, descritas en el prospecto. Así, los IBP se consumen de forma injustificada antes de grandes comilonas para evitar sufrir los temidos empachos, al consumir otros medicamentos (aunque no provoquen lesiones en el estómago) o para casos puntuales de ardor o acidez. En estos casos lo recomendable es aplicar medidas de estilo de vida (que resuelven casi todos los casos) y consumir otros medicamentos específicos para dichas situaciones como la combinación de sales y/o complejos de aluminio y magnesio.

El consumo injustificado de los omeprazol en España

Foto por HalGatewood.com en Unsplash

Los médicos son también, en parte, responsables del abuso de los estos fármacos contra la acidez estomacal

El ascenso del consumo de los IBP ha sido meteórico en España en apenas unas décadas. En la actualidad, el omeprazol está, junto a los populares ibuprofeno y paracetamol, en el podio de los fármacos más utilizados en nuestro país. Ya en el año 2015, la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria alertaba que en el 30 % de los casos de consumo de omeprazol no estaba justificado. En el año 2018, desde los medios se volvía a alertar que entre el 54 y el 69 % de las prescripciones de IBP eran inadecuadas. Se estima que alrededor de 85 personas por cada 1.000 en España consumen fármacos como el omeprazol y equivalentes.

Aunque la mayoría de las presentaciones de los IBP requieren receta, desde el año 2016 es posible conseguir estos medicamentos sin necesidad de ella en la farmacia. Esto ha potenciado aún más el uso irresponsable de estos medicamentos entre la población general, para indicaciones que no están respaldadas científicamente.

Buscando culpables de su hístorico mal uso

Foto por James Yarema en Unsplash

Los médicos son también, en parte, responsables del abuso de los estos fármacos contra la acidez estomacal. En España se prescribe IBP en un 70 % por encima de la media europea. Muchas de las prescripciones de estos medicamentos no están justificadas. Por ejemplo, no es extraño que se receten IBP a personas que consumen ciertos fármacos por temor a lesiones en el estómago cuando, en realidad, dichos medicamentos no son gastrolesivos con las pautas prescritas. En ocasiones, estos se recetan de forma crónica, cuando su uso debería ser limitado en el tiempo.

Además de idealizar sus propiedades como «protectores de estómago», la cultura popular también subestima los efectos adversos que los IBP pueden provocar, sobre todo cuando se consumen a largo plazo. Entre los efectos indeseados agudos y más frecuentes (entre 1 y 10 personas de cada 100 que toman estos medicamentos) se encuentran dolor de cabeza náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento, gases, dolor de estómago…

El uso de estos medicamentos puede disminuir los niveles de magnesio en sangre

Además, fármacos como el omeprazol pueden interaccionar con una gran variedad de medicamentos y en casos muy raros pueden provocar, entre otros problemas, inmunodeficiencias. A largo plazo, el uso de estos medicamentos puede disminuir los niveles de magnesio en sangre y se ha asociado con un mayor riesgo de déficit de vitamina B12, osteoporosis, fracturas, infecciones digestivas, cáncer de estómago

Un medicamento que, bien usado, tiene sentido

Foto por Elsa Olofsson en Unsplash

Los IBP ofrecen un gran beneficio para la salud, con un mínimo riesgo, para aquellas indicaciones en las que su eficacia está demostrada. De hecho, la aparición de estos medicamentos supuso una revolución en el tratamiento de las úlceras gastroduodenales. Sin embargo, la balanza cambia totalmente cuando se utilizan para aquellos problemas de salud donde no están justificados.

El abuso generalizado del omeprazol en la población lleva a la posible aparición de efectos adversos, sin que su uso marque ningún beneficio y los IBP se convierten, así, en un verdadero riesgo para la salud pública. Son necesarias campañas de educación sanitaria para atajar las creencias erróneas que tanto se han extendido en nuestra sociedad sobre estos medicamentos.

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