Cuando aparece una ballena varada en la playa, la mayor tragedia es la muerte del animal, por supuesto. Pero también surgen otros problemas. Por ejemplo, la forma de deshacerse de un cuerpo que puede llegar a superar los 15 metros y pesar varias decenas de toneladas. A día de hoy, existen lugares dedicados a depositar estos cuerpos, para que poco a poco vayan descomponiéndose. Por desgracia, a veces los cadáveres se acumulan y estos “cementerios” no son suficientes, por lo que es necesario recurrir a terrenos costeros privados cedidos amablemente por sus propietarios. Sea como sea, parece que hoy en día está todo controlado. Pero para llegar a esto primero fue necesario pasar por artimañas un poco accidentadas, como la explosión de una ballena en una playa de Oregon en 1970.

Justo ahora se cumplen 50 años de aquel día en el que se decidió que la mejor forma de deshacerse de un cachalote varado de 8 toneladas sería colocar algo de dinamita bajo su cuerpo. Pero los cálculos salieron regular. Se pasaron un poco con la cantidad de explosivos y los trozos del pobre animal acabaron posados sobre coches y edificios ubicados a gran distancia de la playa. Lo bueno es que los vecinos de aquel lugar se lo toman con humor. De hecho, lejos de avergonzarse por lo que pasó, han decidido conmemorarlo con nuevas imágenes, publicadas por la Sociedad Histórica de Oregon.

Medio siglo de la explosión de una ballena

La idea inicial, cuando se decidió proceder a la explosión de la ballena, era dirigir los restos al mar. De ese modo, se retiraría el cuerpo de la playa y, a la vez, se alimentaría con los restos pequeños a otros animales acuáticos carnívoros.

Los artífices de este protocolo fueron varios miembros de la División de Carreteras de Oregon. No eran expertos en cetáceos, pero al menos se suponía que tenían experiencia en el tema de los explosivos. Sin embargo, cuando el empresario Walt Umenhofer, que había trabajado con explosivos durante la Segunda Guerra Mundial, supo la cantidad de dinamita que pretendían utilizar, no dudó en explicar que le parecía una exageración. Concretamente, se había optado por emplear 20 cajas enteras, cuando él consideraba que bastaría con 20 varas. El jefe del proyecto no le hizo caso y le impidió formar parte de él. Por eso, según informó a la prensa en su día, decidió conducir hacia un lugar alejado para ver el espectáculo sin mancharse de los fragmentos que estaba segurísimo que volarían en sentido contrario al mar.

Y así fue. Tras una cuenta atrás transmitida en directo en televisión y presenciada por decenas de curiosos que se acercaron hasta el lugar, los restos sanguinolentos de carne y grasa volaron en todas direcciones, hasta aterrizar en edificios, coches e incluso sobre algunos de los incrédulos espectadores. También el pobre Umenhofer, que no se había alejado lo suficiente, vio como el techo de su coche nuevo cedía bajo el peso de la carne del cachalote y algunos restos de grasa se colaban dentro del vehículo.

A pesar de lo ocurrido, los ingenieros de la División de Carreteras insistieron en que todo se había hecho correctamente y que el único problema había sido un agujero horadado bajo el animal, que había propiciado que sus restos volaran hacia donde no era. Sin duda, esta explosión de una ballena hubiese sido una historia digna de 2020. Fue muchísimo antes, pero al menos aprovechamos este año para conmemorarla.

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