Aunque puede que en el proceso lo pusiéramos todo un poco perdido, la mayoría de nosotros no tendríamos problema para comer con los ojos vendados. En el trayecto del cubierto hacia nuestra cara podría derramarse algo de comida, pero no sería difícil encontrar la boca, del mismo modo que también podemos tocar nuestra nariz con los ojos cerrados. Todo esto se consigue gracias a una cualidad conocida como propiocepción, que nos permite conocer la posición de las diferentes partes de nuestro cuerpo. Es un sentido esencial, pues nos ayuda a comprender que un objeto que sujetamos con la mano no forma parte de nosotros, del mismo modo que impide que los animales se coman sus propias patas.

Conocer los mecanismos que influyen en un correcto desarrollo de la propiocepción es muy importante, ya que este sentido se ve afectado en muchas enfermedades de origen neurológico, como el alzhéimer. De hecho, muchos pacientes con este trastorno no pueden alimentarse por sí mismo precisamente por no ser capaces de encontrar su boca. Por eso, un equipo de científicos del University College London (UCL) publicó recientemente en European Journal of Neuroscience un estudio en el que se demuestra a través de una curiosa ilusión que la percepción del lugar que ocupa nuestra boca no es algo puramente innato, sino que también influye el aprendizaje, de modo que puede entrenarse un cambio en lo que se concibe.

¿Dónde está tu boca?

Para la realización del estudio, se le vendaron los ojos a un grupo de voluntarios, que además tuvieron que colocar la barbilla sobre un soporte, similar al que se utiliza para realizar las radiografías dentales. Justo por debajo de este, a ocho centímetros de los dientes reales, se colocó una dentadura falsa. A continuación, uno de los científicos, Davide Bono, dijo a los participantes que les cogería la mano y tocaría con ella sus dientes. Sin embargo, les tocó los dientes con su propia mano, mientras que dirigía la mano de cada uno de ellos a la dentadura falsa.

A continuación, cuando se les pidió que se tocasen la boca ellos mismos, sin ayuda, ninguno lo logró y todos se quedaron a una distancia media de 1’5 centímetros. Además, cuando Bono les llevó la mano hacia los dientes falsos creían que en realidad estaban tocando su boca.

Los resultados se repitieron tanto al colocar velcro en los dientes falsos como al tocarlos en direcciones opuestas, aunque no cuando se colocaron piezas dentales muy separadas entre sí. En ese caso los voluntarios lograron encontrar correctamente su boca, aunque igualmente cuando tocaron los dientes por separado pensaron que eran suyos.

En definitiva, este estudio demuestra que la propiocepción asociada a la posición de la boca es un sentido plástico, que se puede modificar con al aprendizaje, lo cual supone una gran noticia de cara a planear sesiones de entrenamiento para los pacientes antes mencionados.

De la boca a la mano

Este “juego” está basado en otro, conocido como “ilusión de la mano de goma”, que fue desarrollado por primera vez por dos científicos de la Universidad Carnegie Mellon, Matthew Botvinick y Jonathan Cohen.

Básicamente, consiste en que una persona debe colocar sus dos manos sobre una mesa. Una de ellas se esconde a la vista y se sustituye por una mano de goma, que se conectará al cuerpo del participante a través de una manta o una toalla. A continuación, el experimentador debe acariciar con un pincel u otro objeto similar la mano real que queda libre y la de goma, simultáneamente. Esto hará que la mano falsa comience a sentirse como propia. Mientras tanto, de forma inesperada, el otro jugador debe sacar rápidamente un martillo y golpear la mano de goma. Aunque aproximadamente un 10% de los participantes no llegan a experimentar nada en ese momento, algunos intentan apartar la mano, aunque no puedan, y otros se llevan un susto de muerte. De hecho, se ha comprobado que en el momento del golpe se activan las regiones del cerebro asociadas a la alerta y el miedo, e incluso que la temperatura de la otra mano baja ligeramente, como si por un momento dejara de percibirse como propia.

Todo esto parece estar inducido por el tacto. Sin embargo, en un estudio publicado en 2013 en Proceedings of the Royal Society se concluyó que en realidad se podría conseguir el mismo resultado sin necesidad de usar el pincel, ya que bastaría con hacer creer a la persona en cuestión que vamos a acariciar la mano.

Es increíble la cantidad de información sobre el cerebro que se puede obtener con un experimento tan simple que incluso podríamos reproducirlo en cualquier reunión con amigos. Un plan interesante para este verano.