Por décadas, Nueva York fue el centro de todo tipo de historias en el cine y la televisión: la denominada “Capital del mundo” permitió a Martin Scorsese mostrar la oscuridad del hombre moderno, y a David Mamet un recorrido incómodo a través de la decadencia de nuestra época.

Entre ambos extremos, la ciudad terminó por convertirse en un símbolo de la prosperidad, los contrastes y el progreso desde todos los ángulos en que podían ser retratados.

Algo de esa percepción de Nueva York como centro del mundo, es parte de la docuserie de tres capítulos de Netflix Fear City: New York vs. the Mafia, del director Sam Hobkinson. Que intenta meditar sobre el reverso tenebroso del sueño americano y mostrar a la mafia como un mal latente capaz de pervertir el brillo inocente de las ciudades norteamericanas.

Una premisa simple que, de hecho, se convierte en torpe por la insistencia de Hobkinson de crear un escenario maniqueo en el que bien y el mal son extremos irreconciliables.

El director intenta conjugar la percepción de todos los rostros de la ciudad — el del centro del progreso, la ciudad herida luego de un ataque terrorista, la cuna de la ambición contemporánea — y, además, profundizar en su aspecto más oscuro.

El director toma la decisión de mostrar semejante conjunto de matices a través de una rigidez argumental que resta belleza, profundidad y sobre todo interés a lo que intenta mostrar.

Fear City: New York vs. the Mafia y la poca documentación

Fear City es una mezcla de lugares comunes y aproximaciones vagas sobre la mafia en Nueva York, que carece de una investigación rigurosa y que está más interesada en sustentar su discurso sobre algo más emblemático, que ahondar en una circunstancia incómoda, complicada y al final, profundamente caótica.

El documental, en general, parece un homenaje estratificado y no muy disimulado a cierta postura de revisión histórica que evita profundizar. Lo que, de entrada, resta eficacia al recorrido como una mirada objetiva sobre Nueva York, tal y como pretende serlo.

Entre otras cosas, Hobkinson exalta a niveles inexplicables la figura de Rudy Giuliani y no a través de los símbolos que convirtieron al ex alcalde de la ciudad en una querida y respetada figura pública. Llevando un traje azul marino con una bandera norteamericana muy visible en la solapa, Guiliani toma cierta proporción mítica y abre el documental dejando claro que, para la producción detrás de cámara, la dimensión política de la obra del ex funcionario (que incluyó una estrategia legal que permitió romper el dominio de la mafia en la ciudad) es de notoria trascendencia.

Con el foco mal puesto

En lugar de apuntalar la idea de la importancia que tuvo el trabajo del alcalde, el foco se centra en Giuliani como figura política y, de hecho, se engrandece como si de una campaña política se tratara.

La decisión resulta chocante, porque el Giuliani que se hizo famoso por luchar contra las cinco familias criminales más notorias de Nueva York no es el mismo bajo la sombra de Donald Trump, lo que hace que la historia tenga un extraño aire retrógrado.

Tampoco lo es la ciudad —por entonces una de las más peligrosas del mundo y en la actualidad, una de las más seguras— y mucho menos el ambiente político que brinda contexto a la historia. Todo en Fear City tiene algo de inacabado, incompleto y nostálgico, como si fuera una pieza de colección o incluso un producto filmado hace décadas atrás y no en la actualidad.

Lo anterior no sería necesariamente malo, a no ser que el director y el equipo de productores lleva ese aire añejo y rígido incluso a la estructura del programa. La cámara se mueve con la lentitud estudiada de un capítulo de una serie televisiva procedimental y la connotación sobre el crimen — un espacio de extremos entre lo blanco y lo negro — hace que el argumento deba buscar héroes y villanos.

¿Extrañas decisiones?

El film tiene cierto aire perezoso, como si fuera incapaz de reflexionar más allá de la superficie acerca de la identidad de sus personajes centrales. O la forma en que sus decisiones — u omisiones — influyeron en la forma en que asumieron el deber extraordinario de erradicar a la mafia de Nueva York.

Para Hobkinson tiene especial importancia mostrar la ciudad como terreno fértil para todo tipo de actividades criminales. Pero evita profundizar en el motivo, en la forma de hacerlo y en cómo contextualiza el pasado y el presente en una sola línea argumental.

Al director parece importarle muy poco que Trump era parte esencial de la ciudad que desea mostrar — y de la manera en que la muestra —, y que la perspectiva histórica del actual presidente podría dotar de una singular profundidad a la historia que desea contar.

En lugar de eso, pasa buena parte del tiempo tomando extrañas decisiones, como la de no mencionar nada relacionado a la Nueva York actual hasta bien entrado el tercer capítulo o plantearse la lucha de bandas como algo más cercano a un hecho heroico espontáneo, que una búsqueda consciente de algo más profundo.

El problema del rigor en Fear City: New York vs. the Mafia

Tampoco hay demasiado rigor histórico en la forma de narrar: ¿fue la Racketeer Influenced and Corrupt Organizations Act, la importantísima ley del Congreso que permitió acusar a los jefes de la Mafia tan efectiva como suponemos? El documental parece suponer que sí, pero en realidad no es otra cosa que datos sueltos que no se sostienen sobre hechos concretos.

Al final, Fear City es un recorrido por la versión oficial, carente de profundidad, de una idea clara hacia dónde desea dirigirse y lo que resulta más preocupante, su mirada sobre Nueva York y la historia norteamericana.

Lo que pudo resultar una revisión sobre la forma en que una de las principales potencias mundiales lidió con un problema de considerable importancia, se transforma en un hilo de ideas sin concepto, contexto o algo más que una lenta y en ocasiones tediosa seguidilla de testimonios oficiales.

La provocativa visión tras bambalinas o el hecho de que la ciudad que se enfrentó con sus mejores y peores recursos contra el crimen queda en suspenso.

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