El 27 de enero de 1959, diez jóvenes estudiantes del Instituto Politécnico de los Urales, en la antigua Unión Soviética, emprendieron una expedición de dos semanas a la Montaña Otorten, en la provincia de Gora. La ruta que llevaron a cabo estaba catalogada como de riesgo extremo. Sin embargo, todos eran alpinistas y esquiadores experimentados, por lo que no temieron la situación. Solo uno de ellos decidió desandar sus pasos un día después de su partida, al comprobar el tipo de paisaje al que se enfrentaban. Los demás continuaron decididos, pero nunca volvieron a casa. Inicialmente se pensó que podrían haber sido víctimas de una avalancha, pero todas las pruebas halladas lo desmentían.

Comenzó así un enigma muy arraigado al folclore ruso, que no ha podido resolverse hasta más de medio siglo después. Se han planteado todo tipo de posibilidades, desde el Yeti hasta algún experimento militar secreto. Sin embargo, según los dos científicos que lo han analizado, la teoría inicial de la avalancha podría no estar tan equivocada. Y eso lo hace, si cabe, aún más interesante.

Una avalancha misteriosa

Cuando llegó su fecha de vuelta y ninguno de los jóvenes aventureros regresó a casa, el nerviosismo se apoderó de sus familiares.

Pronto se puso en marcha una nueva expedición para acudir en su busca, pero esta no logró llegar a su campamento hasta el 26 de febrero. O más bien a lo que quedaba de él.

La tienda de campaña estaba seriamente dañada a unos 20 kilómetros del que supuestamente era su destino. Sus pertenencias continuaban desperdigadas algo más atrás. Pero no había ni rastro de ellos. Fue necesario caminar un poco más ladera abajo para encontrar los dos primeros cadáveres. Ambos llevaban solo los calcetines y la ropa interior. A unos pocos metros encontraron otros tres cuerpos. Finalmente, los demás se hallaron dos meses más tarde. Algunos tenían heridas graves, aunque aparentemente habían muerto por hipotermia. ¿Pero qué pudo hacerles salir casi desnudos de la tienda habiendo temperaturas de -30ºC en el exterior?

No parecía ser una avalancha. Para empezar, la pendiente de la ladera bajo la que se había colocado la tienda tenía menos de 30º. Esto se considera insuficiente para que se genere uno de estos fenómenos. Además, no había evidencias de deposición de materiales y las heridas de los jóvenes fallecidos tampoco cuadraban.

Se intentó investigar, pero finalmente el caso terminó cerrándose. Y permaneció así durante 60 años, hasta que una llamada de teléfono en Suiza inició una interesante investigación que terminó con un estudio publicado en Nature Communications y parte del misterio desvelado.

A veces las cosas no son lo que parecen

La llamada en cuestión la recibió el director del Laboratorio de Simulación de Nieve y Avalanchas (SLAB) de la Escuela Politécnica Federal de Lausanne, Johan Gaume.

Al otro lado del teléfono había un periodista del New York Times, que le pedía su opinión de experto sobre lo sucedido en los Urales 60 años atrás. Al parecer, se había reabierto el caso bajo petición de los familiares. Pero los investigadores seguían igual de perdidos.

Gaume no tenía ni idea de esa historia, por lo que le pidió que volviera a llamarle más tarde, para que pudiera informarse. Pronto comenzó una investigación que le enganchó desde el primer momento, llevándole a involucrarse mucho más de lo que le solicitaba el reportero. Pero, consciente de que podía tratarse de una avalancha, requirió la ayuda de otro experto en el tema. Uno ruso, además: el profesor de ingeniería geotécnica de la Universidad de Zurich Alexander Puzrin.

Juntos revisaron los archivos que en su día se emitieron sobre el suceso. Además, hablaron con otros expertos en diferentes áreas, para realizar modelos analíticos y numéricos que les permitieran conocer qué pudo ocurrir.

Gaume / Puzrin

La clave está en el viento

Los informes meteorológicos de aquella noche indican que no nevó. Esto habría hecho complicado que se formara una avalancha.

Sin embargo, también muestran que se produjeron vientos catabáticos. Estos son aquellos que caen desde un nivel más elevado, guiados por la fuerza de la gravedad. Son capaces de empujar el aire por una ladera suave, como la que eligieron los excursionistas para colocar su tienda. Y esta es una de las claves, ya que pudieron empujar la nieve cuesta abajo, generando una carga, que se liberó unas horas después de que estos jóvenes realizaron un corte en la pendiente para instalar el campamento.

Esto, a su vez, pudo generar la caída de bloques; que, según los modelos computacionales de Gaume y Puzrin, podrían causar heridas como las que tenían algunos de los cadáveres. Puede que intentaran huir de la tienda con lo puesto, que no era mucho, pero ni la avalancha de nieve ni el frío les dejaron volver a un lugar seguro.

Esa es la teoría de estos científicos. No obstante, ellos mismos han avisado que siguen faltando datos. Lo ha comentado Puzrin en un comunicado: “La verdad, por supuesto, es que nadie sabe realmente qué sucedió esa noche. Pero proporcionamos una fuerte evidencia cuantitativa de que la teoría de la avalancha es plausible».

Desde luego, parece mucho más plausible que el Yeti. De cualquier modo, nunca lograremos saber exactamente qué fue lo que ocurrió.

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