El director estadounidense Quentin Tarantino (Reservoir Dogs) se decantó de nuevo por la historia contrafactual para concluir Érase una vez en… Hollywood (2019). Realizó un ejercicio especulativo sobre lo que hubiese pasado si la masacre en el número 10050 de Cielo Drive de Beverly Hills, la mansión de la pobre actriz Sharon Tate (El baile de los vampiros) y el director Roman Polanski (El pianista), el 9 de agosto de 1969 no hubiese ocurrido nunca. La primera ocasión fue en Malditos bastardos (2009) con el fin de Adolf Hitler y, presumiblemente, el nazismo y la Segunda Guerra Mundial.

Pero el crítico cultural Steven Hyden no lo tiene tan claro, y apuntó poco después del estreno del filme en Estados Unidos, la última semana del mes de julio, que ese deslindarse de los trágicos sucesos verdaderos no tuvo lugar tampoco en la trama de la película de Tarantino. Toda la violencia que vemos cuando los jóvenes Charles “Tex” Watson (Austin Butler), Susan “Sexy Sadie” Atkins (Mikey Madison) y Patricia “Katie” Krenwinkel (Madisen Beaty) entran en casa del actor Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) con intenciones asesinas y, puf, acaban más o menos hechos tapioca no “es real” en el contexto cinematográfico según Hyden.

Como advertencia previa, dice el crítico que “esto no es un intento de «resolver» Érase una vez en... Hollywood”, y prosigue con estas palabras: “No estoy sugiriendo que Quentin Tarantino haya pretendido necesariamente nada de esto. Solo digo que así es como elegí interpretar la película”. Pero uno puede excluir en sus análisis el propósito cierto de un autor con su obra. En cualquier caso, concluye: “Esta interpretación se ha agregado a mi disfrute del filme, y espero que haga lo mismo por ti. Si no es así, ríete de ello y no pienses nunca más en el asunto. Sin embargo, si aumenta su disfrute, asegúrese de darme crédito”.

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Sony

Explica Hyden que el final trata de un viaje alucinógeno en el que se habría embarcado el asistente Cliff Booth (Brad Pitt), con cuyo pitbull Brandy repelió el ataque de los peligrosos amigos de Charles Manson, tras decidir que era un buen momento para fumarse el cigarrillo ácido que le había vendido el personaje de Margaret Qualley (The Leftovers) meses atrás. Habla de un surrealismo inexistente y de lo inverosímil que le resulta la destreza letal de Booth, especialista en el combate cuerpo a cuerpo, y que Dalton posea el lanzallamas de Los catorce puños de McClusky, pero podrían habérselo regalado tras el rodaje.

De modo que ninguno de estos supuestos detalles poco creíbles sirven para apoyar su teoría alucinógena, aunque no la desautoriza. Pero, para que la sangrienta secuencia de Érase una ve en... Hollywood pudiera catalogarse como fruto de la droga que consume Booth, cada escena protagonizada por Dalton durante el ataque —la del lanzallamas— y tras el mismo —el encuentro del actor con Sharon Tate— tendría que ser extrañamente imaginada por narices, puesto que su asistente no se encuentra delante para poder contemplarla. Y ni hay indicios narrativos de ello ni una lógica que invite a pensar que fuese así.

Otra cuestión es si esta ocurrencia hubiese mejorado el filme aunque, para eso, Quentin Tarantino debería explicitarlo, no esconderlo como se figura Hyden. “Cuando miras el final de Érase una vez en... Hollywood de esta manera, se convierte precisamente en la melancólica conclusión que merece esta melancólica película”, asegura, y remata: “No revisa la historia. Da un paseo por la calle, lejos de donde la historia está a punto de desarrollarse, un camino hacia un escape menos traumático (aunque dolorosamente temporal)”. Y es posible que, en ese sentido, sí haya estado acertado en sus elucubraciones.

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