crítica altered carbon segunda temporada
– Feb 29, 2020, 3:46 (CET)

‘Altered Carbon’, segunda temporada: descafeinando la ciencia ficción más ambiciosa de Netflix

La segunda temporada de Altered Carbon se disfruta, pero no tanto como la anterior porque han bajado el tono y los ingredientes que la hacían impactante.

Dos largos años le ha supuesto volver con una segunda temporada a Altered Carbon (Laeta Kalogridis, desde 2018), la serie de ciencia ficción más ambiciosa de Netflix que adapta con mucho tino la novela negra del mismo nombre escrita por el británico Richard K. Morgan (2002). Si antes de este proyecto se había lucido con los guiones de Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004) o Shutter Island (Martin Scorsese, 2010) y se había defendido bien con el de Terminator: Génesis (Alan Taylor, 2015), la cineasta hizo esto último en el de Alita: Ángel de combate (Robert Rodríguez, 2018) tras la primera temporada de la serie.

Con ella regresa el futurismo decadente y ciberpunk a lo Blade Runner (Ridley Scott y Denis Villeneuve, 1982, 2017) y el monólogo existencialista del rudo antihéroe Takeshi Kovacs, a quien ya no encarna Joel Kinnaman (House of Cards) sino Anthony Mackie (Million Dollar Baby), más conocido por su papel de Sam Wilson en el Universo Cinematográfico de Marvel. Y se trata de la cuarta vez que este actor participa en una obra de Netflix tras el filme IO (Jonathan Helpert, 2019), el episodio “Striking Vipers” (5x01) de Black Mirror (Charlie Brooker, desde 2011) y la película Point Blank: Cuenta atrás (Joe Lynch, 2019).

crítica altered carbon segunda temporada
Netflix

Este ciclo comienza con una sorpresita muy agradable en “Phantom Lady” (2x01), y pronto desgrana varios giros y un cierre en el que la sorpresa no es cosa menor. Y, entre las páginas de los guiones de “Payment Deferred” (2x02), “Nightmare Alley” (2x03), “Shadow of a Doubt” (2x04), “I Wake Up Screaming” (2x05) y “Broken Angels” (2x08), hay regalitos para la audiencia que se ciscan en la distancia y el paso del tiempo. Kalogridis y sus nueve escritores se las apañan para unir con total coherencia los cabos sueltos de la temporada anterior y construir un misterio diferente; según la segunda novela de Morgan, claro.

Pero también hay cabida para la emotividad entre tanto enfrentamiento físico y verbal, y no hablamos de que la motivación del protagonista consista en reunirse de nuevo con su amada en una Odisea homérica inversa. Y el personaje con el arco argumental más conmovedor es, sin duda alguna, el de Poe (Chris Conner), un arco que nos afecta por la humanización de una inteligencia artificial con algo propio del Alzheimer —comprensible para las familias de ancianos enfermos— y que, en parte, deriva además del que era el más emotivo de la otra temporada: el suyo con Lizzie Elliot (Hayley Law), atrapada en un bucle perverso de locura.

Su puesta en escena y su planificación visual siguen siendo muy competentes pero ha perdido cierta potencia, y ello redunda en el impacto que produce en los espectadores. Así, las emociones fuertes que antes nos ofrecieron no lo son tanto ya, y no se trata de lo único en lo que podemos ver a sus responsables algo tacaños: la violencia obcecada de coreografía y mucha sangre ha ido a menos también, igual que el humor sarcástico y la mala leche, que aquí brillan por su ausencia en todo momento. E incluso la ambientación no resulta tan imaginativa como antes. Parece que Altered Carbon se haya aburguesado un poco.

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A los actores no se les debe culpar de nada, ni a los habituales Chris Conner (American Crime Story), que encarna al ya mencionado Poe, o a Renée Elise Goldsberry (The Good Wife) como Quellcrist Falconer ni a las nuevas incorporaciones, sea Anthony Mackie y su flamante Takeshi Kovacs, Simone Missick (Luke Cage) en la piel de Trepp, Lela Loren (The Shield) como Danica Harlan, Torben Liebrecht (Operation Finale) interpretando al coronel Iván Carrera, Dina Shihabi (Jack Ryan) como Sitio 301 o James Saito (Canción de Nueva York) de Tanaseda Hideki.

Tal vez otra de las circunstancias por las que el conjunto se resiente bastante radica en que el personaje protagónico ya no es ningún antihéroe: al Kovacs de Joel Kinnaman no se le podía definir más que como un individuo desconsiderado y brutal, con su drama interior pero cuya simpatía residía en su mala uva; pero el de Mackie es un héroe con todas las letras, rudo pero mucho más blandito emocionalmente y en cualquier otro aspecto, y así le abandona gran parte de su pasado atractivo. Y de esta manera incomprensible han descafeinado la serie de ciencia ficción más ambiciosa de Netflix.