Todo el mundo está ahora pendiente de la pandemia del SARS-CoV-2, cuya expansión ha obligado a un tercio de la población del planeta a confinarse en sus casas. El encierro ya ha dado resultados en muchos países, como Corea el Sur o China, y empieza también a mostrar su eficacia en los primeros países europeos afectados, entre ellos España. No obstante, las esperanzas de toda la población siguen depositadas en la obtención de una vacuna que prevenga una nueva ola de contagios en el futuro.

Varios laboratorios han anunciado ya el inicio de sus ensayos clínicos con humanos, aunque en todo caso advierten que tardarán al menos un año en tener el fármaco disponible. Los hay que empiezan “desde cero”, pero muchos otros recurren a los conocimientos adquiridos en el desarrollo de vacunas frente a otros coronavirus, como el SARS o el MERS. Precisamente este último es el protagonista de un estudio publicado hoy en mBio, en el que un grupo de científicos procedentes de varias universidades estadounidenses han logrado obtener "súper ratones", armados para combatir al coronavirus. Por el momento, los resultados han sido muy prometedores y, según los científicos, podrían extrapolarse también al causante de la COVID-19.

Un virus aliado

En los coronavirus como el MERS o el SARS-CoV-2, unas glicoproteínas, conocidas como proteína S, pico o espículas, juegan un papel esencial en la unión del patógeno a las células que infectan.

Es la “llave” que se une a la “cerradura” celular y, a su vez, la señal de alerta para que el organismo inicie una respuesta inmune frente al virus. Por eso, estos científicos desarrollaron un mecanismo consistente en dotar a las células de los ratones del gen necesario para codificar esa proteína. De ese modo, su sistema inmunitario estaría preparado para combatir al virus en caso de enfrentarse a él, pero sin haber llegado nunca a infectarse.

Pero para introducir esta proteína en las células necesitaban otro virus, concretamente uno que fuese inocuo para los seres humanos y, en este caso, para los ratones. Así, recurrieron al parainfluenza 5 (PIV5), causante de una enfermedad conocida como tos de las perreras. Es una patología que afecta a los perros, pero que resulta inofensiva para las personas, por lo que era el candidato perfecto.

En el caso de los ratones, tampoco el MERS puede replicarse en su organismo, por lo que fue necesario crear modelos modificados genéticamente para expresar en sus células el gen codificante de la proteína DPP4, que actúa como cerradura frente a la llegada de este coronavirus, al unirse a su espícula y permitir así su entrada a la célula.

Una dosis intranasal única de la vacuna, compuesta por el PIV5 modificado, favoreció que las células de los ratones pudieran sintetizar la proteína S y, a su vez, desarrollaran una respuesta inmune contra ella.
Por eso, cuando cuatro semanas después fueron infectados con el MERS, todos los que habían sido vacunados de este modo sobrevivieron.

Había otros dos grupos, que habían recibido una vacuna compuesta por el PIV5 sin modificar o por el virus del MERS atenuado. Todos los pertenecientes al primer grupo murieron, mientras que solo un 25% de los del segundo lograron sobrevivir a la infección.

Según explica en un comunicado uno de los autores del estudio, el virólogo Biao He, el uso de virus como método de entrega de genes puede ser una estrategia muy útil en la búsqueda de la deseada vacuna frente al SARS-CoV-2. Quizás sea esa una de las opciones que finalmente se consigan. Mientras tanto, la carrera continúa y las medidas de distanciamiento siguen siendo nuestra mejor arma. No la subestimemos.