A las 14:00 (hora local) de ayer, las cámaras públicas que toman imágenes cada diez minutos del volcán Whakaari, en la isla neozelandesa de White, captaban a un grupo de personas que se acercaban al cráter, del que salía una tímida columna de humo blanco. En la siguiente captura, a las 14:10, el grupo se aleja de él, quizás por un aviso de lo que estaba por venir solo un minuto después, cuando el volcán entró abruptamente en erupción, envolviendo todo en una nube de humo y cenizas.

Estos eran solo algunos de los 47 turistas que se encontraban en la isla en esos momentos. Poco después se confirmaba el fallecimiento de cinco de ellos y la desaparición de otros ocho, que hoy ya han sido dados por muertos por las autoridades, que por ahora saldan el número de víctimas en trece. El resto fueron evacuados a tiempo, aunque 31 siguen en el hospital, algunos en estado de gravedad. El pasado día 3 de diciembre, se emitía un aviso de riesgo de erupción, por la emisión de gases en la zona. Sin embargo, las empresas dedicadas a la realización de visitas guiadas en la isla llamaron a la calma y señalaron que este aumento de actividad no afectaría a los turistas. No hay más que ver las imágenes de las cámaras para comprobar que todo parecía en calma solo unos minutos antes de que se desatara la pesadilla. ¿Qué ocurrió entonces? ¿Cómo pudo ocurrir todo tan deprisa? La respuesta está muy en el fondo, literalmente hablando.

Una pesadilla fugaz

Según los vulcanólogos de GeoNet, fue una erupción de muy corta duración, que tuvo lugar de forma impulsiva, lanzando restos de roca y cenizas a varios metros de distancia y generando una columna de humo que alcanzó los tres kilómetros sobre la salida del cráter.

Este fenómeno se corresponde con una erupción freática, que se da cuando el magma interacciona con alguna masa de agua cercana, dando lugar a un sobrecalentamiento de esta. En este caso, fueron las aguas subterráneas y las del lago circundante las que finalmente terminaron alojándose en los poros de las rocas, en un estado de presión acumulada, que podía liberarse con algo tan simple como un pequeño terremoto, la entrada de gas o la subida del nivel del lago.

Lo ha explicado el profesor de Ciencia de la Tierra de la Universidad de Auckland Shane Cronin en un artículo para The Conversarion, en el que incide en la dificultad para predecir este tipo de sucesos con las herramientas actuales. Cuenta que para lograrlo sería necesario rastrear la presión potencial de vapor y líquido en los sistemas hidrotermales y aprender de su comportamiento a largo plazo cuando están en un estado súper crítico. A día de hoy, esto es complicado, pues cada sistema hidrotermal es diferente y, además, al ser erupciones provocadas por vapor en vez de magma, es mucho más difícil anticiparse.

Por eso, es imposible descartar que lo que acaba de ocurrir en Nueva Zelanda no vaya a pasar de nuevo, antes o después. Al fin y al cabo, se sabe que en los últimos 100 años el volcán Whakaari ha experimentado 60 erupciones de este tipo. Por lo que pueda pasar, a la hora de elegir un lugar en el que hacer turismo no estaría de más informarse sobre la presencia de volcanes y el nivel de actividad en el que se encuentran.

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