No parece lógico pensar que las salas de cine comerciales se muestren reticentes a incluir en su cartelera películas de éxito previsible, ¿verdad? Negarse hoy, por ejemplo, a que se proyecte cada entrega de la saga del Universo Cinematográfico de Marvel les privaría de un buen pellizco de la recaudación anual; como las aventuras animadas de Pixar o las que salen directamente de los estudios de Disney. Y, si pensáis que este comportamiento sería poco sensato para el negocio, os sorprenderá saber que los cines de Estados Unidos no querían exhibir lo que ahora se conoce como Star Wars IV: Una nueva esperanza (George Lucas, 1977) en el año de su estreno.

La Twentieth Century-Fox temía que el filme recibiese una paliza gorda al competir con otros lanzamientos del verano, tales como Un puente lejano, de Richard Attenborough, Abismo, dirigida por Peter Yates, El exorcista 2: el hereje, de John Boorman, Los rescatadores, obra de Wolfgang Reitherman, John Lounsbery y Art Stevens, Herbie en el Grand Prix de Montecarlo, realizada por Vincent McEveety, o La espía que me amó, de Lewis Gilbert. De modo que optó por moverla al miércoles, 25 de mayo, previo al fin de semana del Día de los Caídos, y la junto con la también triunfante Los caraduras, de Hal Needham, que distribuía Universal Pictures.

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Chad Davis | Flikr

Pero una decisión así ni es un voto de confianza ni lo da entender a los exhibidores, a los que no se los veía muy dispuestos a colocar Una nueva esperanza en sus carteleras. Y la Fox tuvo que tomar medidas: El otro lado de la medianoche, de Charles Jarrott, era una adaptación muy esperada de un libro escrito por el estadounidense Sidney Sheldon, y la compañía exigió a los cines que programasen la space opera de George Lucas como condición sine qua non para programar el de Jarrott. Pese a su intento, solo se estrenó en cuarenta y tres cines la primera semana, pero ascenderían a 1.096 a mediados de agosto: ya sabéis que la peli que inauguró Star Wars fue un auténtico bombazo.

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