Todo comenzó hace justo un año, aunque en realidad llevábamos meses de retraso. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia debido a la COVID-19. También es la OMS la que define la salud como "un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades". Sin embargo, la pandemia a algunos se lo ha quitado todo: el bienestar físico, el mental y el social. Un año después comenzamos a ver las secuelas emocionales que deja un virus que nos ha arrebatado 2,5 millones de vidas en todo el mundo y que nos mantiene en casa, cansados y con las interacciones sociales justas. Ese cansancio, esa desgana, ese sentimiento de malestar emocional (y físico en algunos casos) es una de las consecuencias directas de la pandemia y de lo que hemos vivido este último año.

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha realizado una encuesta sobre salud mental durante la pandemia y los resultados llaman mucho la atención. El 35,1% de los encuestados admitió que “ha llorado debido a esta situación”; un 16,9% de hombres y un 52,8% de mujeres. Por edad, los más jóvenes, los de 18 a 24 años, son los que más reconocen que han llorado por la situación de pandemia (42,8%).

Otra pregunta que se les hizo fue si había sufrido malestar de algún tipo durante la pandemia: un 41,9% “ha tenido problemas de sueño”, un 51,9% ha reconocido “sentirse cansado o con pocas energías” y un 38,7% ha tenido “dolores de cabeza”, entre otros problemas como taquicardias, mareos o desmayos.

Cansancio entre los jóvenes

Todo esto que ilustra una fría encuesta, es lo que nos han contado también a Hipertextual varias personas con las que hemos hablado. La mayoría de ellos se sienten cansados por la pandemia. Sofía (nombre ficticio) tiene 21 años, es estudiante de Sociología y explica que, a pesar de la situación que vivimos, “durante la cuarentena estuve considerablemente bien”. Es más, ella ya acudía a una psicóloga por otros problemas y le dio el alta en julio.

Sin embargo, unos meses después ha tenido que volver a su consulta: “He tenido que volver porque tengo la ansiedad por las nubes”. “Para mí, desde septiembre, ha sido peor que el confinamiento”. Además, este mes de enero empezó a tener problemas de sueño cuando nunca antes los había tenido. 

"Somos seres sociales"

Cuando le preguntamos a Sofía por las restricciones, saca su lado de socióloga y nos explica que está cansada y que sabe que es normal: “Este cuatrimestre tengo Sociología de la Salud en la carrera y estamos analizando cómo no se está teniendo en cuenta la salud social de las personas. Entendemos todas las restricciones y son comprensibles dada la situación, pero parece que a nadie le importa -ni a los epidemiólogos, ni a los médicos, ni a los científicos…- o que es un tema de segunda” cuando “la OMS deja muy claro que la salud mental de las personas hay que tenerla en cuenta”. 

"Las personas somos seres sociales por naturaleza; necesitamos el contacto social y parece que hay poca gente que se acuerde de eso"

Sofía, estudiante de Sociología

“Es muy importante encontrar una vacuna, pero si vamos a terminar con una salud mental y social de mierda, a lo mejor habría que plantearse algún tipo de alternativa”, añade desde el otro lado del teléfono. “El no socializar lo único que nos está provocando es que cada vez estemos más encerrados en nosotros mismos… Las personas somos seres sociales por naturaleza; necesitamos el contacto social y parece que hay poca gente que se acuerde de eso, en mi opinión”. 

Cansancio y problemas de ansiedad

Este es el problema del que también se quejan Paula, Luis (nombres ficticios) y Ariadna, todos jóvenes de entre 19 y 30 años. “Estoy cansadísima de las restricciones porque a los jóvenes no se nos está teniendo en cuenta, por mucho que digan que sí. Se nos está culpando, en cierto modo, de lo que está pasando. Los medios dan a entender que los jóvenes somos los que no cumplimos las restricciones y que somos unos irresponsables. Y en realidad somos los que más estamos padeciendo las restricciones. Por ejemplo, yo hago muchas actividades, como baile, y ahora no las puedo hacer. Y eso me afecta anímicamente”.

El hecho de no poder salir casi de casa está haciendo mella en su salud mental: “En estos últimos meses no puedo dormir bien, emocionalmente tengo bastante malestar y físicamente también; tengo mucha ansiedad”, añade. Sin embargo, a pesar de todo esto, Ariadna no ha cambiado sus hábitos de prevención: “Pienso en las personas mayores y con riesgo que hay a mi alrededor” y por eso se cuida mucho. A pesar del cansancio.

"Más allá de no poder ver a mis amigos, también veo que me afectan cosas tan triviales como las conversaciones espontáneas en el bus o hablar con el personal de la cafetería de la universidad"

Paula

“Claro que me ha afectado la pandemia a nivel social”, afirma Paula cuando se le pregunta sobre este tema en particular. “Más allá de no poder ver a mis amigos, también veo que me afectan cosas tan triviales como las conversaciones espontáneas en el bus o cuando iba a la universidad con el personal de la cafetería o con compañeros. Y eso a mí me daba la vida; eso la COVID-19 me lo ha quitado”, ilustra. “Y gracias a la tecnología podemos hacer videollamadas o hablar por WhatsApp, pero tampoco es lo mismo. Las conversaciones no son iguales por mensaje, no te van a prestar el 100% de atención -como es normal- que cuando estás con alguien cara a cara -que tampoco será total, pero sí mayor-”. 

Problemas a nivel laboral

Foto por Imants Kaziļuns en Unsplash

"En general no tengo mucho desgaste emocional, pero terminas harto"

Olga

El trabajo es otro de los grandes problemas de la pandemia. Mientras algunos luchan por mantener sus puestos de trabajo; los que lo tienen tampoco lo están pasando bien. En el caso de Olga (nombre ficticio), que es dependienta en un supermercado, su principal fuente de preocupaciones son los clientes: “He sentido más estrés porque tienes que estar pendiente de que la gente lleve mascarillas, de que guarden la distancia de seguridad, como no te hacen caso tienes que discutir con ellos… Y así a diario”, señala.

Explica a Hipertextual que no ha sentido miedo al trabajar durante la pandemia en un supermercado porque les han dado “todas las medidas de prevención”. “Tenemos mascarillas, geles, guantes, pantalla de protección… No tengo miedo. Ahora nos han dado una mascarilla de tela con el logo del supermercado, pero no es obligatorio llevar esa; se puede llevar la FPP2 o una quirúrgica sin problemas”, explica. “En general no tengo mucho desgaste emocional, pero terminas harto. Te deprime un poco la situación porque como no sabes qué va a pasar, cada noche te acuestas pensando: ¿y mañana qué?

Sin trabajo estable y lejos de su pareja

Para Luis la incertidumbre a nivel laboral está siendo muy dura. Se mudó a Madrid para trabajar en un despacho de abogados, aunque “sabía que no podría quedarse” esperaba hacer contactos suficientes para poder trabajar en otro sitio. “Y entonces llegó la pandemia” y todo su plan se fue al traste. Ahora, por suerte, está haciendo algunas colaboraciones en unos cuantos juicios.

No obstante, para él la peor parte de la pandemia es no poder ver a su novia, que se encuentra en Castilla-La Mancha. “Llevamos un año sin vernos por la pandemia y eso que, en parte, me vine a Madrid para estar más cerca de ella”, cuenta a Hipertextual. Entre las restricciones de movimiento entre Madrid y otras comunidades y que su novia tiene miedo, no se han visto. "No poder pasar tiempo juntos nos está afectando, se nota que te peleas más, que estás más irritable... Y eso me está afectando al ánimo", explica. Él, como muchas otras personas, también está durmiendo mal.

Sin planes laborales por la pandemia

Tampoco está siendo fácil lidiar con los planes laborales que se le han estropeado a Paula. En su cabeza ya estaba todo preparado para salir al mundo laboral después de terminar su carrera. Sin embargo, la pandemia lo puso todo patas arriba cuando aún estaba terminando su Trabajo de Fin de Grado.

“Entre que tengo poca experiencia laboral porque acabo de terminar la carrera y que nadie te va a contratar en un sitio que no sea para hacer un trabajo no virtual. ¿Cuántos trabajos hay que se puedan adaptar al teletrabajo? No muchos. Si no en vez de ir todos hacinados en el metro, trabajarían desde su casa. Esa es la realidad. A eso súmale que no puedo coger el transporte público porque me da miedo la COVID-19 y que no tengo coche, ¿a dónde voy a trabajar con estas premisas, dejando de lado mi estado psicológico?”, se pregunta la joven.

“Y si tenemos en cuenta mi estado emocional ahora mismo, probablemente me echarían porque no estoy en mis mejores condiciones. Eso lo veo porque estoy en varios proyectos académicos y no estoy dando de mí lo mismo que antes de la pandemia. Mi mente no está ahí, así que en un trabajo en el que me pagaran, me despedirían”, añade. "Todo esto me ataca mucho a la autoestima y al ánimo; siendo una persona extrovertida como soy, para mí el contacto con la sociedad es mi fuente de energía y no la tengo".

"Al principio todo esto me enfadaba, luego me frustraba y ahora, simplemente, estoy triste y cansada. Yo solo quiero ver a mis amigos y poder trabajar como una persona normal; tener un estado psicológico medianamente bien y dar lo mejor de mí misma sin estar llorando por las esquinas”.

Los sanitarios también están cansados por la pandemia

Foto por Bermix Studio en Unsplash

"La gente no se ha parado a pensar que los sanitarios tenemos doble carga emocional: la propia de nuestra profesión, en la que estamos viendo cómo muere mucha gente, y las restricciones que afectan a toda la población"

José Carlos Igeño, intensivista

Pero el CIS presenta la visión de una mayoría de población no sanitaria (93-96%, dependiendo del rango de edad). “Mi abuela murió de COVID-19 en mis brazos el 5 de febrero”, cuenta a Hipertextual José Carlos Igeño Cano, jefe del servicio de medicina intensivista (UCI) y urgencias en el Hospital San Juan de Dios, en Córdoba.

“La población tiene miedo a enfermar o que sus seres queridos mueran; no poderles acompañar debidamente en esos momentos como se debería; que las familias no se pueden juntar para pasar el duelo juntos; todo el mundo está afectado por las faltas de libertades, los toques de queda; el no poder viajar… Pero hay una cosa que creo que la gente no se ha parado a pensar. Y es que los sanitarios también tenemos esos problemas”

Los problemas de los sanitarios

“Yo tengo el problema de que tengo que atender a gente que se me muere -se me muere mucha gente-; tengo el problema de la falta de camas y de personal. Los sanitarios tenemos o hemos tenido falta de unidades especiales como las UCI, tenemos que gestionar los quirófanos con gente que se tenía que operar porque tenía cáncer y no tenías camas de UCI para ellos; muchos pacientes jóvenes muy graves; duplicar plantillas… A todos estos problemas específicos de los sanitarios tienes que añadirle que también sufrimos los mismos problemas que tiene el resto de la población no sanitaria”, señala. “Tenemos doble carga emocional”, añade. 

“Yo no sé lo que es estar relajado desde hace un año; hasta cuando no estoy en el trabajo, estoy en tensión. Aunque tenga un fin de semana en el que no tienes que trabajar, tu cuerpo tiene esa tensión acumulada, por el qué pasó la semana pasada y el qué va a pasar. Tengo muchísima ansiedad anticipatoria”, explica. “Es un año entero de preocupaciones, tensiones, por que todo funcione bien, por que todo el mundo tenga los cuidados sanitarios necesarios y que merecen”. “Pero también tengo la preocupación de toda mi plantilla de la que soy responsable”, añade. “Soy una persona que no me quejo nunca, pero estamos soportando muchísima tensión”. 

La otra cara del sistema sanitario

No obstante, Igeño reconoce que depende mucho de la situación que se haya dado en cada hospital. No es lo mismo uno que apenas ha tenido casos o casos graves que otros con más carga asistencial. “Además, a nivel interno la resiliencia, la capacidad de adaptación o la fortaleza que tiene cada uno es diferente. Hay personas que están destrozadas y otras que lo están llevando con bastante positividad”, señala.

Olga Bravo, jefa de Medicina Interna del Hospital Universitario Sanitas la Moraleja; por ejemplo, explica a Hipertextual que a su manera de gestionar a nivel emocional todo lo que sucedía era “teniendo que estar a cargo de la atención de pacientes y la organización del trabajo, concentrándome en el trabajo diario; e intentando llevar apoyo emocional a los pacientes. Sentir que estás ayudando más allá de los cuidados médicos que aportas como profesional, te da fuerzas para afrontar la tragedia”. Reconoce que se ha sentido más estresada que antes y que en los últimos meses se ha sentido algo más desmoralizada, “quizás fruto del cansancio”, apunta. 

Residencias sin contagiados, otro mundo

Créditos: Marta Penido (Sanitas)

En el caso de Marta Penido, directora de la residencia Sanitas Vigo, explican que con cada nueva ola han sentido “mucho miedo” por los residentes. Pero que gracias a las restricciones propias de la residencia han conseguido “llegar sin un solo caso de COVID-19 a la vacunación”. Ahora, tanto los mayores como el personal sociosanitario están vacunados y todo ha cambiado. 

“Para mí esta pandemia ha supuesto el mayor logro de mi carrera”, explica Penido. “Ha sido una etapa dura gestionar un centro sociosanitario durante la COVID-19. No hay palabras para describir lo que hemos vivido (y crecido) los profesionales sociosanitarios durante estos largos meses. Hemos estado en el ojo de la tormenta y han fallecido muchas personas; pero gracias a los extraordinarios profesionales sanitarios que tenemos”. 

“A nivel emocional, lo más duro fue que cuando parecía que podíamos empezar a celebrar el fin de la primera ola sin tener ni un solo contagio, ya estábamos en la ola siguiente”. “En mi caso no he tenido estrés ni ansiedad ni nada. De hecho, diría que todo lo contrario. Pero mi situación ha sido diferente a la que han podido experimentar otros profesionales; nosotros hemos sido una excepción porque no hemos tenido contagios. No hemos visto fallecer a nuestros residentes”. “Si mi situación hubiera sido otra, es decir, que el virus hubiera entrado como ha entrado en otras residencias, con consecuencias devastadoras, quizás sí”, añade. 

¿Cansancio o ‘fatiga pandémica’?

Foto por Annie Spratt en Unsplash

En las últimas semanas hemos oído hablar mucho sobre la fatiga pandémica. Es un nuevo término para darle nombre a algo que no habíamos visto antes. “La fatiga pandémica es un nombre nuevo para un fenómeno que por la extensión de las medidas de prevención tampoco tiene precedentes”, explica a través del correo electrónico el psicólogo clínico César González-Blanch, psicólogo clínico en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander.

“Podría asimilarse al burnout, que es un término más consolidado. En todo caso, es una respuesta normal al estrés prolongado”. Sin embargo, las características son bastante específicas ya que se tiene que cumplir una condición importante: que haya “desmotivación para seguir las recomendaciones para la prevención del contagio del virus”, señala González-Blanch. 

Otros síntomas

No es el único síntoma, por supuesto. “Asociado a eso pueden darse otros síntomas y signos de desgaste emocional debido a un estresor que se prolonga en el tiempo: sentirse triste, enfadado, cansado, preocupado, frustrado, irritable, además de alteraciones del sueño, en la concentración o aislarse más”, explica el psicólogo clínico.

Como hemos visto en los casos de Sofía y Paula, el hecho de tener problemas previos de ansiedad puede suponer un factor importante para sufrir fatiga pandémica. “En mi experiencia, el malestar emocional incrementado que se ha visto es sobre todo por el agravamiento de problemas de salud mental previos —principalmente relacionados con la ansiedad—, en personas que se han visto directamente expuestos al virus y en personas que, no estando preocupados de modo especial por el virus, sí que se han visto afectadas por las consecuencias de las restricciones impuestas, principalmente en su actividad laboral”. “En todo caso, no es lo mismo presentar malestar emocional por la pandemia que la fatiga pandémica tal y como la ha definido la OMS”, explica el psicólogo clínico.

"Me da igual todo; estoy cansada"

Y es que el malestar emocional, esa sensación de cansancio, no es única de las personas con fatiga pandémica. De hecho, en este artículo la mayoría de las personas que han participado no tienen síntomas de fatiga pandémica. Excepto, quizás, Claudia (nombre ficticio): “Durante el confinamiento lo pasé muy mal; ahora estoy medicándome para poder dormir. Mi vida ha cambiado por completo, yo llevaba una vida muy activa y ahora no tiene nada que ver”. “Tengo ansiedad por la situación; no necesito salir de casa porque teletrabajo, pero necesito relacionarme con la gente porque soy muy sociable. Al final cada persona lo vive de una manera diferente”, afirma. 

“En algún momento cogí la COVID-19, aunque no sé cuándo; lo descubrí cuando mi madre dio positivo y me hicieron las pruebas. Me salió que tenía anticuerpos, pero no sé si lo cogí en el hospital en el que trabajé -justo hace un año que terminé, por lo que podría haber sido cuando comenzaba todo-. Creo que si se diera una mutación que hiciera posible la reinfección, me daría igual volver a contagiarme”, explica a Hipertextual desde el otro lado del teléfono.

“Mi vida no cambiaría nada, simplemente no podría salir a por el pan, que es a lo único que salgo ahora. Lo pasé tan mal en el confinamiento, que ahora ya me da igual todo. Pensar todo el rato en que voy a contagiarme de la COVID-19 me genera muchísima ansiedad; así que he decidido que me da todo igual”. “Las medidas de prevención son importantes, pero yo ya he dejado de prestarles atención. Estoy muy cansada de la situación y ya me da igual”. 

Vivir sin miedo, pero manteniendo las precauciones

Tanto Claudia como Ariadna coinciden en que la pandemia no debería “paralizar nuestras vidas”. “Yo no voy a dejar de hacer cosas que las restricciones me permiten hacer por miedo”, afirma Ariadna. “Hay que normalizar llevar mascarilla y salir siempre que cumplas las restricciones, pero no puedes tener miedo a hacer cosas”

“Vivimos con la alerta en nuestra cabeza, pero esto no tiene por qué paralizar nuestras vidas. No soy negacionista, la COVID-19 puede ser muy peligrosa; hay que llevar mascarillas y seguir las normas de seguridad, eso lo comprendo”, explica Claudia. “Pero no podemos parar nuestras vidas. Estoy hasta las narices de las restricciones, hay algunas que son incongruentes como que no pueda ir a casa de mis padres a comer; pero sí juntarme con mis amigas en un bar. Las acepto y las sigo, porque no soy yo sola en esta sociedad; pero estoy cansada”, concluye la joven.

La salud mental, nunca prioritaria

“La salud mental nunca es una prioridad”

César González-Blanch, psicólogo clínico

El malestar emocional, la ansiedad, la desmoralización o los síntomas somáticos sin explicación médica son normales en una situación de estrés prolongado, según señala González-Blanch. Para el psicólogo clínico “la salud mental nunca es una prioridad” y cree que “somos conscientes de que esta situación afecta también a la salud mental”. Pero que “nos hemos olvidado es de dotar recursos al sistema público para fortalecer la atención a la salud mental”. “Se han puesto en marcha algunos recursos de emergencias, poco coordinados, que no se han mantenido en el tiempo porque se han montado en paralelo a los recursos de la sanidad pública”.

Para Igeño la salud mental también es la gran olvidada. No de ahora, de siempre. “Nosotros tenemos un proyecto en el que queremos poner psicólogos en las UCI. Para pacientes, familiares y sanitarios”, explica. Ahora hay algunos psicólogos que se ofrecen para cuando empiezan a aparecer los síntomas de ansiedad o depresión. “Pero eso es un error”, afirma Igeño. “Una persona cuando está metida en una vorágine como esta no está capacitada para detectar a tiempo que tiene un problema de salud mental; a lo mejor no se da cuenta. Y si se da cuenta, a lo mejor ya es tarde y tienen un problema muy gordo. Hay que prevenir”.

En una situación como esta los profesionales de la salud mental son más necesarios que nunca: “Está demostrado que la ansiedad puede afectar a tu forma de trabajar, en mayor o menor medida y a unas personas más que a otras. Tengo compañeros que no han podido doblar turnos o se han tenido que dar de baja porque no estaban bien, somos humanos”, explica. “En mi caso, cuando estoy con un paciente me centro en él y no he notado que me haya afectado ahí; pero sí lo veo con las tareas más burocráticas, no se hace igual de bien cuando llevas un año en tensión”, señala. De hecho, añade Igeño, “cuando un servicio está masificado y la carga laboral es exagerada, está demostrado que aumenta la mortalidad”.

Acudir al psicólogo, sea cansancio o fatiga pandémica

Las personas que vean que tienen fatiga pandémica o que se sientan con malestar emocional deberían seguir “las recomendaciones generales para abordar el estrés aplicadas a esta situación en la que no podemos reducir las demandas (de protección) ni que otros las asuman por nosotros: recurrir a actividades que nos calman y nos distraen, relacionarse con otros, tomarse descansos, evitar la sobreexposición a noticias sobre la pandemia, establecer rutinas nuevas que nos permitan entretenernos, y también, llegado el caso, pedir ayuda profesional para poder hablar y trabajar con las emociones más complicadas”, informa el psicólogo clínico.

La pandemia de COVID-19 ha tocado todos los palos de la definición de salud de la OMS: física (con la propia enfermedad), psicológica (los efectos en la salud mental que ahora estamos viendo) y social (confinamiento y restricciones).

Ha sido un año largo y muy duro; además todavía tenemos que esperar un poco más puesto que las vacunas ya están aquí. Tardaremos en ver la luz al final del túnel, pero la veremos. Solo queda aguantar un poco más en esta carrera de fondo. Y, sobre todo, si no podemos más con toda esta situación, lo mejor es consultar con un psicólogo o psiquiatra. El cansancio por la pandemia es normal, pero en ocasiones necesitamos ayuda. Nuestra salud mental también es importante, ahora y siempre.

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