– Feb 6, 2020, 17:31 (CET)

Las series animadas y el mundo adulto: una mezcla peculiar

La extraña, existencialista y por momento, dura BoJack Horseman se despidió con una última temporada en que dejó claro a su audiencia que su versión sobre la depresión, las adicciones y la naturaleza humana se había hecho más descarnada que nunca. Como otros tantos shows animados de la actualidad, el programa de Netflix es mucho más que una comedia adulta en una versión en apariencia inofensiva.

A principios de los noventa, las series animadas de contenido adulto comenzaron a despuntar como un tipo de producto curioso, arriesgado y de vanguardia que sorprendió a buena parte de la audiencia.

El fenómeno no ha hecho más que crecer: desde el impacto cultural de Los Simpson, cuya primera temporada en 1989 asombró por su combinación de humor negro y extraña sensibilidad, pasando por el controvertido éxito de Beavis and Butt-Head (1993–2011), la serie de culto Daria (1997–2002), la mucho más inofensiva King of the Hill (1997–2010), la cruel y excesiva Ren y Stimpy (1991–1996), el fenómeno mundial de South Park (1997), la retorcida Family Guy (1999) hasta la existencialista y cruel Rick and Morty (20139, la noción de los dibujos animados como un espacio novedoso para narrar historias sin relación con el mundo infantil, se convirtió en una constante dentro de la llamada “era dorada” de la televisión.

Las series se convertían en un vehículo cada vez más profundo y hábil para la narración y la televisión en una experiencia emocional y sus versiones animadas analizaban de forma extrañamente dura, y en ocasiones descarnada, la naturaleza humana en medio de chistes y pequeños trucos argumentales que, bajo la apariencia de una mirada inofensiva, tenían la capacidad de mostrar lo peor y lo mejor de nuestra cultura de una manera insólita.

El retrato inquietante de la familia norteamericana promedio creada por Matt Groening abrió paso a docenas de nuevos lenguajes, en los que lo grotesco, lo conmovedor y, casi siempre, lo retorcido de nuestra cultura tenía un papel preponderante. Se trató de un experimento exitoso que hilvanó los hilos naturales de la comedia de animación con cierta capacidad para parodiar los grandes temas existenciales. Una cualidad que convirtió a este extraño género híbrido en el favorito de buena parte de la audiencia.

La serie de Netflix BoJack Horseman, creada por Raphael Bob-Waksberg y que recientemente llegó a su capítulo final, es quizás la heredera más directa y digna de toda la lenta evolución de las series animadas en productos sofisticados para una audiencia mucho más compleja que los primeros grandes intentos de hace más de dos décadas. Mientras se acusa a Los Simpson de suavizar su lenguaje y de haber perdido parte de su dinámica interna y al resto de los programas semejantes de evolucionar en sentidos dispares y no siempre del todo coherentes, la historia del BoJack se volvió levemente antológica y también en una colección de aciertos narrativos. Lo que le brindaron a su última temporada un profundo aire de redescubrimiento y un acertado recorrido por su naturaleza como obra reflexiva y casi subversiva sobre la forma en que se analizan diversos temas en la actualidad.

Desde la depresión, los vicios o hasta la simple tristeza del desarraigo moderno, la serie culmina como un recorrido impecable por su versión sobre el dolor contemporáneo, construido a través de una magistral y conmovedora reflexión sobre el desamparo y, al final, la soledad. Todo en medio de un agudo sentido del humor y una notoria autoconsciencia. Para bien o para mal, BoJack Horseman termina en el lugar en el que comenzó: un recorrido amplio a través del complejo espíritu de nuestra época banal.

La belleza de los matices

YouTube/Netflix

BoJack Horseman no fue un fenómeno inmediato y su evolución fue de hecho, uno de los procesos más fascinantes en una serie que, poco a poco, encontró su identidad hasta convertirse en un discurso ponderado y profundo sobre temas controvertidos, más allá de la espectacularidad de los chistes provocadores o la necesidad de generar la controversia gratuita.

A medida que su creador encontró una fórmula inteligente para elaborar un discurso a la medida para su personaje, el caballo antropomórfico que luchaba por recuperar la gloria perdida se volvió más complejo, más elocuente, pero sobre todo emocionalmente valioso.

Para Raphael Bob-Waksberg, lo en realidad importante no era solo mostrar el lento declive de un personaje herido, roto y sin esperanzas, sino la manera en cómo el mundo a su alrededor se hacía más complejo y multidimensional. La noción sobre el bien y el mal moral se convirtieron en una apuesta arriesgada que la serie logró superar y además transformar en algo por completo nuevo.

Con un brillante guion y a menudo con un enfoque realista que llegó a resultar incómodo, el original de Netflix llevó a las grandes audiencias temas que, usualmente, no forman parte del repertorio de chistes y humor negro que llena a las series animadas para adultos.

Mientras en Los Simpson la infelicidad conyugal y el rechazo a la diferencia suelen ser analizados desde cierta redención utópica y Family Guy se decanta por la crueldad y lo obsceno, BoJack Horseman tomó la complicada decisión de hacer las cosas realistas a pesar de su extravagante elenco de animales humanizados y su deliberada intención de disolver el posible impacto de los planteamientos a través de burlas de humor negrísimo que dejaban un resabido agridulce.

Pero el argumento no solo se hizo cada vez más enrevesado, sino a la vez profundizó en su recorrido por la depresión, los vicios y adicciones, la pérdida, la muerte, el fracaso y al final, la pérdida del control sobre la propia vida. Para el mundo de la serie, golpear a un personaje con cáncer y dar alcohol a adolescentes funcionan en el mismo plano que el dolor desgarrador y violento en que BoJack Horseman se comprende a sí mismo. Un audaz y no siempre acertado recorrido por lo que somos como cultura. O, mejor dicho, ese reverso oscuro que nadie desea mostrar.

La humanidad y sus pequeños objetos silenciosos

El niño de cara redonda se asoma a la ventana y mira el pequeño jardín rodeado de una vulgar cerca blanca, tan común en cualquier serie e imagen sobre el estadounidense promedio que resulta reconocible de inmediato.

“Mi cuerpo está enterrado allí”, dice entonces el niño con tono desabrido y cansado, señalando un promontorio de tierra que destaca sobre la hierba plana. La chica a su lado lo mira entre desconcertada e inquieta. “No hay ningún propósito, ningún objetivo. Todos vivimos y morimos”, continúa. El muchacho mira de nuevo a su hermana, sin expresión, casi con tristeza. “Nada tiene sentido”, culmina.

La anterior es quizás una de las escenas más memorables de la serie Rick y Morty, que con su visión humorística, sardónica y cruel sobre la realidad, la identidad y las pequeñas creencias del mundo, desafía cualquier clasificación sencilla. De la misma manera que BoJack Horseman, analiza y puntualiza la versión más profunda de las ideas modernas sobre la identidad, la incertidumbre y el miedo a la la simple futilidad de la existencia, pero sin su conmovedora profundidad. Más interesada en el humor absurdo y en la crueldad, Rick y Morty enfocan el dolor y la naturaleza humana de la misma forma que BoJack Horseman, pero carente de su cualidad para comprender el sufrimiento como parte de una meditada cualidad sobre lo moderno.

Todo en clave de comedia y aderezado por una percepción sobre lo perverso muy cercano a lo inquietante, Rick y Morty pondera sobre la simplicidad de la existencia del hombre —y su arrogancia intelectual— desde la perspectiva de viajes en el tiempo, multiversos, inventos imposibles, toda una fauna alienígena en ocasiones por completo inexplicable. Pero, sobre todo, a partir de cierto fatalismo irreverente que intenta asumir la burla y la sátira desde lo fatídico. Para BoJack Horseman la cualidad del sufrimiento tiene un sentido coloquial, fatalista y patético.

Para la serie, el mundo interior de sus personajes es un paisaje que explora con una delicadeza asombrosa y, sobre todo, sin dejar de mostrar lo terriblemente egoísta, pendenciero y autoindulgente que podemos ser en las peores condiciones.

Mientras que en Los Simpson Matt Groening apostó en cientos de ocasiones a la redención de un Homer a menudo mezquino y en Futurama (la obra distópica que parte de la crítica considera su mejor obra) a exacerbar la condición humana en un matiz malicioso, pero siempre amable, BoJack Horseman hizo lo contrario y quizás, por eso, su recorrido a través de los terrores y dolores sea tan sincero e incluso terrorífico.

La serie tuvo un final agridulce que dividió a los fans e hizo reflexionar a la audiencia sobre la culpa expeditiva y la forma en cómo el argumento resolvió con cierta facilidad el hecho que BoJack había herido —y en más de una ocasión— a la mayoría de los personajes con los que interactuó. Pero de la misma manera que Breaking Bad, Better Call Saul e incluso Los Soprano encarnaron la versión de los antihéroes convertidos en símbolos de algo más frágil sobre nuestra cultura, la serie de Netflix completó su recorrido en pantalla recordando el poder de un buen argumento para dialogar de manera eficaz sobre temas controvertidos de manera honesta y en apariencia inofensiva.

Un paso adelante que BoJack Horseman logró dar con enorme elegancia y contundencia.