El suelo que hay bajo nuestros pies está en constante movimiento. A veces, la presión acumulada entre las placas que componen la litosfera se libera en forma de terremotos, que hacen mucho más distinguible ese temblor. En algunas ocasiones la intensidad no es suficiente para que nos demos cuenta, pero para eso están los sismógrafos. Estos son aparatos que detectan las vibraciones del terreno con gran sensibilidad. Tanta, que a veces detectan temblores que poco tienen que ver con los terremotos. Desde la celebración de un gol hasta un concierto de rock, son muchos los eventos que pueden hacer “saltar” estos aparatos. Y esta Nochevieja muchos pueden volver a ponerse en marcha, a causa del temblor causado por las campanadas.

Esto ocurrirá en todo el mundo, pero de diferentes maneras. Es algo que ha estudiado Jordi Díaz, investigador del Instituto de Ciencias de la Tierra Jaume Almera del CSIC (ICTJA-CSIC). En un trabajo, publicado este verano en Journal of Seismology, comparaba los efectos que tienen sobre los sismógrafos las campanadas en España, Francia, Grecia e Italia. Así, comprobó que, a pesar de ser todos países mediterráneos, tienen costumbres muy diferentes en lo referente a su forma de marcar la hora en los campanarios. Con ello no solo se pretende establecer diferencias culturales, sino también estudiar las posibles variaciones temporales de las propiedades del subsuelo de la zona. Y, por supuesto, demostrar a quienes muestran desinterés por las ciencias de la Tierra que, en realidad, tienen muchas más aplicaciones de las que podríamos llegar a creer.

En busca de un lugar tranquilo

Los sismógrafos suelen colocarse en sitios tranquilos, con el fin de minimizar posibles temblores que puedan generar interferencias. No sería buena idea ponerlo junto a un gran estadio de fútbol, como ya hemos podido comprobar. Y tampoco en zonas con mucho tráfico o afluencia de personas.

Por eso, a veces se colocan en iglesias de pueblo. Es el caso de uno ubicado en la iglesia de Santa María de Montmagastrell, en la provincia de Lleida. Cuando se decidió colocar allí esta instrumentación se planteó la posibilidad de que las campanadas pudieran interferir con las señales. Inicialmente se pensó que el temblor causado por las campanas no se detectaría directamente. Sin embargo, se comprobó que se registraban señales de alta frecuencia, relacionadas con la conversión de las ondas acústicas en vibración cerca del sismómetro. Lejos de sentirse decepcionado por el resultado, Díaz vio la oportunidad de comparar estas señales con las registradas en otros sismógrafos ubicados en iglesias de países diferentes.

Su búsqueda le llevó a otros tres templos, además del situado en Lleida: Riolos Kato Achaia , en Grecia, Oriolo, en Italia, y Lunas, en Francia.

El ‘acento’ del temblor causado por las campanas

Al comparar los registros de los sismógrafos detectó diferencias, tanto en el horario como en la forma de emitir las campanadas.

Para empezar, solo la iglesia de Italia hacía “saltar” sus campanas durante todo el día. El resto de países, en cambio, paraban durante por la noche. En Grecia incluso se detenían después de comer para no molestar a los vecinos. Resulta curioso que a pesar de esta costumbre siga siendo España el país más famoso por sus siestas.

En cuanto a Francia, no solo da las horas en punto, sino que conserva los toques de Angelus, registrados a las 07:00, las 12:00 y las 19:00.

Otro dato que llamó la atención al analizar el temblor causado por las campanas fue el de los cuartos. En España se registraban los cuatro cuartos de cada hora. Pero en Italia iban mucho más allá, pues cada cuarto de hora se dan los toques de campana correspondientes a la hora anterior seguida por el toque correspondiente a los cuartos. Eso, según explica Jordi Díaz en un comunicado, supone un total de “768 campanadas al día, sin contar otros toques que se puedan realizar, como son las llamadas a misa o el toque de difuntos”.

Nosotros no tenemos tanta campanada. Aun así, más de uno se equivocará esta noche con los cuartos y tomará alguna uva antes de tiempo. Sea como sea, ojalá que después de esas doce campanadas empiece un nuevo año mejor que el que despedimos. Al menos, las recién estrenadas vacunas nos hacen recibirlo con un gran empuje de esperanza.

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