Las historias sobre mujeres y más y es desde la perspectiva femenina suelen ser difíciles de contar. Moxie es un ejemplo de ello. En especial, en una época en la que la mirada al género está sometido a constante escrutinio. Pero Amy Poehler, veterana de la comedia agridulce y de un tipo de humor retorcido que la convirtió en estrella, tiene el entusiasmo suficiente para hacerlo.

Su nueva película Moxie, basada en el libro homónimo Jennifer Mathieu; un análisis entrañable sobre la adolescencia y las mujeres jóvenes. Pero a pesar de la habilidad de Poehler y un elenco encantador, la película termina por ser un experimento artificial sobre un tema muy conocido.

‘Moxie’, sin la fuerza de ‘Euphoria’ o ‘Wilds’

Poehler muestra los pasillos de las secundarias estadounidenses. Y quizás, una década atrás, su aproximación benévola y desprejuiciada habría resultado de mayor interés. Pero después de experimentos narrativos como Euphoria de Sam Levinson e incluso Wilds de Sarah Streicher, la mirada sobre el tránsito a la primera juventud de Poehler sabe a poco.

Hay algo incompleto en este drama lleno de lugares comunes. En especial, la forma en que se plantea el tema de la hostilidad entre estudiantes y la cultura de violencia que suele ser habitual en los pasillos de las escuelas. Pero en lugar de asimilar la idea de cómo el nuevo milenio se cuestiona el hecho de esa agresividad, Poehler ofrece una reflexión sencilla e insípida. 

Su mirada intenta abarcar todo los pequeños rituales de paso e incluso, la sensación que la adolescencia es una inevitable transformación. La directora añade un ingrediente sobre temas sociales y culturales, que crean una mezcla poco sólida. La película va de un lado a otro entre varios espacios distintos, sin encontrar la línea narrativa en la que desea profundizar. ¿Podría ser los estereotipos que persiguen a las mujeres más jóvenes?¿O incluso, el hecho que la cultura de competencia agresiva prospera en un ambiente propicio? Poehler no se decide por ningún filón y muestra una ambición considerable al intentar desarrollarlos a la vez. Y lo logra en ocasiones. En los puntos más fuertes, Moxie puede llegar a emocionar e incluso, conmover. Pero el resto del tiempo, la directora parece tener problemas para unir las piezas en una sola dirección.

Otro drama adolescente: su mayor problema

Por supuesto, la película lleva a cuestas el peso de una reciente tradición de dramas y comedias adolescentes brillantes. Desde la maravillosa Booksmart hasta Blockers e incluso, la hilarante Neighbors 2: Sorority Rising, la percepción sobre la juventud femenina cambió de manera radical. Pero a pesar de sus aires rebeldes, Moxie es lo bastante tradicional para no salir de las casillas habituales del género. Una y otra vez, el film oculta sus referencias a proyectos más ingeniosos, a través de momentos en apariencia transgresores. No obstante, en realidad solo son trampas argumentales poco efectivas. 

Pero con un gran equipo

Sin duda, la mayor fortaleza de la película, es su elenco. En una decisión brillante, Poehler escogió a actores y actrices con una fina intuición sobre el hecho de ser joven en una época compleja. La historia, además, brinda un considerable espacio para la reflexión sobre la identidad, algo poco usual en argumentos parecidos. Vivian (Hadley Robinson) es una estudiante de 16 años que se enfrenta al duro ambiente escolar. 

Como otras tantas chicas de su edad, se siente inadecuada en mitad de la presión silenciosa que le rodea. Pero en lugar de optar por el típico personaje que busca ser aceptado, Poehler logra que Vivian se mire a desde su propia cualidad excepcional. El resultado, es una concepción compleja sobre el aislamiento y el desarraigo juvenil casi entrañable. Algo que sólo puede comprenderse a cabalidad a través de Claudia (Lauren Tsai), la mejor amiga de Vivian. Una espejo de la otra, los personajes logran analizar el ambiente hostil que les rodea desde cierta dureza. Y ese es quizás, el rasgo más fuerte de la película. 

Poehler tiene la suficiente habilidad para mostrar de una forma sutil las angustias y ansiedades adolescentes. Además, envueltas en la cultura que justifica la violencia sutil que termina por apabullar. La escuela es un hervidero de sexismo y otros dolores sociales, que en la adolescencia, son más dolorosos. Vivian y Claudia son víctimas y también sobrevivientes, aunque ambas lo aceptan con cierta serenidad filosófica.

Los grandes estereotipos  de ‘Moxie’

Pero la estructura de la enrarecida atmósfera escolar cambia por completo, cuando Lucy (Alycia Pascual-Peña) llega a la escuela. Poehler utiliza al personaje como un símbolo de rebeldía, pero además, una forma de enfocar la energía de la película hacia la noción del cambio. Lo hace además, enfrentando a su personaje con los estereotipos más simbólicos. Lucy no es sólo es franca, directa y no tiene miedo de transgredir el estatus quo de la escuela. Tiene la agilidad mental para dejar claro que hay poder en esa negativa a la tradición escolar de permitir el abuso. Pero cuando Poehler pudo haber mostrado mucho más audacia y llevar la narración de la película hacia algo novedoso, pierde el pulso de forma lamentable.

De hecho, el segundo tramo de la película, carece de la fuerza de la primera hora. Y es una combinación de lugares comunes demasiado gastados para funcionar. A pesar de todos los recursos y los acentos feministas que Poehler utiliza para concentrar la película en una dirección concreta, hay excesivos puntos que tocar. La película termina por ser una combinación poco acertada sobre docenas de tópicos incompletos. Desde la presión estética, el despertar sexual hasta el privilegio cultural, Moxie parece ansiosa por mostrar todo a lo que la juventud actual debe enfrentarse. Pero el guion (escrito por Tamara Chestna y Dylan Meyer) tiene mucho de confusión dolorosa y al final, un mensaje sin solidez. Poehler tiene buenas intenciones, pero quizás, no toda la habilidad para abarcar todo lo que Moxie parece contener sin lograrlo.

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