Suele decirse, con mucha razón, que para nuestras antepasadas cercanas los partos eran más complicados y peligrosos. La mayoría de nuestras abuelas y bisabuelas daban a luz en casa, en muchas ocasiones con condiciones higiénicas poco deseables y personal sin cualificar como ayuda. Por eso no es extraño que la más mínima complicación pudiera terminar con la muerte del bebé o la madre, o con alguna lesión fruto de las malas prácticas realizadas.

Pero si retrocedemos unos cuantos millones de años, ¿ocurriría lo mismo? ¿Lo pasarían igual de mal las hembras de otros homínidos anteriores al Homo sapiens? Lo lógico sería pensar que cuanto más antiguo sea el caso mayor riesgo correría. Sin embargo, un nuevo estudio, publicado recientemente en PLOS One, concluye que en realidad las mujeres de la época de Lucy lo tenían bastante más fácil que las que paren hoy en día.

El tamaño sí importa

Si la evolución nos ha dado como especie algo verdaderamente beneficioso en comparación con nuestros antepasados, eso ha sido sin duda el tamaño de nuestros cerebros, que nos confieren unas habilidades cognitivas mucho mejores.

Pero no todo podía ser perfecto. Ese gran cerebro nos aporta múltiples beneficios, pero el gran tamaño del recipiente que lo contiene puede jugarnos alguna mala pasada. Y si no, que se lo digan a cualquier mujer que haya experimentado un parto, especialmente si ha sido sin epidural.

Por pequeño que sea el bebé, que su cabeza atraviese las caderas de la madre y cruce el canal del parto hasta salir al exterior es todo un periplo lleno de dolor y esfuerzo. ¿Qué pasaba entonces con las homínidas que tenían que traer al mundo niños con cráneos mucho más pequeños?

Esta pregunta se la hizo un equipo de científicos de la Universidad de Boston, que decidió reconstruir cómo sería el parto de una hembra de Australopithecus sediba, del mismo género que la famosa Lucy.

Según los registros fósiles; este homínido, que vivió hace 2 millones de años, tenía una pelvis y un canal del parto muy similar al del Homo sapiens. Sin embargo, su cabeza era mucho más pequeña.

En las mujeres actuales el bebé tiene que rotar varias veces para poder cruzar el canal del parto. No obstante, dado el tamaño de los huesos que se conservan de A.sediba, parece ser que en su caso no fue así. De hecho, los niños deberían haber tenido un cráneo entre un 28% y un 42% más grande para que fuese necesario el giro. Tampoco la anchura de los hombros habría supuesto un problema, ni siquiera para cruzar la parte más estrecha de la pelvis materna.

Estos investigadores creen que el caso de Lucy, perteneciente a la especie Australopithecus afarensis, habría sido muy similar. Lo que no tienen claro es en qué momento el parto comenzó a complicarse tanto como para hacer necesaria la rotación. Por suerte, hoy en día ese gran cerebro ha dotado al ser humano de la capacidad para asistir a las embarazadas de la mejor forma posible, evitando muchas muertes y problemas durante el alumbramiento. Pero las personas con esta capacidad solo se encuentran en los centros médicos y, por desgracia, a pesar de nuestra gran ventaja cognitiva aún hay muchas madres que creen seguro traer a sus hijos al mundo en casa. La evolución nos ha hecho un gran regalo, pero debemos usarlo con cabeza. Nunca mejor dicho.