Aunque para muchos los transgénicos son una aberración de la ciencia que ha llegado al mundo para destruirlo, lo cierto es que gracias a ellos y a todo lo que les queda por ofrecernos la calidad de vida los humanos será cada vez mejor. Ya contamos con productos de origen transgénico tan necesarios como la insulina, generada por bacterias modificadas para sintetizar la hormona humana. Pero eso no es todo. Por ejemplo, un estudio reciente liderado por una investigadora de la Universidad de Navarra demostraba la utilidad de un virus transgénico para atacar uno de los tumores cerebrales pediátricos más mortales.

La lista de “transgénicos medicinales” es cada vez más amplia y a ella podría añadirse ahora el hallazgo de un grupo de investigadores de la Universidad de Maryland y el Instituto de INvestigación en Ciencias de la Santé/Centre Muraz de Burkina Faso, cuyos resultados se publican hoy en un estudio de la revista Science. Se trata de un hongo transgénico, modificado para producir una toxina letal para el mosquito de la malaria, mermando su población antes de que puedan reproducirse y diseminar esta enfermedad, que tantas muertes causa en las zonas menos desarrolladas del planeta.

Un hongo con veneno de araña

Los autores del estudio llevaban tiempo investigando el potencial de Metarhizium pingshaense. Se trata de un hongo muy usado en agricultura por su capacidad para matar a algunos mosquitos causantes de plagas en los cultivos. Lamentablemente, cuenta con un pequeño inconveniente, ya que el tiempo que tarda en acabar con los insectos es bastante largo, por lo que muchos pueden reproducirse antes de morir, evitando que la población quede suficientemente mermada.

Por eso, el objetivo de estos científicos fue buscar un método que permitiera que siguiesen infectando a los mismos insectos, pero con un periodo de acción corto. Para ello, modificaron genéticamente al hongo, confiriéndole la capacidad de producir una toxina mucho más rápida y letal, sintetizada normalmente por la araña de tela en embudo de las Montañas Azules de Australia. Dicho veneno ya había sido aprobado por la Agencia para la Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA), por lo que se consideraba seguro para su utilización en el Medio Ambiente.

Pero no solo se introdujo el fragmento de ADN necesario para la síntesis de la toxina, sino que también se llevó a cabo una pequeña modificación en un “interruptor genético” del propio hongo para hacer su nueva función todavía más eficaz. Los “interruptores genéticos” tienen la función de activar la expresión de uno o varios genes bajo condiciones determinadas. En el caso del hongo sin modificar, tiene la función de promover la síntesis de una capa protectora que lo oculta del sistema inmunitario de los mosquitos. La producción de esta capa es muy costosa energéticamente, por lo que solo se hace cuando no hay más remedio, una vez que se detecta que el hongo ha entrado en contacto con este insecto concreto.

En el caso del Metarhizium transgénico, se modificó para que el interruptor se “encendiera” también al penetrar en el mosquito, pero en vez de la capa protectora promoviera la síntesis de la toxina de araña.

Pruebas en un entorno simulado

Una vez que se obtuvo el hongo transgénico y se probó con éxito en el laboratorio, se procedió a estudiar su eficacia en una población simulada, en un área rural de Burkina Faso endémica de la malaria. Se construyó una estructura de 2.000 metros cuadrados con varias chozas, con cámaras experimentales, plantas, charcos de cría de mosquitos y una fuente de alimento para los mismos. En las cámaras se colocaron tres sábanas negras impregnadas con aceite de sésamo. En una de ellas se añadió el hongo modificado, en otra el hongo silvestre y, finalmente, en la última no se añadió nada más que el aceite.

A continuación, se liberaron 1.000 machos y 500 hembras adultos en cada cámara y se dejó pasar un tiempo de 45 días. Finalizado este periodo, la primera cámara contenía solo 13 mosquitos adultos, mientras que la segunda tenía 455 y la tercera 1.396. Solo en la primera se había producido un declive de la población suficiente para evitar la formación de enjambres y la transmisión de la enfermedad. Además, los mosquitos resistentes a insecticidas murieron en la misma proporción que los que no lo eran.

Por otro lado, se llevó a cabo un experimento de laboratorio en el que las hembras infectadas con hongo transgénico solo pusieron 26 huevos, de los cuales tres llegaron a dar lugar a mosquitos adultos, mientras que las que habían entrado en contacto con el hongo silvestre pusieron 139 huevos, que terminaron con la llegada a adultos de 74 mosquitos.

Otro punto importante que pudieron comprobar es que los insectos beneficiosos, como las abejas, no sufrieron ningún tipo de daño, ya que el interruptor antes mencionado impedía que el hongo sintetizara la toxina en el interior de otro organismo que no fuera el de los mosquitos.

El último paso de este estudio, según explican sus autores en un comunicado de prensa, será probarlo en una aldea local. Hasta entonces, ya han repetido el mismo experimento simulado en repetidas ocasiones, siempre con resultados igual de buenos.