La clase trabajadora blanca norteamericana suele ser retratada de maneras dispares: desde el extremo de la cierta crueldad humorística como en Yo, Tonya (2018) de Craig Gillespie o con una dureza desarmante a la manera de ese crudo clásico de culto como lo es Monster’s Ball (2001) de Marc Forster. En medio de ambas cosas, la mirada sobre el país y sus desigualdades, los dolores escondidos en la pobreza y la necesidad de una redención tardía forman parte de cierto tipo de cine y literatura en la que EE.UU. ha reflexionado por años con cierta incapacidad para definir el tono y la forma en que quiere analizar sus pesadumbres y sufrimientos.

Tal vez, por ese motivo, el libro del 2016 Hillbilly Elegy de JD Vance es un curioso recorrido por la percepción de lo rural en un país en esencia urbano, y también de la miseria y las carencias en una cultura cuyo principal motor es la ambición. El relato, además hace especial énfasis en el hecho de esa deconstrucción de la historia de la norteamerica profunda, que con lentitud, pierde identidad. El resultado es un libro angustioso, moralmente reflexivo y también, una confrontación directa con una serie de ideas complejas acerca de la historia reciente de una familia a través de la cual podría definirse con facilidad la conciencia colectiva de EEUU.

La adaptación dirigida por Ron Howard que llega esta semana a Netflix tiene el mismo aire crudo directo, pero también sincero de su versión literaria. No obstante, el director tomó la inteligente decisión de crear un escenario independiente, que aunque en su mayor parte se basa en la obra de JD Vance, también es una reflexión elocuente acerca de todos los pequeños secretos que cada familia guarda y la forma en que lidia con los espacios oscuros de traumas y adicciones. El resultado es una cuidadosa instantánea sobre los pequeños horrores de lo doméstico, hasta convertirse al final, en un recorrido por lugares incómodos de la condición humana.

Una combinación semejante podría haber resultado en una mezcla poco comprensible sobre el individuo y una generalización innecesaria sobre tópicos como el maltrato doméstico, las adicciones y el miedo al futuro, pero Howard recrea no solo el miedo social, sino que lo sustrae de sus estereotipos habituales.

Hillbilly Elegy es una búsqueda cuidadosa de una percepción durísima sobre la vida del norteamericano pobre, pero podría ser el relato de cualquier hombre o mujer del mundo que el sistema presiona, agrede y al final, deja sin armas para avanzar hacia el futuro. Y en lugar de ser un melodrama nostálgico o sermoneador, es una búsqueda incesante de respuestas sobre la confrontación sobre ideas concretas: ¿qué ocurre cuando la desesperanza es inevitable? ¿Contra qué puede lucharse en medio de una condición en la que la pobreza lo es todo? Howard observa, especula y al final pondera sobre la condición de las carencias con un aire de digna tristeza que hace de la película una elegante mirada sobre un tema complejo.

La historia viaja en dos líneas de tiempo: de 1997 al 2011 el argumento intenta narrar sin perder el ritmo historias en paralelo y lo logra, gracias a las bondades de un guion minucioso que no pierde el ritmo o la percepción acerca de su forma de narrar lo cotidiano. En Hillbilly Elegy todo se relaciona con las pequeñas cosas, los silencios que se alargan, los primeros planos, las conversaciones medio susurradas. Por supuesto, también es un recorrido hacia la reivindicación que comienza por un hecho concreto: la esperanza en el talento de JD, interpretado como adolescente por Owen Asztalos y de adulto por Gabriel Basso.

JD es un niño extraordinario en mitad de un ambiente violento: elocuente amable y brillante. Al final, termina por escapar de él, pero en realidad el peso de su historia le sigue a todas partes. Incluso como estudiante de la Facultad de Derecho de Yale, triunfador y a un paso de concretar todos sus sueños debe batallar con la oscuridad que le persigue a todas partes, con el vinculo venenoso que le une a su madre adicta Bev (una inmensa Amy Adams), y en especial con el centro de un argumento concentrado en una idea inquietante: el lugar del que provenimos, siempre será un espacio incómodo del cual jamás se podrá escapar del todo.

Para Howard, ese doble rasante en la vida de JD lo es todo y lo muestra en la forma más elocuente, sencilla y directa que puede. Por un lado, la vida del hombre en que logró convertirse a pulso es un recorrido poderoso por la posibilidad de la redención. Por el otro, el dolor, la miseria y los secretos se sostienen sobre una percepción inquietante sobre la pérdida y la exclusión, que al final es la columna vertebral de la película.

Por supuesto, la familia de la que procede JD tiene un largo historial de fracasos y una generación de mujeres que han logrado mantener a flote los restos de un naufragio familiar. Mamaw (una solida Glenn Close), la madre de Bev y abuela de JD, es un ejemplo de estoicismo, pero también la víctima más antigua de un espiral de maltrato y abuso del que no pudo escapar, que ahora vive a través de su hija y que de alguna u otra forma, sostiene su manera de ver el mundo.

Es este ciclo interminable de pequeñas desgracias que Mamaw encarna con toda la dureza de un existencia violenta y la nostálgica herida de un recorrido enigmático hacia la oscuridad espiritual. En realidad, la mayor fortaleza del personaje es el hecho que no se excusa ni tampoco, intenta justificar su dolor, agresividad o miedo. Es una criatura creada por la erosión lenta de cualquier aspiración a la bondad y a la prosperidad, algo que Close comprende de inmediato y a través de lo cual, sostiene un personaje de antología.

Para el tercer tramo de la película es evidente que el guion apunta hacia la posibilidad de mostrar las raíces mismas del sufrimiento de una familia que podría ser cualquiera en un país dividido, polarizado, exhausto, que batalla con sus propias heridas y que se sostiene sobre los hombros invisibles de las víctimas de una cultura indiferente. Howard intenta no pontificar, pero en medio de un momento político como el que EEUU vive en la actualidad, la percepción sobre la brecha que separa al país, que se profundiza en medio de una lucha dialéctica y se hace cada vez más dura de sobrellevar, parece reflejada en las raíces históricas de una confrontación invisible que Howard insinúa pero nunca muestra del todo.

Por extraño que parezca, el libro de J. D. Vance se convirtió en un éxito después de la elección de Donald Trump y el proyecto de adaptación, siguió un largo trayecto accidentado hasta llegar a Netflix que lo financió y encontró un elenco de lujo y un director amable y cuidadoso para narrar una historia que manos más audaces podría haber sido una crítica corrosiva y directa hacia el estilo de vida estadounidense, pero que en las suyas es sólo un trayecto doloroso hacia el sufrimiento íntimo. El que se lleva a cuestas, el que se esconde, el que ata y al final, el que nos marca para buena parte de nuestra vida.

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