El 28 de febrero de 1909 se celebró en Estados Unidos el primer Día Nacional de la Mujer a raíz de una declaración del Partido Socialista. Al año siguiente, la Internacional Socialista, reunida en Copenhague, proclamó el carácter internacional de este día para homenajear al movimiento que luchaba por los derechos de la mujer y apoyar el sufragio universal femenino. Sin embargo, hubo que esperar hasta el día 8 de marzo de 1975 para que las Naciones Unidas reconocieran y celebrasen por primera vez el Día Internacional de la Mujer.

Pese a que muchos años han pasado desde entonces, la lucha feminista sigue realizando una imprescindible labor en la batalla por la igualdad real y efectiva en todos los ámbitos de la vida. Este año la ONU apuesta por una igualdad construida con inteligencia e invita a innovar para cambiar las cosas. Su propuesta se centra en “las formas innovadoras en las que podemos abogar por la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, en especial en las esferas relativas a los sistemas de protección social, el acceso a los servicios públicos y la infraestructura sostenible”. Pero, ¿cuáles son las demandas del movimiento feminista para este 8 de marzo de 2019?

El feminismo es la igualdad

El mundo lleva siglos sustentándose sobre el trabajo y los cuerpos de las mujeres, arrebatándoles su tiempo, coartando su libertad y su capacidad de decisión, relegándolas a una posición de inferioridad y aprovechándose de su pobreza. En la actualidad, pese a los grandes pasos que ha dado el feminismo a lo largo de los años, continúan operando globalmente los mismos mecanismos ancestrales que en su día se usaron para justificar una supuesta caza de brujas que acabó con la vida de más de 40.000 mujeres en el continente europeo.

Pero si con eso no fuera suficiente, solo en el último año, España ha sido testigo de una brutal mercantilización de la lucha feminista en pos del rédito político, que los detractores de la igualdad han aprovechado para atacar directamente los derechos y libertades de las mujeres con el pecho bien henchido, convencidos de que su discurso era capaz de suscitar más simpatía que rechazo en un sector, no menor, de la población.

Desde que Rivera pusiera sobre la mesa, sin el más mínimo atisbo de vacilación, la ficticia necesidad de regular el acceso de los ricos a la capacidad biológica de gestación de las mujeres, los sectores más reaccionarios de la derecha han declarado su intención de derogar la ley contra la violencia de género, en un alarde de victimismo que no hace sino negar la construcción social de dicha violencia, y Casado, que ha visto el cielo abierto, ha amenazado con la sombra de 1985. Parece que nos encontramos en un escenario en el que favorecer la la desigualdad en beneficio propio se ha convertido en un discurso político legítimo y la mujer libre se encuentra en peligro de extinción.

Por eso son tan importantes las luchas feministas y es imprescindible aprovechar el altavoz que brinda el 8 de marzo, un día en el que se visibiliza la lucha que defienden a diario miles de mujeres en todo el mundo y en el que se puede lograr que muchas más personas entiendan lo que reclama el feminismo y se impliquen activamente en la defensa de la igualdad.

Desde la comisión del 8 de marzo reclaman un cambio en las ideas, las actitudes, las relaciones y el imaginario colectivo, que han dividido en cuatro ámbitos generales: violencias, cuerpos, fronteras y economía.

Demandan que la violencia machista se considere un problema social, porque solo así se podrá combatir teniendo en cuenta sus verdaderas causas y dimensiones. Exigen protección, reparación y justicia para las víctimas y que la ley, no solo se aplique de forma efectiva, sino también que se amplíe para incluir la violencia sexual. Reclaman el derecho de las mujeres al espacio público y también al espacio virtual, que defienden como un lugar libre de violencias machistas, racismo, xenofobia y LGTBIfobia. Algo que, insisten, pasa necesariamente por una formación feminista del personal público.

Reivindican algo tan básico como que el cuerpo de las mujeres les pertenece a ellas y que el Estado debe garantizar que eso se respete. La maternidad no debe ser una imposición, por lo que exigen que se convierta globalmente en un derecho, y tampoco debe ser un obstáculo, para lo que piden permisos iguales e intransferibles en caso de nacimiento y adopción, para que la atención a las hijas e hijos sea equitativa. Abogan por una sociedad que respete y valore la diversidad sexual y de identidad o expresión de género, para que las personas disidentes sexuales dejen de sufrir agresiones.

Defienden que el derecho a migrar se reconozca como parte de los derechos humanos como una manera de recuperar la memoria histórica de los pueblos colonizados y reconocer a las víctimas del racismo y las migraciones forzosas. De la misma manera, critican las políticas coloniales, racistas y neoliberales del Norte Global, que producen situaciones económicas, bélicas, sociales y ambientales insostenibles que obligan a migrar a miles de mujeres. Apuestan por un cambio en la legislación que acabe con las devoluciones en caliente y el cierre de los Centros de Internamiento de Extranjeros y por reconocer el valor que las mujeres migrantes aportan a las sociedades.

En el aspecto económico defienden el reconocimiento del valor y la dignidad del trabajo doméstico y de cuidados y la creación de alternativas para las trabajadoras migrantes en situación irregular que combatan la exclusión y el abuso. Exigen que se rompa la división sexual del trabajo que condena a las mujeres a la precariedad y la discriminación y que las administraciones públicas le den prioridad a la garantía de los servicios públicos y de protección social. Además, solicitan el fin de la destrucción ambiental propia del sistema capitalista en pro de la construcción de una economía sostenible, justa y solidaria.

Para alcanzar la verdadera igualdad, sin embargo, es imprescindible que todos y todas nos exijamos la responsabilidad que nos corresponde y seamos capaces de implicarnos de manera efectiva en una lucha que nos concierne por igual no solo el 8 de marzo, sino todos los días de nuestra vida.