– Sep 5, 2019, 18:30 (CET)

‘It: Capítulo 2’, una versión más triste y oscura de la primera entrega

Era difícil estar a la altura de las expectativas, pero It: Capítulo 2 es una cinta a la altura de su predecesora, aunque mucho más triste y conmovedora. En cierto modo, ha crecido a la vez que los personajes y nos ofrece una versión más adulta de tramas que se repiten de forma cíclica.

Los carteles promocionales de It Capítulo 2 pueblan las marquesinas de cada ciudad. El rostro del temido payaso Pennywise nos persigue allá donde vayamos como a los protagonistas del Club de los Perdedores en esta segunda entrega. Estar a la altura de la película de terror más taquillera de la historia es una tarea ciertamente complicada, sobre todo cuando la propaganda nos promete más y mejor. Lo cierto es que la cinta es distinta en muchos aspectos a lo que vimos en It, pero desde luego merece la pena quedarse a ver lo que nos propone Andy Muschietti.

La película comienza con una paliza. Una escena oscura, brutal y despiadada que nos quita el verano de encima y nos lleva directamente al 31 de octubre. Es un golpe de efecto directo a la mandíbula que siembra una sensación de desprotección en la sala de cine desde el primer momento. A partir de ahí, cualquier cosa puede pasar; se acabaron los juegos de niños. Sin embargo, y pese al comienzo impactante, el primer tercio del filme se hace mucho de rogar. La película se toma su tiempo en presentarnos qué ha sido del entrañable grupo de niños tantos años después, en reunirlos y en sentar las bases de lo que conforma en sí misma la trama.

El punto fuerte de esta historia en 2017 fueron sus personajes. El Club de los Perdedores estaba formado por seis niños entrañables con los que el espectador se encariñaba enseguida, en parte por sus personalidades dispares y atrayentes, y en parte por que el reparto clamaba por tu instinto maternal de forma automática. 27 años después, los niños han crecido para convertirse en lo que fácilmente podríamos esperar de ellos. El cínico Richie es ahora un cómico profesional, Bill escribe novelas de terror, Eddie es agente de riesgos y Ben es arquitecto. Ninguno de ellos ha cambiado en realidad, porque todos están repitiendo los mismos patrones que creíamos superados después de It.

Al alejarse de Derry, han olvidado todo lo que vivieron aquel terrorífico verano, incluidos sus arcos de personaje. De modo que Beverly sigue en una relación abusiva y Eddie vuelve a tomar medicamentos en exceso. A su vuelta a la ciudad, no solo recuperan poco a poco la memoria, también sus viejos temores, riñas e inseguridades. Pese a que todo esto tiene sentido a nivel argumental, se hace algo pesado para el espectador, ya que es como volver a ver algo que ya tienes procesado. Este es un fallo inevitable por cómo se han dividido las películas con respecto a la novela de Stephen King. Las cintas separan la historia infantil de la adulta, mientras que, en el libro, ambas se van intercalando, lo que seguramente sea un mejor camino para ver la evolución de estos temores que tienen que superar en ambas ocasiones.

Por fortuna, el reparto adulto es casi igual de impresionante que el infantil, y compensa todos los puntos negativos. Desde Jessica Chastain (Beverly) hasta James Ranson (Eddie), sus actuaciones recogen lo sembrado por sus predecesores y, en el caso de este último, de forma francamente espectacular. Nada puede decirse del trabajo de James McAvoy (Bill) que no se haya dicho ya; es un buen actor, que no tiene problemas en meterse en la piel de personajes tan dispares como su múltiple personalidad en Split y Glass o el señor Tumnus en Las crónicas de Narnia, y Bill Denbrough no se le iba a resistir. En esta película, sin embargo, se ve completamente eclipsado por otro personaje. Parece que Richie va a ser el plato fuerte de ambas entregas, primero interpretado por uno de los niños de Stranger Things, Finn Wolfhard, y ahora por Bill Hader. El protagonista de Barry está siendo el gran descubrimiento de la cinta, cuya interpretación han destacado ya todas las primeras impresiones de la crítica internacional. No es para menos. Su personaje lleva una de las mayores cargas emocionales de la historia, la única que sale un poco de esa versión cíclica que caracteriza a la película y, por tanto, atrae el mayor interés.

No obstante, la sensación de repetición no nos abandona durante toda la película: los escenarios, los personajes, las tramas; todo parece lavado de más, como una prenda de ropa un poco desgastada, pero que aún te puedes poner para salir a la calle. Incluso la actuación de Bill Skarsgård como Pennywise se ve menos impresionante, aunque tal vez esto tenga que ver con que ha perdido el factor sorpresa. En 27 años, el payaso no ha aprendido muchos trucos nuevos, y de cierta manera, ya lo vemos venir. Esto no afecta, por otro lado, a la ambientación de Derry, tan espeluznante como la primera vez, ni a la maravillosa banda sonora de Benjamin Wallfisch, que se ha superado a sí mismo en esta segunda entrega. También hay mucho más humor en It: Capítulo 2 del que había en la cinta de 2017. Con la misma escena que te ha erizado el vello de los brazos puedes reírte a carcajadas, y más de un momento que se convertirá sin ninguna duda en un meme sobreexplotado en las redes sociales en menos de una semana.

La balanza entre terror y humor está bien equilibrada, pero hay algo que no termina de encajar. Por un lado, Pennywise no es aterrador —aunque, tal vez, ese fuera el propósito de esta segunda entrega—. Las cosas que te asustan de niño ya no lo hacen cuando eres mayor; el payaso que te perseguía en tus peores pesadillas se ha convertido en un simple bufón al que no te paras a mirar dos veces. Y es que Pennywise nunca dio miedo por sí mismo; a lo que temen este grupo de adultos un poco disfuncionales, es a lo que Pennywise puede recrear. Sus mayores miedos, sus temores y secretos mejor escondidos. El payaso mira a través de ellos y los reduce a la cualidad que más les aterroriza: el gordo, el gay, el tartamudo, la zorra.

Perseguidos por los fantasmas de la adolescencia

La historia funciona tan bien porque todos hemos sido, en mayor o menor medida, unos perdedores. Todos hemos tenido catorce años y hemos estado avergonzados por nuestro aspecto o nuestra forma de ser, a todos nos pesa la culpa de algún error cometido hace mucho tiempo, o escondemos nuestras inseguridades con un agudo sentido del sarcasmo. Todos tenemos nuestro propio Pennywise a la vuelta de la esquina esperando para atacar en un momento de debilidad.

Por eso, el mensaje de unidad, de amistad y de apoyo que lanza la primera película y refuerza esta secuela, nos toca muy de cerca y hacen que la película sea fácilmente disfrutable por un perfil de público muy amplio. En cierto modo, esta película es una versión más triste de la primera, en la que las consecuencias, físicas y psicológicas de lo que ocurre tienen mucho más peso, los traumas están mejor escondidos y es más difícil superarlos, casi como una metáfora de lo que significa el paso a la edad adulta. Repetimos los mismos errores de siempre, solo que ahora estamos más cansados, tristes y asustados que antes.

Sin embargo, It: Capítulo 2 tiene dos problemas que el primer capítulo no tenía. El primero es una falta de ritmo patente en la primera hora de metraje, y el segundo tiene que ver, precisamente, con los miedos de los protagonistas. Da la sensación de que se han esforzado por mostrar un terror más explícito y menos psicológico. Sí, claro, tenemos nuestra buena dosis de manipulación psicológica y pruebas de superación como en la primera entrega, pero también un exceso de criaturas grotescas, que apelan más a nuestro sentido del asco que del miedo. En muchos casos, ni siquiera están directamente relacionados con los temores de los personajes, sino que aparecen como una representación generalista de lo desagradable y se aleja de ese espíritu de superación de los fantasmas personales.

Igual que sucede con Érase una vez… En Hollywood, casi tres horas de metraje seguidas son difíciles de asimilar, sobre todo si los últimos diez o quince minutos son tan intensos como es el caso. Muchos saldrán del cine con la sensación de no recordar lo que ha pasado más allá de la congoja que se les ha pegado al cuerpo con las últimas escenas. Lo cierto es que es una película que hay que ver más de una vez. La primera para averiguar qué pasa y llevarte los sustos pertinentes; y la segunda para disfrutarla de verdad y recrearte en los pequeños detalles que conforman Derry —la cartelera del cine, las apariciones secretas de Pennywise, la evolución de los personajes a través de los pequeños gestos—. Desde luego, volver a Derry merece la pena y, por suerte, nosotros no tenemos que esperar 27 años para hacerlo.