La extinción de un mamífero suele llamar más la atención que la de un ave, esta a su vez más que la de un anfibio y muchísimo más que la de un insecto. Es muy triste, pero solemos empatizar más con la desaparición de los animales de mayor tamaño, a pesar de que todos son igual de importantes en los ecosistemas en los que habitan. Pero si hay algo que pasa incluso más desapercibido que la extinción de animales pequeños, es sin duda la desaparición de las plantas. Poco paramos a pensar en la velocidad a la que el cambio climático y la actividad humana están ejerciendo sobre su existencia. Y lo cierto es que su caso es mucho más dramático que el de los animales, según un nuevo estudio publicado recientemente en Nature Ecology and Evolution.

Sus autores, un equipo de científicos de la Universidad de Estocolmo y el Real Jardín Botánico de Kew, en Reino Unido, se han encargado de analizar los registros de más de 1.000 plantas extintas, llegando finalmente a la conclusión de que su velocidad de desaparición es mayor que la de los mamíferos, los anfibios y las aves. Todos ellos juntos.

Un drama silencioso

En realidad, la base de datos analizada por estos investigadores se creó en los años 80, pero nunca llegó a publicarse. Ahora, ellos se han encargado de dar a conocer su contenido, comparándolo con el de las más famosas listas de especies animales extintas.

De este análisis se concluye que entre 1753 y 2018 se han extinguido 571 especies vegetales, casi cuatro veces más de las que estaban registradas en la Lista Roja de Especies Amenazadas, en la que figuraban menos de 150. En definitiva, estas cifras reales superan al doble del número de mamíferos, aves y anfibios desaparecidos en ese mismo periodo de tiempo.

Pero esto no es lo único que estudiaron estos científicos. En su publicación también establecen los puntos del planeta con una mayor proporción de especies vegetales extintas. Concretamente, se trata de zonas con gran diversidad, como las islas. También las especies leñosas de las selvas tropicales y las plantas mediterráneas se encuentran entre las que corren un mayor peligro, dadas las circunstancias.

Lamentablemente, no han encontrado un patrón genético que establezca los factores que hacen a una especie más vulnerable, algo que dificulta notablemente los esfuerzos de conservación. De cualquier modo, este estudio sirve para dar a conocer un grave problema del que buena parte de la población no es consciente.

A todos nos suenan nombres de animales como el dodo, el bucardo o el tigre de Tasmania. Sin embargo, plantas como el olivo de Santa Helena o el sándalo de Juan Fernández resultan mucho menos familiares, a pesar de que su situación es exactamente la misma. Ahora sabemos un poco más sobre ellas. Solo queda encontrar el modo de salvar a las que actualmente se encuentran en peligro. De momento, a falta de patrones genéticos, solo nos queda luchar con todas las armas posibles contra el cambio climático. Por los animales, por las plantas y, en definitiva, por el futuro del planeta.