En el libro Kitchen, la autora nipona Banana Yoshimoto, pondera sobre la soledad, el desarraigo y el miedo al mundo más allá de lo doméstico, desde un sutil y doloroso punto de vista. La directora Kim Bora parece haberse inspirado en esa lenta trangresión de la normalidad a partir de una óptica casi contemplativa para su película House of Hummingbird, la extraña versión de la realizadora sobre el mundo adolescentes en la que lo onírico, la búsqueda de significado y, en especial, la relevancia de la capacidad íntima para analizar la realidad como una serie de símbolos superpuestos, lo es todo.

Ambientada en 1994, la película tiene algo de esa noción coreana sobre la uniformidad y lo homogéneo: en una de las primeras escenas, un grupo de colegialas de uniforme idéntico cruzan la calle entre risas. La escena establece un inmediato vínculo con la percepción de cierto tipo de humor, que ya se ha hecho reconocible gracias a la nueva popularidad del cine surcoreano, pero desde una óptica agridulce.

Aunque no sea evidente a primera vista, hay algo en la escena general que deja claro que lo que sea que ocurrirá después, parte del punto de la ruptura de esa imagen homogénea. Y de hecho, a medida que la cámara abre el plano y muestra a una chica que observa lo que ocurre a través del cristal, es evidente que no todo es tan sencillo, ni mucho menos hermoso, como la imagen típica de un grupo de adolescentes riendo y bromeando entre sí parece sugerir.

House of Hummingbird y la experiencia de lo sutil

Bora parece más interesada en analizar lo que ocurre alrededor de la escena que en su peso en la trama y es esa percepción de lo sutil — “Este es un mundo formidable” dice la voz de una mujer — es lo que hace que desde la primer secuencia, House of Hummingbird sea una rara búsqueda de la identidad en medio de un mundo opaco.

Para la ocasión, Bora escoge a una heroína casi inverosímil: Eun-hee (Ji-hu Park), es una adolescente de 14 años con una vida en apariencia normal pero que no lo es tanto. Su vida transcurre entre el departamento de un rascacielos de Seúl que comparte con sus familia y la escuela, en la que intenta lidiar con el hecho de ser un rostro más entre otros tantos.

Una y otra vez, el argumento desliza la idea del anonimato moderno con una cierta percepción sobre la inquietud que la perspectiva produce: Eun — hee es una chica silenciosa, abstraída por la belleza invisible a su alrededor y que se pregunta con frecuencia sobre si su sensibilidad es un peso o una ventaja en el mundo en que vive.

Nadie tiene la respuesta: de hecho, el personaje parece pasar las suficientes incomodidades como para ser objeto de una amarga atención. Su hermano le golpea, le insulta. Algunas de las alumnas con las que convive a diario, se burlan de la tienda de pasteles de arroz de sus padres. Al final, Eun — hee vadea de un lado a otro en medio de la realidad a media luz, como si su capacidad para entender las ramificaciones y tensiones del mundo, fuera más una tragedia que una virtud.

La vida en una sucesión de hechos ¿incómodos?

Kim Bora, que también escribe el guion, está decidida a mostrar el sufrimiento adolescente desde un ángulo silencioso que insinúa mucho más, la introspección que alguna lección que comprender. La película es, de hecho, una metáfora poderosa sobre la manera en que la vida transcurre en una serie de sucesos incómodos y, a la vez, realistas que sólo comprendemos una vez que nos encontramos a suficiente distancia de ellos.

Si Bong Joon — Ho ha meditado en más de una ocasión sobre la soledad, el peso de las diferencias y los pequeños horrores cotidianos, Kim Bora sigue su estela y traslada la tensión y la búsqueda de significado sobre la identidad y lo que esperamos ser, al reducido universo de un personaje que observa lo que ocurre con una sensación de desvarío que Bora logra sostener como algo más extraño.

A la manera de otras tantas obras cinematográficas contemporáneas de autor, la directora está más interesada en la forma en que el mundo exterior crea condiciones para asumir y comprender los cambios, mientras que los espacios y el resto de los personajes son meros reflejos de situaciones más o menos corrosivas.

Poco a poco, la obra se enlaza en versiones de la realidad en la que el mundo adolescente se convierte en una metáfora para el adulto y después, para la universalidad de cada experiencia que nos unen, nos sostienen y al final, nos definen de una manera u otra.

Realismo puro

Kim Bora intenta mostrar la vida tal y como se percibe a una edad impresionable y el resultado, aunque al principio parece desarticulado e incluso un poco confuso, termina por convertirse en una profunda alegoría sobre lo que cada una de las vivencias que atravesamos sostiene lo que consideramos nuestro mundo interior.

Todo en House of Hummingbird tiene un aire en apariencia contemplativo, sutil y frágil, a punto de estallar por la presión de lo que ocurre unos pasos más allá de la protagonista. Y quizás, por ese motivo, cuando la directora toma la decisión consciente y provocadora de hacer incluso más profundo este análisis sobre el trayecto de la primera juventud y la adultez, la película cambia el ritmo y se convierte en algo más extraño, interesante y profundo.

Una insólita combinación sobre el mundo color de rosa de la niñez y su reverso en sombras, que espera unos años más allá.

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