Corrían los años 50 y el mundo estaba obsesionado con la energía nuclear. Se pensaba que esta tecnología iba a reemplazar al petróleo y el carbón en diferentes áreas. Una de ellas era la movilidad y, como Ford no quería quedarse atrás, presentó al mundo el Ford Nucleon.

¿Te imaginas conducir con un reactor nuclear a tus espaldas? Ahora puede parecer una idea un tanto loca, pero cuando la energía atómica recién estaba dando sus primeros pasos, moverse por la ciudad con una reacción por fisión de uranio.

La presentación oficial del Ford Nucleon ocurrió en 1957, casi sobre el final de la era atómica. Se trataba de una de las máximas expresiones del optimismo nuclear de aquellos años. Se imaginaba como un vehículo totalmente silencioso capaz de recorrer casi 8.000 kilómetros antes de que el reactor tuviera que ser reemplazado.

Curiosamente, se imaginaba un futuro alejado del petróleo, en el que la energía nuclear sería lo suficientemente segura y limpia para llegar a las masas. Como los vehículos ya no tendrían que repostar, las gasolineras se convertirían en centros de cambio completo de reactores, según Ford.

Ford Nucleon, la era atómica en su máxima expresión

Un integrante del equipo de diseño de Ford da los últimos retoques a la maqueta del Nucleon

En la década de 1950, el estudio de diseño de Ford Motor Company estaba dirigido por George Walker. Este hombre se caracterizaba por motivar a su equipo a que crearan conceptos futuristas. Fue así que el diseñador Jim Powers, inspirado en el auge de la energía nuclear, dio rienda suelta a su imaginación.

El diseño del Ford Nucleon partía desde la idea de que algún día, los reactores nucleares serían tan pequeños que podrían se ubicados en un coche. El modelo del óvalo contaría con un núcleo radiactivo en la parte trasera.

Sin embargo, los detalles del sistema de propulsión del Ford Nucleon no están claros. Se cree que, a través de la fisión de uranio, se generaría el calor necesario para convertir el agua en vapor y mover un conjunto de turbinas. Una proporcionaría el par motor, mientras que la otra impulsaría un generador eléctrico. Luego, el vapor se condensaría nuevamente en agua en un circuito de enfriamiento y se enviaría de regreso al generador de vapor para ser reutilizado.

No podemos negar que las líneas del vehículo parecen haber sido creadas en otro planeta. La cabina de conducción se encontraba lo más lejos posibles del «maletero atómico». El parabrisas y la luneta se destacaban por su enorme tamaño. Uno de los diseños más evolucionados muestra unas prominentes aletas en la parte trasera, una característica derivada de la industria aeroespacial que era muy popular en los coches de la época.

Un sueño que nunca fue más allá de una maqueta

Desafortunadamente —o afortunadamente—, el Ford Nucleon nunca fue más que un concepto. Los reactores nucleares nunca fueron lo suficientemente pequeños como para ir montados en un vehículo, ni los sistemas de blindaje lo suficientemente livianos como para mantener el ADN del conductor y sus pasajeros a salvo de los isótopos radioactivos.

Para bien o para mal, debido a que este sueño no se hizo realidad, hoy no debemos preocuparnos por tener miles —o millones— de autos recorriendo las autopistas y carreteras a «velocidad nuclear». El modelo a escala 3/8 que permitió vislumbrar un futuro con la energía nuclear como eje se puede visitar en el museo Henry Ford, en la ciudad de Dearborn, Michigan.

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