Aunque, por norma general, el lavado de dientes suele ir después de comer, muchas personas no pueden evitar cepillárselos nada más salir de la cama, antes de hacer cualquier otra cosa. El problema de este hábito es que, a veces, puede dar un sabor desagradable al desayuno, especialmente si el zumo de naranja se encuentra entre sus componentes. En realidad, no ocurre solo con este alimento, sino en general con cualquiera refrigerio dulce, con algún matiz amargo enmascarado. ¿Pero por qué?

La culpa la tienen el lauril sulfato de sodio y el lauril éter sulfato de sodio, ambos ingredientes utilizados para que el dentífrico pueda generar espuma, una vez que se mezcla con agua. Al igual que en otras sustancias que lo contienen, como la crema de afeitar, se consigue una consistencia jabonosa que facilita la limpieza dental, pero también supone algunos efectos menos deseados. Concretamente, son dos las razones por las que justo después de su uso ciertos alimentos nos saben a rayos: el bloqueo del sabor dulce y la estimulación del amargo.

Alteración del sabor

Hasta no hace mucho tiempo, solíamos estudiar en el colegio la lengua como un mapa de colores, que se correspondía con los sabores que podían detectar las papilas gustativas de cada zona. Aunque haya libros de texto que insistan en seguir mostrando este dibujo, hoy sabemos que en realidad no es así y que el gusto se distribuye por igual por toda nuestra lengua. Sin embargo, sí que es cierto que hay receptores especializados en diferentes sabores y que, si estos se bloquean, el gusto de un alimento puede cambiar mucho.

Y eso precisamente es lo que hacen estas dos sustancias; ya que, según un estudio publicado en 1980, tienen la capacidad de actuar bloqueando la percepción del dulce. Pero la cosa no queda ahí, pues se ha comprobado que también degradan los fosfilípidos, unas moléculas que normalmente ayudan a enmascarar el sabor amargo. El resultado final es un gusto amargo más intenso, que ya de por sí se había hecho más notable al eliminar el dulce de la ecuación.

Afortunadamente, el efecto no dura mucho tiempo, por lo que bastaría con dejar un tiempo prudencial entre el cepillado y el desayuno para evitar esta desagradable situación. O, en todo caso, lavar los dientes después de comer. Sea como sea, lo importante es que ninguna de las dos sustancias es peligrosa para nuestra salud y que sus efectos “negativos” no van más allá de fastidiarnos el dulzor de los alimentos.