Con todas las medidas de higiene y precaución que debemos tomar en los pocos momentos que interaccionemos con otros humanos, salir a hacer la compra se ha convertido en un momento cargado de ansiedad para muchas personas. Llevar la mascarilla de por sí bastante incómoda mentalizándonos para no tocar la cara si se mueve, evitar tocar más de lo necesario con las manos, quitarnos los zapatos al llegar a casa, desinfectar el móvil y los envases que hayamos comprado… el miedo a olvidarnos de uno de los pasos y que esto pueda suponer un contagio nos invade, aunque la probabilidad de que conlleve una infección por coronavirus a veces sea bastante baja.

Resulta difícil pensar que haya personas que tengan que hacerlo a diario, a veces en varias ocasiones, y no a la vuelta de un lugar en el que se supone que la mayoría de gente está sana, como el supermercado, sino después de pasar una jornada de trabajo en el hospital.

Es el caso de todos esos sanitarios que estos días están poniendo su salud física y mental en peligro para cuidar de los demás. Todos esos superhéroes a los que aplaudimos cada día, pero a veces sin pararnos a pensar en cómo es su vida al llegar a casa. Unos viven con familia, otros con amigos y compañeros de piso y otros solos, pero todos deben extremar las precauciones al cruzar el umbral de su casa: por sus seres queridos, por ellos mismos y por todos nosotros.

Atentos durante todo el día

En Hipertextual nos hemos puesto en contacto con tres sanitarios con vidas muy diferentes. Nerea López y Amanda Castro son enfermeras, la primera en un hospital de la provincia de Almería y la segunda en otro de Madrid, y José Carlos Igeño es médico intensivista en Córdoba.

Nerea vive con su marido y su hijo de tres años, Amanda comparte piso con cuatro personas, una de ellas su novio, paciente de riesgo. José Carlos, por el contrario, vive solo, pero los tres tienen muy clara la importancia de evitar esparcir este y otros patógenos, tanto fuera del hospital como dentro. Esto último es importante sobre todo si el trayecto al centro de trabajo debe realizarse en transporte público, como es el caso de Amanda. “Para el metro tengo mi propia mascarilla. Normalmente la reutilizo y la llevo guardada en una bolsita de zip, pues es imposible encontrar suficientes para utilizar una cada día”, explica la joven al otro lado del teléfono. “Por suerte ahora han empezado a repartirlas en las paradas de transporte público y es más fácil”.

Añade que ella no usa guantes en el trayecto, por la sensación de falsa seguridad que suponen. “Si tocas con los guantes las barras del metro y luego el móvil, por ejemplo, es lo mismo que hacerlo directamente con las manos”, cuenta. “Prefiero llevar un bote de gel hidroalcohólico en el bolso y lavarme las manos al salir del metro”.

El gel hidroalcohólico también es uno de los fieles acompañantes de José Carlos, quien recuerda que, de todos modos, siempre que haya agua y jabón disponibles, son su opción preferente para lavarse las manos.

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Durante la jornada de trabajo cada uno toma las precauciones necesarias para su puesto de trabajo. José Carlos, por su puesto como intensivista, está en contacto frecuente con pacientes de COVID-19, “aunque no todos los días”. “Por fortuna tenemos unos protocolos muy estrictos y un buen equipamiento de los famosos EPIS”, aclara. “Ambos son imprescindibles para evitar el contagio a los profesionales”.

Nerea suele estar en la zona limpia de urgencias, en la que no se tratan estos enfermos, aunque también ha trabajado en la planta de su hospital en la que se encuentran todos los pacientes COVID-19+. “Cuando estás con enfermos llevas todos los EPIS, pero en la zona limpia de urgencias también debes tomar precauciones, pues puede haber pacientes asintomáticos”.

Es precisamente ese el caso de las personas con las que trabaja Amanda. Ella es enfermera en la planta de psiquiatría. En esta también disponen de camas de aislamiento, para pacientes psiquiátricos con síntomas o diagnóstico positivo de COVID-19. No obstante, al convivir con un paciente de riesgo, en el hospital le han pedido que no entre en esa zona. “A pesar de eso se han dado casos en los que un paciente de la zona limpia ha empezado a tener síntomas y ha debido pasarse a aislamiento, por eso llevo siempre mascarilla y gafas antisalpicaduras”.

La vuelta a casa

Una vez que terminan sus jornadas de trabajo llega el momento de volver a sus casas, a continuar con el confinamiento, como hacemos todos, extremando las medidas de seguridad. En cuanto cruzan la puerta de casa empieza el protocolo.

“En la entrada me quito toda la ropa y me voy directa a la ducha”, narra Nerea. “Cuando salgo me remango bien, cojo la ropa que me quité y la meto en la lavadora a 60 grados. Además, en la entrada tengo un bote de agua con lejía, le doy al calzado y con un paño de usar y tirar le doy a todo lo que he tocado desde que entré”.

Amanda tiene una “habitación sucia” a la entrada de casa. “Normalmente es el cuarto de invitados, pero ahora la uso para eso”, aclara. “Los zapatos no salen de esa habitación y la ropa la voy metiendo en una bolsa hasta que está llena, para meterla toda junta en la lavadora, con desinfectante textil. No mezclo mi ropa con la de nadie más”.

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También va directa a la ducha y después empieza la rutina de desinfección. “Una vez que me he duchado cojo de la entrada todos los objetos que he usado durante el día, como el móvil, la cartera o las llaves, y los desinfecto con alcohol”.

Ambas explican también que la indumentaria de trabajo nunca sale del hospital y se desinfecta o desecha, según proceda, directamente allí. Esto es algo en lo que ha incidido mucho José Carlos. “La ropa y el calzado de calle no entran nunca en contacto con el circuito asistencial, se quedan en el vestuario y tras el turno de trabajo el pijama es desechado para lavarse”, relata. “Los días específicos en que atiendo pacientes con COVID-19 me ducho al terminar y justo antes de salir por la puerta me vuelvo a lavar las manos, esta vez con gel hidroalcohólico. Al llegar a casa, subo por las escaleras y al entrar dejo las llaves y la mascarilla en una caja que hay en la entrada. A continuación, me lavo las manos y luego me cambio de ropa”.

Además, al igual que las otras dos sanitarias entrevistadas, también desinfecta el móvil, tanto antes de entrar al hospital como nada más entrar a casa.

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De los tres, la que tiene un hándicap añadido en todo este proceso en Nerea, pues durante todo el proceso de desinfección debe estar muy atenta para que no se acerque a ella su hijo. “Lo ideal sería que no se me acerque en ningún momento, pero es muy pequeño y no lo entiende”.

Para un niño de tres años no es fácil entender que no puede correr a besar a su madre en cuanto esta entra por la puerta. Este es uno de los dramas que están viviendo muchos sanitarios fuera de las puertas del hospital. Pero no es el único. Últimamente hemos visto muchos casos de trabajadores de la sanidad que han visto cómo sus vecinos les dejan mensajes en el ascensor para que dejen el edificio, rocían su puerta con lejía o incluso hacen pintadas en sus coches. Esta pandemia está sacando lo mejor de muchas personas, pero también lo peor de otras, que son capaces de aplaudir a su vecino sanitario a las 8, para luego insultarlo a las 9, después de una larga jornada de trabajo.

Por suerte, ninguno de los tres sanitarios consultados para este artículo han vivido esas experiencias. Tanto Amanda como Nerea coinciden en que en sus edificios viven otros sanitarios y que ninguno de los vecinos ha tenido este tipo de gestos. Tampoco lo han hecho los vecinos de José Carlos; que, de hecho, se encuentra muy agradecido a ellos por la ayuda que le brindan en estos momentos. “El hecho de que ellos estén confinados y yo trabajando, hace que coincidamos menos que antes, pero cuando nos vemos me preguntan cómo estoy y cómo va la cosa por el hospital”, explica. “Alguna vez me han aplaudido espontáneamente y también me han preguntado si necesitaba que me hicieran la compra porque estuviera mal de tiempo. Siempre me dicen que me cuide mucho y me dan las gracias”.

Y hacen bien en dárselas, pues tanto ellos, como los agricultores, ganaderos y empleados de la industria alimentaria que trabajan a destajo para que no nos falten alimentos, los trabajadores de supermercados que facilitan que esos productos lleguen a nuestra despensas, los científicos desvelados en busca de tratamientos y vacunas, los miembros de los cuerpos de seguridad del estado que velan para que realicemos solo los desplazamientos justos y necesarios para no entrar en peligro, y, en general, todas las personas que estos días trabajan para ayudar a contener al SARS-CoV-2 merecen algo mucho más importante y necesario que nuestros aplausos: nuestro respeto. ¿Qué menos que dárselo?