– Sep 24, 2019, 9:04 (CET)

Uber lucha por mantener su estatus en EE.UU. y Europa se cuestiona el futuro del empleo de calidad vinculado a la tecnología

Mientras en Estados Unidos, Uber y Lyft luchan contra el Gobierno de California por un proyecto de ley que podría terminar con su modelo de negocio en el país, algunas partes del mundo se siguen preguntando por el futuro de la laboralidad y la nueva economía.

El auge y caída de las empresas en el mundo forma parte del devenir habitual de la economía. Son pocas las entidades que logran sobrevivir muchos años. Algunas desaparecen, otras son compradas o se fusionan con un pez mucho más grande. Muchas de ellas pasan a mejor vida por el cambio de los gustos de los usuarios; recientemente la agencia de viajes Thomas Cook ha anunciado su quiebra. Con la nueva horda de entidades, principalmente de corte tecnológico, habrá que esperar para conocer cuál es su esperanza de vida.

Pocos son los que se aventurar a determinar sobre el futuro de la "nueva economía" o "economía de plataformas", precisamente por aquello de lo nuevo. Igualmente, el perfil es, más o menos el mismo: empresas de servicios, con pocos activos en propiedad, grandes previsiones de crecimiento mundial por su elevada escalabilidad, millones en inversiones y sonadas salidas a bolsa que terminan en cifras algo más frías de lo esperado. Sin embargo, si en algo se ponen de acuerdo todos los expertos sobre el perfil común de estas compañías es en su relación con el mercado laboral y normativo. Tanto es así que el nuevo paradigma se granjeó un nombre propio: la uberización de la economía.

Acción, reacción y posicionamiento del discurso

Cual adolescente rebelde, el sector de la economía digital –algunos jugadores– ha sabido moverse como pez en el agua con unas reglas de juego bien posicionadas en su contra. En otras palabras: han hecho y deshecho a su antojo. ¿Cómo lo han hecho? Para Carlos Gutierrez, de Comisiones Obreras, el sistema está claro: "Un discurso muy bien cuidado asociado a la precariedad que vende las bondades de un sistema que solo nos está haciendo retroceder a los derechos laborales del siglo XIX", explica. Un retorno a la fuerza de trabajo como mercancía.

"Al principio se asociaba todo a la economía colaborativa, y eso nos gusta a todos, pero eso ya se ha perdido y hemos pasado a las plataformas centrando todo su esfuerzo en ser empresas modernas que se vinculen al estatus social".

Al final, argumenta, la nueva oferta de compañías tecnológicas –e insiste en que no todas, porque hay de todo en el mundo– han sabido asociarse a un bajo precio y al ocio en casa. "Si no puedes salir a cenar, pide comida. Si no tienes dinero para pagar un coche, pide uno más barato. Si no puedes tener una casa, ve a un coliving, para la oficina compartida un coworking y también te ofrecen trabajar durante las vacaciones 'pero de otra manera'; todo esto se asocia a un círculo vicioso de precariedad ante un grupo tan grande de gente que necesita comer, consumir y vivir que, de forma indirecta, hacen crecer la desigualdad", explica.

Efectivamente, si hay algo que hay que concederle a la nueva economía es la de saberse posicionar en las necesidades de la gente o, desde su puesto de vista, usuarios. Glovo o Deliveroo, Uber o Cabify, Airbnb... conquistaron los smartphones de los usuarios desde hace tiempo. Tanto así que durante sus primeros años de crecimiento y expansión, pocas fuerzas políticas osaron ponerse en su camino: eran fuente de empleo en los años posteriores a la crisis mundial –el tipo de empleo en ese momento daba igual–, fuente de atracción de inversión y, muy especialmente, de innovación tecnológica y productividad. Ahora, las reglas del juego están cambiando por la vía del trabajo y, para Miguel Angel García, viceconsejero de empleo de la Junta de Andalucía, "no todas las empresas se han basado en mayor tecnología y productividad, como muestran los repartidores en bici o los conductores de coche". Asímismo, añade como elemento diferenciador para el crecimiento de este tipo de economías, la cuestión de la competitividad:

"Se ha perdido la competitividad de los países avanzados, que gozaron de una posición privilegiada, en favor de los países emergentes; porque el mundo ha cambiado. Ante esta situación, muchas empresas deben mantenerse con una menor remuneración del trabajo y también del capital".

La huída de la laboralidad y el futuro de la economía digital

"Ni la ha inventado Uber, ni se va a terminar con ellos", sentencia Carlos. "Es cierto que los cambios tecnológicos han incentivado la cuestión laboral, pero no son determinantes ni excluyentes".

La cuestión de la empleabilidad y, muy especialmente, de la calidad del empleo ha traído de cabeza a los gobiernos de varios de los países del mundo en los que estás compañías se encuentran operando. Mientras Deliveroo ya cuenta sentencias en contra en España por lo que se ha considerado una relación de "falsos autónomos" y Glovo juega en la cuerda floja con un 50-50 en los Tribunales –la falta de consenso sobre si los repartidores son autónomos o no sigue estando en el centro del debate–.

En el sector de la vivienda, los propietarios contra Airbnb lograron una suerte de victoria en algunas capitales; Madrid, bajo el Gobierno de Carmena se posicionaba en contra del alquiler turístico con algunos claroscuros. En el capítulo de la movilidad, lo último sobre la rivalidad entre el taxi y las diferentes plataformas ha sido la presentación de una demanda (del lado del taxi) por cesión ilícita de conductores entre compañías según informaba El Confidencial.

Al otro lado del charco, en Estados Unidos, la batalla por la laboralidad también promete ser larga. Desde hace un tiempo, los Gobiernos de las diferentes regiones han estado iniciando legislaciones que ponen en un compromiso la actividad de algunas de las grandes compañías tecnológicas. Mientras se suceden las huelgas de los conductores de Uber por lo que consideran que es un atropello por parte de la compañía, bajar sus comisiones mientras suben los precios de los trayectos, el Gobierno de Nueva York ha exigido un sueldo mínimo para estos trabajadores y ha bloqueado el número de vehículos que circulan por las vías.

En California, un proyecto de Ley podría poner fin al negocio de Uber o Lyft. Según el AB5 (Proyecto de Ley 5), el objetivo sería convertir en empleados a todos los conductores –ahora en régimen de autónomos–. Esto obligaría a las plataformas a ofrecerles un salario mínimo, vacaciones, días libres y un aumentos de los costes que se estiman en 500 millones de dólares aproximadamente.

Para Uber y Lyft esto pondría en jaque su sistema de conductores no profesionales en Estados Unidos, el cual no consiguió entrar en el mercado Europeo. Según sus primeras declaraciones, esta ley no se aplicará a sus conductores ya que según el texto solo afectaría a los "elementos fundamentales del negocio". De nuevo, llega el debate de empresa de transporte o de plataformas; lo que en Europa se sentenció que formaba parte de lo primero, en Estados Unidos aún se mantienen en la segunda. De momento, la situación promete convertirse en un litigio legal largo, para el que Lyft y Uber han prometido abonar 60 millones de dólares.

¿Esto podría pasar en Europa? La realidad es que el Viejo Continente ya ha luchado con los gigantes de la tecnología en varias ocasiones y mantienen un sistema diametralmente opuesto al de Estados Unidos. Para Carlos, aunque llame la atención la situación del país norteamericano, "los entornos laborales europeos no permiten manga ancha", explica. Glovo ha venido solicitando un sistema similar al del autónomo digital francés como respuesta a todos los problemas de la laboralidad en España, sin embargo, "hay que tener mucho ojo con esto", argumentan desde CC.OO., "hay una sentencia contra Just Eat [acogido a este sistema] en Francia por falsos autónomos; da igual cómo lo llames, porque si hay subordinación la hay. El problema no es la regulación, es que los nuevos modelos de negocio no se adaptan a ninguna figura laboral y, por lo tanto, quizá no deberían existir". Con todo, aún creen que ganará la laboralidad en un entorno en el que, según su punto de vista, la economía de plataformas está poniendo en riesgo los derechos del trabajo tal y como los conocemos.