Pixar jamás lo ha ocultado: la mayoría de sus películas tienen escenas y secuencias en las que el estudio olvida que la mayoría de su audiencia es infantil. Y es ese matiz lo que ha hecho que sus películas se conviertan en considerables éxitos de taquilla y crítica.

Con Soul, ya en Disney Plus, la propuesta del estudio llegó más lejos que nunca. Si con Up, Coco o Inside Out los guiones de los films ya abordaban con prodigiosa inteligencia temas como la pérdida y la depresión, la más reciente película de la factoría decidió conceptualizar la muerte.

Lo hizo, además, de una manera singular que desató una considerable cantidad de críticas. Con sus escaso humor, referencias intelectuales y escenas dolorosas que evocan la plenitud de la existencia desde un punto de vista existencialista, Soul ha sido tildada de una obra adulta dentro de la plataforma Disney Plus. ¿Lo es en realidad?

El significado de la vida en ‘Soul’

Descubrir el significado de la vida parece estar muy lejos de los juguetes que cobran vida, coches parlantes y distopías inofensivas con robots adorables.

La historia de un maestro de música amateur, que enfrenta la muerte y sus prioridades esenciales, es un punto de vista sobre lo intangible que lleva a Pixar a terrenos nuevos, aunque no por completo desconocidos. Las capas de significado, contexto y simbolismo en los films del estudio se han hecho cada vez más notorias con el transcurrir del tiempo. Pero Soul es, incluso, una rareza entre rarezas.

El guion bromea con Jung, incluye citas del fallecido escritor David Foster Wallace y analiza de forma filosófica el propósito de la identidad. El resultado es una producción que pondera sobre tópicos de considerable complejidad.

Perder el norte o seguir haciéndose preguntas

¿Perdió Pixar el norte? En realidad, el estudio lleva casi desde su fundación experimentando con lenguajes y temas. Y haciéndolo, además, a través de personajes entrañables que protagonizan historias con varios niveles de interpretación y dimensiones de complejidad. El fenómeno ha sido catalogado en varias oportunidades, como la “fórmula” a través de la cual logra conquistar “tanto a los padres como los hijos”.

No obstante, hay algo más complejo en el hecho de considerar que por el mero hecho de ser animadas, las películas deben ser simplificadas, e incluso depuradas de conceptos elaborados.

Érase una vez… lo complicado de contar historias para todas las edades

Studio Ghibli — creado en 1985 — lleva casi cuatro décadas en medio de un debate similar.

Las profundas, a menudo poéticas y en ocasiones dolorosas historias que el estudio lleva a la pantalla grande, son una mezcla de filosofía, mitología y una búsqueda consciente de un elemento intelectual profundo.

Ghibli ha analizado una buena cantidad de temas emocionales desde la animación: la percepción sobre el dolor, la belleza, el luto y el miedo, hasta inspiradas reflexiones sobre la esperanza. Cada obra del estudio, forma parte de un repertorio de temas. Que, a pesar de estar dirigido a un público en esencia joven, están construidos para ser comprendidos desde varias dimensiones distintas. Algo que ha sido alabado e imitado por buena parte de los estudios de animación tanto japoneses como norteamericanos.

Pero en realidad, el aporte más importante de Ghibli al lenguaje animado es llevar al género a un nivel distinto, que le permite englobar todo tipo de lenguajes y propuestas.

El poder de no ser un producto comercial

Gracias a los esfuerzos del estudio, la animación — en teoría infantil — ha dado un salto longitudinal hacia otros terrenos que permiten la experimentación y el análisis de nuevas formas de comprender ideas abstractas. O al menos, las que no suelen relacionarse de manera directa con el mundo infantil.

Ghibli ha creado una serie de películas capaces de meditar sobre la muerte, la pérdida, el amor, el desarraigo y la compasión en términos surreales y oníricos. Que, aun así, conservan un trasfondo complicado que se analiza desde un punto de vista por completo nuevo.

Salvando las distancias, Pixar ha hecho lo mismo. Solo que, además, hay que añadir su condición de estudio comercial para entender la importancia de sus decisiones.

Mientras Ghibli tiene una libertad artística y conceptual a la que Pixar no puede aspirar, ambas apuntan a crear productos que tengan un poder considerable para capturar la imaginación.

A la vez, tanto el estudio japonés como el norteamericano intentan transgredir en cada oportunidad posible — una con más sutileza que la otra — la forma de narrar historias, en apariencia, dirigidas a un público en esencia infantil. Sin duda, Ghibli tiene mucho más éxito al momento de crear obras artísticas de considerable contenido, pero la labor de Pixar es un trayecto complejo para lograr el éxito comercial que se le exige, con un particular tipo de belleza argumental.

El trayecto de Pixar hacia el infinito

En 1995, Pixar estrenó Toy Story. La primera película animada totalmente digital. El hito tecnológico además tuvo un considerable trasfondo en la forma de narrar las historias.

El film era una reflexión meditada y consciente sobre la búsqueda del objetivo vital, el desarraigo, la soledad y la nostalgia. Todo bajo la premisa de llevar a una escala por completo nueva los escenarios infantiles en que los muñecos toman vida.

Pero más allá de la espectacularidad del resultado, Pixar dejó claro que había un subtexto bajo la fidelidad de Woody y la angustia existencial Buzz Light year, mirando horrorizado a la serie de juguetes a la cual pertenecía. La pérdida de la inocencia y la aniquilación de la personalidad por el consumo fueron temas que también se debatieron al momento de analizar el film.

¿Aventuras en minuatura? El poder de Pixar

El 20 de noviembre de 1998 llegó la segunda película del estudio. Bichos no fue tan exitosa en taquilla como su predecesora. No obstante, dejó claro que Pixar tenía una idea mucho más compleja de lo que parecía al momento de narrar. La historia de una hormiga con aspiraciones individuales en un contexto homogéneo ya fue señalada como política.

Y, de hecho, sorprendió el hecho de que todo el argumento parecía girar en la posibilidad de entablar un diálogo casi ideológico contra los medios de opresión sobre el colectivo. Hubo algunas voces que señalaron la “hipocresía” del estudio al reflexionar sobre medios de explotación y otros temas ideológicos, siendo un producto capitalista. Pero al final, lo realmente importante es que Pixar estaba tomando riesgos que, hasta entonces, los estudios de animación norteamericanos de su envergadura no se habían atrevido a tomar.

El 24 de noviembre de 1999 se estrenó con Toy Story 2, convertida en un fenómeno de taquilla y de público. El director profundizó en el universo que mostró en la primera ocasión, y convirtió el debate sobre la nostalgia en algo por completo nuevo.

Fue más obvio que nunca que la metáfora sobre la pérdida de la inocencia, el tiempo y el asombro por el cambio era una parte integral de la película, pero aun Pixar parecía intentar ocultar todo su discurso adulto bajo la inofensiva apariencia de una película infantil.

Una crítica a la gran empresa y al sistema

Sería con Monstruos, S.A. el momento en el que el estudio mostraría que algunas cosas interesantes se analizaban bajo el cristal del imaginario del género animado. La película mostraba a un grupo de monstruos de las más diversas índoles y mitologías — los habituales terrores infantiles — convertidos en algo más elaborado.

Pixar apostó con un poco más de audacia y mostró la noción del miedo como el medio de subsistencia de una mega corporación despiadada y burocrática, dispuesta a aterrorizar a los niños del mundo para obtener ganancias. ¿Crítica al sistema de estudios? ¿Una pregunta concreta sobre algún sistema económico?

Lo cierto es que el estudio consiguió un nuevo éxito de taquilla. Y uno tan considerable como para demostrar que la fórmula del doble discurso estaba dando resultados.

Para cuando se estrenó Wall—E, ya era obvio que la propuesta de Pixar había alcanzado un nuevo nivel de profundidad. Después de una colección de éxitos que incluyeron a Buscando a Nemo, Los Increíbles, considerada un ¿involuntario? homenaje a Watchmen de Alan Moore, y Ratatouille, el estudio pareció apuntar a algo más sólido y duro.

Logró crearlo. Wall—E tenía todos los elementos fascinantes de una distopia agria, mezclado con un trasfondo amargo que sorprendió a varios críticos. Eso, a pesar de disfrutar los momentos más incómodos con el humor inteligente que ya era sello del estudio.

Muchos compararon la primera y brillante media hora de la película — que carecía de diálogos — con las mejores secuencias del cine mudo. También hubo quien reflexionó sobre los símbolos de la decadencia, la pérdida de la identidad y la forma en que el argumento asumía el futuro como una colosal tragedia provocada por la indiferencia del presente. Todo bajo el paquete de un robot industrial que representaba un tipo de inocencia que se comparó con el vagabundo de Charles Chaplin.

El antes y después del ‘Up’ de Pixar

Pero fue Up la que demostró que el estudio estaba dispuesto a algo más duro de asimilar. La secuencia de cinco minutos que muestra la historia de amor del protagonista con su fallecida esposa hizo llorar al público en los cines y llevó al estudio a un nivel por completo nuevo de elocuencia narrativa.

Además de la insinuación del manejo de temas por completo adultos, el prólogo de Up es una muestra prodigiosa de la forma en la que Pixar podía profundizar en tópicos incómodos.

La ya clásica introducción, muestra desde el amor hasta el duelo sin que haya un solo diálogo y en medio de una muestra asombrosa de habilidad narrativa. Pixar había dejado claro que no hablaba solo a los niños.

En 2015, el estudio hizo lo que se considera uno de sus movimientos más arriesgados. Inside Out, dirigida por Pete Docter, era una película que transcurría en dos planos distintos: dentro de la mente de una niña en pleno crecimiento y lo que ocurría más allá de ella. Docter humanizó a los sentimientos hasta convertir a toda la trama en una sesión de análisis trascendental sobre la validez de todo el espectro emocional, los procesos mentales y la madurez intelectual que sorprendió al público y a la crítica. Como si eso no fuera suficiente, creó una verdadera lección sobre la forma en que el cerebro humano es fuente de toda belleza y misterio.

La película se convirtió en un hito y el definitivo empujón de Pixar hacia una nueva región. Si Up había mostrado con una delicadeza profunda y entrañable la ternura de la melancolía y la pérdida, Inside Out era un recorrido maduro que padres de todo el mundo debatieron como un tópico necesario.

Hubo artículos y reflexiones sobre varias de las escenas e incluso, análisis de psiquiatras y psicólogos sobre su pertinencia. Pero, por primera vez, también surgió una interrogante clara: ¿a quién dirigía Pixar sus películas?

El lleno a la muerte con ‘Coco’

La pregunta se repitió con Coco. La película, ambientada durante la festividad del día de Muertos en México, es un tributo a la memoria, pero también analiza el tema de la muerte y la pérdida. Y lo hace de una forma adulta que incómodo a espectadores alrededor del mundo.

El personaje principal debe atravesar durante una noche el mundo de muertos — tal y como la imagina la cultura mexicana —, en un recorrido que le llevará a través de todas las creencias acerca del más allá del país.

El guion lleva una carga consciente de melancolía, perdón y al final incluso una mirada hacia el desarraigo. De nuevo, todo en medio de alegres canciones, una asombrosa animación y un escenario de brillantes colores. Pero en esta ocasión, las preguntas fueron más directas: ¿era Coco una película para niños? ¿Por qué no lo sería? ¿Podrían comprender su poderoso mensaje sobre la muerte, el perdón y el luto los más pequeños?

Dolores y miradas a la belleza

Pixar

En el 2016 ya el estudio había dado una dirección sin disimulo hacia un lenguaje mucho más maduro que no incluía símbolos infantiles, como con Tiempo Prestado. El corto de 7 minutos es una maravilla técnica y discursiva, que se aparta por completo del resto de las obras del estudio para contar una historia trágica y dolorosa.

Usando los códigos habituales del Western, el corto termina por convertirse en una obra dramática de profundo valor.

No obstante, el punto culminante del debate parece centrarse en el Universo más allá de los cortos. En esta ocasión, en la forma en la que Soul reflexionó sobre la vida después de la muerte. A diferencia de Coco, en la que el escenario del más allá estaba construido a mayor gloria de costumbres étnicas, en esta ocasión el estudio asume la abstracción de la muerte desde la idea misma de lo inexplicable.

El escenario tiene un tono galáctico, surrealista e indefinible que deja claro que se trata de un territorio sin forma. Incluso las interpretaciones de Joe sobre su vida, su permanencia como elemento fugaz y la concepción de la vida y de la muerte como un tránsito de la memoria resultan en exceso densas para un público infantil. O ese ha sido el comentario insistente desde su estreno.

Pixar sin unas intenciones del todo claras

¿Cuál es la intención de Soul al crear una obra en la que prescinde del humor y añade chistes intelectuales? ¿O en qué basa su efectividad en la comprensión de un lenguaje complejo sobre la finitud y la urgencia de la vida? En varios medios especializados, la pregunta sobre el territorio inclasificable de la película — que no es para niños, pero resulta trivial en ocasiones para los adultos — hizo que un buen número de críticos se hiciera preguntas sobre el riesgo real de Pixar con la producción.

¿Se trata de un experimento calculado con vistas a sus próximas producciones? No está muy claro cuál será la propuesta de Pixar a futuro.

El próximo estreno, incluye a Luca, que narrará las vivencias de un joven en tránsito de crecimiento. También está en producción Turning Red, cuyo argumento se desconoce, pero del cual se rumorea será por completo “distinto” a lo que hemos visto hasta ahora.

¿Llegó el momento de Pixar de cruzar una línea invisible? Todo parece indicar que al menos intentará hacerlo.

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