En 1920, un trabajador de los laboratorios Johnson &Johnson, Earle Dickson, observó que los aparatosos vendajes que su esposa colocaba sobre sus dedos cuando se cortaba trabajando en la cocina eran demasiado grandes y molestos para ella. Decidió utilizar tiras adhesivas quirúrgicas, o esparadrapo, y colocar en el centro un pedazo de venda estéril. Al ver que el resultado era un éxito, procedió a preparar más cantidad, de cara a futuros cortes, pegando cuadrados de gasa a intervalos iguales sobre un rollo de cinta, sostenido a su vez con un tipo de tejido rígido, llamado crinolina.

Ha pasado exactamente un siglo desde entonces y su invento, conocido hoy como tirita o curita, sigue usándose tanto en hospitales como en el entorno doméstico, para cubrir heridas pequeñas. Pero ya no son lo que eran. Los avances en las ciencias biomédicas están llevando a que ya no sean solo un simple cuadrado de gasa anclado a un trozo de cinta adhesiva, sino un paso más en el tratamiento de las heridas. Buen ejemplo de ello es el del invento que acaba de presentar en ACS Central Science un equipo de científicos procedentes de la Academia China de Ciencias. Se trata de una tirita que no solo es capaz de detectar bacterias en la herida, sino que también analiza posibles resistencias a antibióticos y aporta el tratamiento más adecuado en cada caso.

Un semáforo para detectar bacterias

ACS Central Science, 2020

Estas tiritas colorimétricas, que hasta ahora se han probado solo en ratones, actúan a primer nivel como una especie de semáforo. Una vez colocadas sobre la herida reaccionan con ella para determinar la presencia de bacterias.

Si esta es nula o muy escasa, el material se teñirá de color verde, mientras que si hay una cantidad que indique la necesidad de un antibiótico se teñirán de amarillo y si se trata de microorganismos resistentes, de rojo. Además, el color será más intenso cuanto mayor sea la concentración, en todos los casos.

Esto sirve como alerta, tanto para los pacientes como para el personal sanitario, pero no se quedaría ahí, pues también se encarga de activar el tratamiento más adecuado en cada situación. Si se tiñe de amarillo, se liberará una dosis de antibiótico adecuada para combatir las bacterias causantes de la infección. En cambio, si el color es rojo, se pondrá en marcha un proceso de terapia fotodinámica. Esta consiste en el uso de un fármaco, en este caso Zr-MOF PCN-224, que al someterse a una luz de longitud de onda específica produce radicales libres, que atacan a las células cercanas, en este caso bacterias. De este modo, se “echa una mano” a los antibióticos, al destruir los microbios que están preparados para resistirlos.

Aplicado tanto a tiritas como a vendajes de mayor tamaño, este invento supone un gran ahorro de tiempo de cara al tratamiento de infecciones, pues no habría que esperar a la realización del antibiograma típico para elegir el tratamiento más adecuado para la lesión.

Es un paso muy preliminar y aún falta escalarlo para su uso en humanos; pero, según explican los propios autores del estudio, sería muy barato y fácil de producir, por lo que en un futuro podría ser una herramienta tan útil como extendida. Mientras tanto, habrá que conformarse con las técnicas actuales y, sobre todo, recordar que si queremos evitar las resistencias a antibióticos deberíamos empezar por usarlos correctamente. Solo bajo prescripción médica, con dosis y duración del tratamiento adecuadas y, por supuesto, nunca para tratar un virus.

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