La resistencia a los antibióticos es una de los retos más peligrosos a los que se enfrenta la sanidad de todo el mundo en el siglo XXI. Según la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica, cada año mueren en España 35.000 personas a causa de las enfermedades provocadas por estos microorganismos. Además, si no se hace algo por evitarlo, se calcula que para 2050 fallecerán por este motivo 2’4 millones de personas, solo en los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Por eso, cada vez son más las campañas destinadas a concienciar a la población sobre el buen uso de estos fármacos, así como las nuevas investigaciones en busca de sustancias con potencial antimicrobiano que puedan evadir las resistencias creadas en las bacterias. También es importante localizar los focos de riesgo, con estudios como el que acaba de publicar en Science Advance un equipo de científicos de la Universidad de Helsinki. En él, se analiza la presencia de genes de resistencia a antibióticos en las aguas residuales de siete países europeos y se comparan con los niveles de bacterias resistentes en los habitantes de esas mismas regiones.

Antti Karkman

Mucho peor en el sur de Europa

Para la realización de este estudio se analizaron los niveles de genes de resistencia a antibiótico en muestras de aguas residuales extraídas en siete países: Finlandia, Noruega, Alemania, Irlanda, España, Portugal y Chipre.

Además, también se realizaron análisis a personas residentes en cada región y se midió la sensibilidad a antibióticos de las bacterias encontradas en ellos. Como cabía esperar, los resultados fueron similares: las zonas en las que se encontraron más genes de resistencia en el agua eran también las que tenían personas con más bacterias resistentes. ¿Pero cuáles eran estas zonas? En general, se podría hacer una clara separación entre el sur y el norte de Europa, pues los países en los que se detectaron más resistencias fueron España, Portugal, Chipre e Irlanda, mientras que Finlandia, Noruega y Alemania tenían unos niveles mucho más bajos.

Sí que es cierto que once de las doce depuradoras analizadas contribuyeron a eliminar las resistencias, pero en el caso de una de Portugal ocurrió todo lo contrario, ya que la planta de tratamiento actuó como incubadora de resistencias, aumentando notablemente su concentración.

¿Hay una depuradora perfecta?

Aunque los autores del estudio no consiguieron dar con una respuesta concreta para la diferencia entre la acción de las diferentes depuradoras analizadas, en lo referente a las resistencias a antibióticos, sí que detectaron algunos factores que pueden influir en ellas.

Entre ellos destacan la antigüedad (cuanto más antigua más peligrosa) y el tamaño de la planta de tratamiento, así como la temperatura del agua, la cantidad de residuos de antibióticos presentes en ella y el modo en que interaccionan las bacterias y los diferentes tipos de protozoos identificados en las muestras. Por supuesto, también es necesario que se revise periódicamente el proceso de depuración, ya que si este es deficiente se puede conseguir el efecto contrario al esperado.

¿Cómo puede afectar la resistencia a antibióticos en las aguas residuales?

Se podría pensar que no hay ningún problema con que el proceso de depuración no sea el adecuado, pues las aguas residuales no se beben ni se utilizan para la higiene personal. Sin embargo, lo cierto es que sí es posible que entrañen ciertos peligros, ya que pueden ser liberadas al medio ambiente y utilizarse en agricultura, para el riego, pasando a los vegetales que luego se destinarán al consumo humano. Esto es algo más habitual en regiones en las que escasea el agua potable, ya que en ellas se tiende a usar más este tipo de aguas para la agricultura. Sin embargo, incluso si este no es el caso es importante revisar que todo se hace correctamente. Cualquier medida es poca para evitar que se expanda lo que muchos ya califican como la última pandemia que está azotando a la humanidad.

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