En varias de las escenas de la película Pequeños detalles, de John Lee Hancock, la cámara observa al personaje de Denzel Washington con una atención inquietante. No solo le contempla, también parece tener la intención de analizar lo que ocurre bajo la máscara impasible de su rostro.

Tal vez por ese motivo, la película tiene un cierto aire a El Silencio de los Inocentes (1991) en la que Jonathan Demme hizo un uso brillante de sus primeros planos muy cercanos para crear una atmósfera terrorífica. Hancock no tiene la misma capacidad de Demme para la tensión invisible. Pero logra, en la medida de sus posibilidades, crear una tensión irrespirable en varios de los momentos más altos de su película.

Para bien o para mal, el estilo lento y cuidadoso de los ya clásicos thrillers de suspense volvió al cine comercial. Pequeños detalles, con su paleta de tonos grises, la frialdad de su discurso y la forma de afrontar la violencia es un regreso a un tipo de cine calculado y preciso. De la misma forma que The Bone Collector (1999), el guion — también firmado por el director — tiene un profundo interés en recorrer la idea del mal como algo más que un impulso incontrolable.

Una película de los 90′, pero en 2021

En el ambiente rígido y severo de la película, el miedo y la connotación de la violencia se sostienen a través de la mirada del otro. Todos son sospechosos en medio de la cuidadosa red de huellas que el argumento crea, en una mirada tramposa a la culpa. ¿Quiénes somos cuando nadie nos mira?¿Qué pequeños errores cometemos cuando intentamos disimular nuestros horrores inconfesables? El film juega con la premisa de dos fuerzas implacables a punto de colisionar y es quizás esa sensación de lo inevitable, lo que evita que Pequeños detalles decaiga en su enrarecida atmósfera y aire anticuado.

De hecho, toda la historia tiene un extraño aire arcaico que podría deberse a que el guion fue escrito a mediados de los noventa. Denzel Washington, de hecho, repite varios de sus papeles más recordados en el género durante la década. En esta ocasión, su personaje es de nuevo una criatura de las sombras caída en desgracia. Joe Deacon en algún momento de su pasado fue un agente policial de considerable renombre. Conocido por su extrañísima capacidad para analizar detalles que para otros pasan desapercibidos, el personaje de Washington es en sí mismo un cliché. Pero en las manos competentes del actor, el personaje logra ser más complejo y extraño de lo que podría suponerse.

Con un parecido más que casual con el Lincoln Rhyme de The Bone Collector, Washington crea una versión del perdedor brillante que no sorprende, pero resulta lo suficientemente sólida para resultar creíble. El actor resume cierta tensión argumental que une no sólo los largos silencios pesimistas del argumento, sino la sensación de pérdida que sostiene su trasfondo. Deacon perdió las esperanzas y también, la noción sobre la justicia. Ambas cosas, hacen el ex policía que sea un gran cínico con un talento asombroso que oculta como mejor puede. No obstante, y a pesar de lo que sea que haya ocurrido en Los Ángeles — la película guarda sus secretos con cuidado — hay algo cierto: se trata del único hombre capaz de resolver un crimen que desconcierta por su cualidad impredecible y violenta.

Los extremos que fallan

El film — ambientado en los años noventa — tiene cierta predilección por usar su contexto histórico como una forma de avanzar en una trama compleja. De hecho, las referencias al asesino en serie Richard Ramirez son frecuentes. Poco a poco, el guion deja claro que para Hancock el reinado del terror del llamado Night Stalker es una referencia continúa y necesaria para entender su historia. Lo es tanto como para brindar a Deacon una historia de contexto creíble que incluye la frustración de un caso no resuelto, un divorcio y un problema de salud, que terminó de manera prematura con su carrera.

Sin duda, el recurso del funcionario talentoso que abandona lo que mejor sabe hacer por circunstancias que le superan es trillado e incluso tedioso. Pero la película encuentra la forma de mostrar una dimensión renovada del tema. El Deacon de Washington no está en confrontación con el poder, con la autoridad ni mucho menos su pasado. Al borde de la marginación, el personaje es un misterio entre otros tantos.

Tal vez, uno de los errores de la película es prestar tanto interés y atención a un personaje complejo como Deacon. En contraste, su remplazo y antagonista Jim Baxter (Rami Malek) carece de fuerza. La comparación es inevitable. El film se encuentra con la incómoda necesidad de lidiar con el hecho que ambos personajes son extremos de la misma cosa. No obstante, no hay un contrapeso entre ambos ni tampoco se complementan. Washington sostiene un dialogo interior feroz con las miserias y angustias de su personaje.

Al otro lado del espectro, Malek tiene reales problemas para seguir el poderoso ritmo de Washington. Como si se trataran de una versión retorcida de Sherlock Holmes y Watson, el dúo de policías debate y se enfrenta entre sí, pero no logra estar al mismo nivel de un dialogo pesaroso sobre las razones del mal y la violencia.

Además, la película debe enfrentar que su villano es una singular combinación de fragilidad, ambigüedad y manipulación. Albert Sparma es el principal sospechoso de los crímenes, y también una encrucijada para la policía. El personaje es una combinación entre la extraña visión de la cultura pop sobre Richard Ramirez y algo más borroso que el actor no logra mostrar del todo.

‘Pequeños detalles’: más bien que mal

¿Se trata de su cualidad para la crueldad, oculta bajo una versión taimada y sinuosa del miedo? ¿O de un juego a gran escala del gato y el ratón? El ganador del Oscar maniobra con torpeza entre los puntos altos y bajos de su personaje, que podría ser o no un asesino. Y lo hace, además, en mitad de un debate moral innecesario sobre el hecho de matar. Leto intenta brindar sustancia a un hombre que es una amenaza remota y extraña. Pero no logra construir un puente que permita que la sospecha sobre él sea creíble.

Pequeños detalles tiene momentos más altos que bajos. De hecho, su guion es lo suficientemente ingenioso para lograr que el argumento funcione, a pesar que no crea del todo la tensión que promete. Aun así, este baile de espejos entre dos hombres en la caza de una criatura nocturna y peligrosa, termina por ser una rara versión sobre el clásico thriller de suspenso. Al final, el misterio de la muerte y la versión de la violencia de Hancock termina por tener la sustancia singular de un legado siniestro.

Un hilo conductor de historias que termina en un tercer tramo emocionante, aunque deslucido luego de la atmósfera enrarecida que hasta entonces logró mantener el argumento. Con todo, la película es un buen homenaje a un tipo de cine que ya tiene la tesitura del clásico. Y lo hace con buen gusto y elegancia, lo cual ya es de agradecer.

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